En pocas palabras: El chat…

Por: Rita Isabel

Mientras se tenía la percepción que medio Puerto Rico, y un chin más, leía las 889 páginas del Chat en Telegram entre Roselló Nevares y sus allegados, decidí leer El prisionero del cielo que es la continuación de las novelas La sombra del viento y El juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón. En medio día me leí 379 páginas por gusto. Alternaba la lectura por placer enajenante con lecturas de lo que estaba ocurriendo en el país, con fragmentos del susodicho chat, las reacciones en las redes sociales y los comentarios a la información que leía.

Confieso que antes de este fin de semana los comentarios que acompañan los artículos que leo me atraían pues pensaba que eran el equivalente de las conversaciones que escuchaba cuando viajaba en transportación pública en mis años universitarios para saber lo que pensaban otros de lo que ocurría en nuestro país. Escuchar esas conversaciones dispersaban la nube académica e intelectual en la que venía flotando… pero divago.

Por lo general me desalentaba leer esos comentarios que acompañaban a los artículos que leía y laceraban mi fe en mi gente. Sin embargo, después del chat el panorama cambia. No son un sustituto para escuchar a la gente que viajaba junto a mí en el transporte público y colectivo. Aquellas voces tenían identidad, sudor, olor, calidez, entereza para a viva voz y de frente expresar lo que pensaban, sentían, vivían. Sobre todo, aquellas voces estaban más cerca de la libre expresión que las que leemos en las redes porque se manifestaban genuinamente y con la única motivación de expresarse.

No siento vergüenza ni siquiera ajena. No voy a permitir que el desánimo que arropa mis ideas y sentimientos ahogue el entusiasmo que siento por mi cultura, por mi patria, por las personas a las que llamo coetáneos, compatriotas, compañeros de la labor digna que es convivir en este balbuceo de instante, en este espacio geográfico.

No estoy ofendida como mujer ni como persona. No dejaré que la falta de dignidad humana, ética y profesionalismo de los que deberían administrar el gobierno, con ley y orden, me altere. Me siento serena porque por fin se presentan tal y como teníamos la certeza que eran y son. De igual manera entiendo a los que se ofenden, a los que no quieren o no pueden comprender la indignación y a los que lo perdonan o incluso lo justifican.

Coincido con Leo Aldridge que las razones lógicas y sin apasionamientos para que Roselló Nevares renuncie a la gobernación son prácticas. Perdió la credibilidad y se cerró posibilidades con la Asamblea Legislativa, con la Junta de Control Fiscal, con la prensa, con una porción significativo de la opinión pública, con el tribunal federal, con la diáspora boricua y desde antes con la Casa Blanca. ¿Cómo se puede gobernar de esa manera? Además, creo (aunque no domino ciertos temas o disciplinas legales) que en el chat hay elementos muy cercanos a lo ilegal, lo antiético o la intención de un delito. Sin embargo, precisamente por ello entiendo y concuerdo con J.A. Zambrana que Roselló Nevares no renunciará. No podemos olvidar los arrestos por actos de corrupción en su administración… como primer ejecutivo del país tiene unos privilegios, cierta inmunidad y vincularlo con los actos de corrupción de su gobierno parece una posibilidad concreta. No renunciará pues debe protegerse.

No leí ni leeré las 889 páginas del chat. No por no ser una lectora capaz. Si las 379 páginas de la tercera entrega del Cementerio de los libros olvidados no son suficiente para demostrarlo, aquellos que conozcan la extensión y complejidad de Cien años de soledad, El nombre de la rosa, 2666, La balsa de piedra, Los hermanos Karamazov, por dar unos ejemplos, no tendrán dudas de mis capacidades. No creo en los compendios ni como lectora ni como educadora; pero Roselló Nevares y compañía no son literatos ni tienen el nivel intelectual o la calidad humana para que deje a un lado el libro de Mihaly Csikszentmihalyi de unas 476 páginas, sobre creatividad, que ocupa mis horas de lecturas en estos días (solo hice una pausa para sumergirme en el Cementerio de los libros olvidados para tomar un respiro).

Leí un compendio de fragmentos del chat que el periódico de mayor circulación en el país ofreció en su versión digital. También leí una reseña de José Borges “El chat del Telegram” Cuando el chat imita al arte y otras columnas de opinión. Continuaré leyendo lo que se presente. No tengo dudas que lo ético y lo más beneficioso para la psiquis del país es que Roselló Nevares sea removido de su cargo. No espero el milagro que renuncie, ojalá me sorprenda; pero prefiero que sea removido de su cargo, eso nos daría un poco de dignidad como pueblo. Mas debemos recordar que eso no solucionará los problemas que enfrentamos. Hay mucho trabajo. Debemos estar dispuestos a laborar incansablemente (pensando en el bien común y no en beneficios personales) cada uno desde donde le corresponda con dignidad, ética y patriotismo.

En pocas palabras: me uno a las diversas peticiones de remover a Ricardo Roselló Nevares de su cargo como gobernador de Puerto Rico.

