A dos años del viaje: La última palabra

          A dos años del viaje, los personajes de Como semblanzas o seis relatos pasajeros se escapan de sus respectivos relatos y reaparecen en un cuento para celebrar su liberación andante, festejar en Libros Pasajeros su viaje y agradecer a todos los lectores y lectoras que entintan nuestro mapa. ¡Gracias!

La última palabra

Por: Rita Isabel

          El octavo día que el nieto de don Félix Nazario Ruiz, el pequeño Tavo (que pequeño ya no era), lo ayudó a sentarse en el sillón del balcón de su casa en la vieja urbanización de Villa Clara, con la intención de que su abuelo mirara para lejoscuando desde ese sillón solamente podía mirar hasta el otro lado de la calle donde había un balconcillo igual, en una casa idéntica; diferenciada solo por los gustos de sus habitantes– don Félix respiró y repitió las frases que llevaba días reafirmando. Antes de que don Fe o abuelo Fe, como le llamaban, terminara de balbucear su serie de afirmaciones, en la plaza de recreo de Guaynabo dos docenas de cabras –una cabra más, una menos– cruzaron la plaza de recreo, dejando una estela de sus excrementos, ante la mirada atónita de los transeúntes. Más atónita fue la mirada cuando las hermanas Isidora María y María Matilde Castro Rodríguez notaron que la disposición de lo defecado formaba letras y esa letras palabras y esas palabras versos; versos que realmente no eran versos y que algunos, supuestamente muy sabiondos, más adelante, adjudicaron a Neruda, otros a Miguel Hernández, los menos a Ángela María Dávila, uno que otro Julia de Burgos, pero ninguno al verdadero autor: Coelho.

         Minutos antes, y a millas de distancia, en la ruta panorámica hacia Aibonito, Miguel Esteban Villafañes Esterás, que conducía bajo una lluvia de gotas gordas, detenía su auto a la orilla de la carretera para darle pon a un trío compuesto por una mujer con un niño en brazos y una niña como de cuatro años que caminaban sin sombrillas, capas o paraguas y por ello iba empapado (pero igual lo hubiesen estado por el diluvio que caía). Luego de titubear la mujer aceptó el aventón. Cuando se alejaba del paraje donde los encontró divisó por el retrovisor a un viejo que se guarecía bajo un paraguas trasparente         –hombre mayor de tez marrón, delgado que llevaba sombrero muy singular, guayabera blanca, pantalón y zapatos color blanco hueso que hacían juego en forma, color y estilo con el sombrero (y que curiosamente, más que curioso extraño, no tenía ni una sola mancha de fango o agua). El hombre le hacía señas para que parara; sin embargo, Miguel por lo sinuoso del camino, y con congoja, no pudo retroceder para responder al pedido y refugiarlo de las nubes que se derramaban sobre él. Con un pesar en desazón por haber dejado al anciano atrás, llevó –taciturno– a la mujer, junto a los que no dudó que eran sus hijos, por los recovecos que le iba indicando, dobló izquierdas y par de derechas por caminos casi intransitables mientras escuchaba a la niña de nombre Rebeca cantar La cucaracha, una y otra vez, pegarle al asiento con sus zapatos llenos de fango y estornudar varias veces compartiendo un rocío de mucosidad. Una vez los dejó, siguió su camino con el ceño en preocupación al pensar en los asientos del carro que imaginaba emplastados de tierra mojada y salpicados de mocos; también por la concentración de recordar el camino de regreso a su ruta y por el incómodo recuerdo del anciano vestido de blanco. Al llegar a su destino, constató que el interior del auto estaba totalmente seco y sin rastros de la niña.

          En el momento que Miguel se percataba de ese curioso detalle (que al día siguiente todos sabrían que era presagio de muerte), en Bayamón, Luis –que se quedó dormido leyendo el cómics de su amigo Segundo, que había muerto trece días antes de cumplir los dieciocho al regresar de un viaje a Inglaterra– despertaba azorado con la piel en estremecimiento y en recuerdo vago de que a las tres de las madrugada había despertado con la sensación de que algo lo observaba. Consciente, hizo memoria y no tuvo duda que aquella sensación se agudizó cuando confirmó que una presencia lo cubría y sintió, como eso que percibía como una sombra, lo arropó por completo y se le pegó a la piel. Ahora pensaba que era un sueño pesadísimo producto de la lectura del cómics y de pensar en su amigo que había muerto recientemente; por eso se levantó como de costumbre y fue al baño. Al mirar –el que esperaba que fuera su reflejo– en el espejo del botiquín, pegó un brinco con grito ahogado por el susto abismal. Salió más presuroso que pronto del baño y se encaminó al pasillo para verse en el espejo que pendía al final entre los cuartos. Al observarse supo que la pesadilla no fue un sueño. En el pasillo se había cruzado con su hermana mayor que no notó el cambio y ahora su papá lo ajoraba para que no llegaran tarde como si nada pasara.

          Unos minutos después de que Luis siguiera mirando su reflejo –por enésima vez– en cada espejo u objeto con el que se topaba para confirmar que ya no era el suyo, en el Hospital San Benito, Ian Paul tomó en su manos la manita izquierda de su bebita, Ianaliz. Para Ian, era una mano minúscula y perfecta, pero al contarle los dedos solo encontró cuatro como si fuera una caricatura. Llamó alarmado a la enfermera; pues minutos antes había contado cinco. En el instante que la enfermera corroboraba el absurdo que el padre adolescente le decía de su princesita Ianaliz (nombre único mezcla original de Ian y Ana Liz) una cantidad indeterminada de carteros saldrían para depositar, o estarían depositando, en todos los apartados postales y buzones de las familias con primer apellido López un sobre vacío; que cada familia recibiría como se recibe un plato de sopa sin sopa, con apático desánimo.

