El voto de la mujer con patas de elefante (Segunda parte 2/3)

Por: Rita Isabel

Flor del valle: divaga

          Tengo ochenta y dos años, dos patas de elefante y hace once meses voté. Recuerdo mi primera carta, decía: hoy tengo tres años, tres meses y trece días. Abuela la guardaba como un tesoro. Yo guardo el recuerdo del sonido de la papeleta al deslizarse por la abertura de la urna y caer. ¡Cuántas veces me lo dijeron, que tenía memoria de elefante! Las suficientes para tener pesadillas en las que la piel de las piernas, poco a poco, se expandía, se cuarteaba hasta trasformar mis extremidades en pesadas patas de paquidermo. Identifiqué de inmediato que tenía el síndrome: elefantiasis; lo soñé de niña. La ciencia es luz divina, piedra filosofal cuyo centro convergente es Dios. Mis paso espanta, pero no causa desbandadas, solamente miradas pegajosas…

         Los pasos de Alejandro y José Julián cuando subían a la azotea, eran más pesados que los de los Manueles. Estampida de elefantes decía; ahora ese andar me pertenece. Recuerdo las tertulias con Tapia, Acosta, Zeno Gandía y Fernández Juncos, en mi casa, en el 33 de la calle Cruz, de mi Viejo San Juan. ¡Miren a dónde hemos llegado! ¿Qué me dices Tapia? La flor del valle tenía voz y ahora tiene voto, aunque tenga patas de elefante. ¡Qué días aquellos con el telescopio que me prestaron de la Junta de Obras Públicas! ¡Qué días estos en los que podemos votar! En la casa sanjuanera miraba al cielo; pero en Buena Vista, en aquellos días de esclavos cabalgaba con mi bolsa de cuero en busca de especies para catalogar. Prohibí los castigos tan pronto llegué. Perdimos treinta mil pesos –decía Duprey– cuando me veía celebrar por la abolición. Salí a trabajar por mis niños vivos: Luis, Borinquen y América; también por los muertos…

          Alcanfor, huele a alcanfor. El cielo de la boca me sabe a champán. Botánica antillana… tantos cuadernos, seis mil especies; quién velará por treinta años de trabajo. Quería vulgarizar mi obra y me dijeron que no: dos veces no. ¿Para qué recibir un doctorado honorífico si no me publican? Era para todos. Porque la pulpa de la guanábana agria, usada tópicamente, hace salir las niguas y cura las fuertes lastimaduras causadas por ellas… Ahora con el voto, todo cambiará. ¿Todo? ¿Cambia? Ojo de agua, todo comenzó en ojo de agua, regreso a estas patas de animal memorioso… a la cabeza, se me subió la champaña.

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