          En horas de la tarde, de ese mismo día, Sandra observaba fascinada los dibujos que Angélica le entregaba extendiendo sus manos de tres años de edad y con una simpática sonrisa en la mirada por el trabajo terminado. Eran dibujos trazados con crayones de diversos colores, retratos de exactitud fotográfica, de una belleza innegable. Dibujó, con precisión bañada de los claroscuros que podrían lograr crayones, de esa marca famosa que les ha robado el nombre, en manos de Caravaggio o Rembrandt, a sus compañeritas: Ana Bárbara sobre todo con violetas y rosados, a Victoria Fernanda con una intensa gama de verdes y azules, a Laura Elena con marrones y penetrantes anaranjados, a Camila José con grises tenues y amarillos encendidos, a Teresa solo con rojos y a Mayra con azules. Todos los retratos tenían sonrisas tan enigmáticas como la de la Gioconda.

          Al atardecer de ese mismo día de cabras versadas, asientos secos que presagian muerte, sombras que arropan, manos de cuatro dedos, sobres vacíos y de seis sonrisas enigmáticas, el profesor de botánica Norberto Torres Acosta y la bióloga Maritza Burtell Rivera –junto a media docena de estudiantes extranjeros con los que pernoctarían en el bosque pluvial tropical del Yunque con el objetivo de ver hongos fluorescentes– avistaron en las inmediaciones un objeto volador no identificado. Simultáneamente y a unos pasos de allí, en el bosque de Tabonuco, un grupo de estudiantes universitarios que perdieron el rumbo al regresar ya muy tarde del punto más alto del Yunque recibieron con asombro y a punto de pánico una lluvia de coquíes: pegajosa, saltarina, aparentemente imposible, pero habitual. Paralelamente, en el Museo de Arte de Caguas, Sergio observaba incrédulo el cuadro del autorretrato de su abuela desaparecida y al cambiar la vista en un intento de regresar a la realidad, por un instante pensó que en el tríptico de al lado un minotauro salía del laberinto.

          A millas de distancia y a horas más tempranas de ese mismo día, Francisco Morales Ríos y Mario Morales Guzmán le mostraban al veterinario José Pérez Pérez que al potro de La Dolorosa le había crecido un cuerno justo en medio de los ojos. A Pérez Pérez se le borró la sonrisa de burla tan pronto observó al potro y auscultó su frente. Mientras la sonrisa se suprimía en el rostro del veterinario al descubrir que ciertamente el potro tenía un cuerno como de unicornio, en los pueblos de Florida, Utuado y Ciales todos los compueblanos que usaron el inodoro entre 9:00 y 11:00 de la mañana observaron boquiabiertos como sus excrementos o su orina desaparecían al bajar con el agua, pero en remolino hacia dirección opuesta. Tres horas antes de este suceso en la carretera número 30, en dirección hacia Humacao, todos los camioneros juraron haber escuchado por la radio, aunque cada uno en una emisora diferente, un discurso insólito que duró aproximadamente media hora, que no entendieron, pero que dan su palabra de honor que todo lo que se decía tenían como vocal solo la o.

          Sincrónicamente a este fenómeno radial –y como todo lo anterior, en el octavo día que Tavo ayudara a su abuelo a sentarse en el sillón del balcón con la intención de que mirara para lejos– Cristian besaba a Yesenia, y Yesenia a Cristian, a la sombra del mangó que estaba en una esquina de la escuela José Celso Barbosa. A Yesenia le gustó el vaivén de lenguas y la succión; a Cristian también. Sin embargo, ninguno de los dos podría asegurar cuánto le agradó que el beso a besos que compartieron cambiara de sabor: primero le supo a limón, después a parcha, luego a jengibre y por último a chocolate amargo con menta. Mientras Yesenia y Cristian sopesaban si se saboreaban otro beso, Rubén, en la fila del comedor que hacía para desayunar junto a otros compañeros, imitaba con burla a Julián mofándose de como arrastraba la ere al hablar. Segundos después Rubén no dijo más, estuvo silencioso todo el día y cuando hablaba evitaba mencionar palabras con ere. Ya no podía dejar de arrastrar la ere, ahora la pronunciaba como Julián.

          Ese 29 de febrero después de ocho días de ser acomodado en el sillón por su nieto Tavo, don Felix, el taxista retirado, viudo que fue esposo casero y dado a regalar ramos de nomeolvides, cumpleañero de noventa años a quien nadie ha felicitado aún, que alguna vez fue muy ágil y esbelto con ojos de mirada que en algún momento fue de miel galante, que jamás decía que no a un favor, que vivió de alegrías y echando para delante a sus hijos y nietos, se meció sabiendo que ese octavo día sería igual al siguiente y al próximo y al de más de arriba. Luego, como desde el primer día que Tavo lo acomodó en el sillón, le habló al viento que no soplaba; pues al nieto ya no le hablaba, desistió de hacerlo mucho antes de que empezaron los días del balcón. Ya nadie, ni su querido Tavo, tenía cabeza, paciencia o tiempo para oírlo. Félix Nazario Ruiz, don Félix, el don Fe, dijo: lo que sea sonará, a todos le llega el momento, ya será, aquí estoy… a la espera de la última palabra de Dios.

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