LIBROS FÓSFOROS…

Libros que encienden…

Libros Pasajeros en la VENTA EN EL PORTÓN

Yo sé quiénes son

Por: Rita Isabel

A mi familia de sangre y de palabra por servirme de inspiración…

La mamá-abuela sonrió al ver el rostro de contentura en su nietecito. Quiquito acababa de encontrar la cajita para los camellos de los Tres Reyes Magos sin las semillas, las flores y la hierba, pero llena con una caja envuelta en tela de saco. El pequeño se acercó trémulo a la caja y, con un movimiento juguetón, agarró el paquete. Abrazó el regalo y cerró los ojos. La abuela, miró al papá-abuelo que sonreía tanto o más que ella. Aunque ninguno lo dijo, ambos pensaron que su muchachito tenía la expresión que ponía cuando comía sus golosinas favoritas. Pasaron varios segundos antes de que Quiquito decidiera arrancarle con movimientos rápidos la tela. Si el regalo en la caja lo sorprendió con regocijo contagioso, ver lo que los Reyes le obsequiaron lo dejó asombrado y dando brincos de agradecimiento a la magia de los Santos Reyes. El abuelo y la abuela estaban embelesados con tanta alegría. El abuelo sentía que, ver a su nieto tan contento, le causaba una sensación más chispeante que tomar lágrimas del monte. La abuela pensó que su pequeño Enrique tenía una expresión similar a cuando vio por primera vez estallar las semillitas de las miramelindas o cuando le enseñaron como se dormía el moriviví.

Desde que tenía memoria los Tres Santos Reyes solo le dejaban golosinas, con suerte gallitos y el mejor regalo que había recibido era un trompo. Mas lo que cargaba trémulo en sus manos lo dejó boquiabierto casi por un minuto. Miró a su abuela, luego a su abuelo. Ambos estaban parados muy cerca de él y lo observaban con rostros cansados, pero iluminados por un regocijo pleno en la mirada. Quien presenciara aquella escena familiar y se le pidiera que la describiera con una sola palabra no dudaría ni medio segundo en decir: plenitud.

La estampa improvisada no se interrumpió con el ladrido del perro, pero sí con los primeros acordes del cuatro, la guitarra y el tiple que anunciaban la parranda de Reyes que esperaban sin esperar ese día. La trulla del compadre Carmelo y la comadre María. Año tras año llegaban hasta allí. Ellos los recibían con tembleque, majarete, arroz con dulce, dulce de papaya, coquito y más delicias navideñas. Enrique risueño voló con su avión hasta el balcón, aún con la sorpresa cosquillándole en la piel. Un avión, los Reyes Magos le habían regalado un avión.

***

Pasó casi un año, hubo lágrimas, desconsuelo, zozobra. El abuelo estaba serio, la abuela cabizbaja. Enrique no encontraba su avión. Quiquito lo perdió. La abuela con voz mustia lo instó a pedirle otro a los Reyes Magos. ¿Otro? Enrique solamente quería su avión.

***

Aquella víspera de Reyes, con el corazón tamborileando de expectativa, con una sensación vertiginosa como cuando se montó por primera vez en uno de los corceles del carrusel de la plaza de recreo del pueblo, se acostó contando ovejas, cabras, vacas, cerdos, caballos hasta quedarse dormido.

Y pasó la noche y el cielo se iluminó.

La abuela apretó la mano del abuelo al ver el rostro de contentura en su nietecito al encontrar la cajita para los camellos de los Tres Reyes Magos sin las semillas, las flores y la hierba, pero llena con una caja envuelta en tela de saco. El chico se acercó trémulo a la caja y con un movimiento ágil agarró el paquete. Abrazó el regalo y cerró los ojos. El abuelo soltó la mano de la abuela y le pasó el brazo por la cintura y le tomó la otra mano. Aunque ninguno lo dijo, ambos pensaron que su muchachito tenía la expresión que ponía cuando comía arroz con dulce sacándole las pasas. Pasaron varios segundos antes de que Quiquito decidiera desenvolver con movimientos lentos la tela. Si el regalo en la caja lo sorprendió, ver que los Reyes le cumplieron su deseo lo hizo recitar bailando con contentura como si cantara:

Los Tres Santos Reyes

yo sé quiénes son

Baltasar primero, Gaspar y Melchor.

La abuela y el abuelo estaban embelesados con tanta algarabía. Dudaron, pero luego de escuchar al chico repetir y repetir en baile peregrino, sonrieron y rieron hasta que escucharon el tintineo delator de una pandereta para luego oír los acordes del cuatro, la guitarra y el tiple. Llegó la parranda que esperaban sin esperar.

***

Pasó casi un año, hubo llanto desconsolado. El abuelo estaba serio, la abuela cabizbaja. Enrique no encontraba su avión. Quiquito lo extravió. La abuela no dijo nada cuando el nieto la miró a los ojos. El abuelo ordenó que el llanto cesara. Hubo silencio. Enrique se enroscó en una esquina como un gongolí.

***

Aquella víspera de Reyes, Enrique se acostó muy tarde; pues se quedó contando estrellas.

Y pasó la oscuridad nocturna y se hizo la luz.

La abuela apretó la mano del abuelo al ver el rostro de contentura en su nietecito al encontrar la cajita para los camellos de los Tres Reyes Magos sin las semillas, las flores y la hierba, pero llena con la caja envuelta en tela de saco. El pequeño Enrique se acercó trémulo a la caja y con un movimiento ágil agarró el paquete. Sosteniendo el regalo en sus manos, cerró los ojos. El abuelo soltó la mano de la abuela y se fue para el balcón. Pasaron varios segundos antes de que Quique decidiera desenvolver con movimientos pausados la tela. Una vez más los Reyes le cumplieron su deseo, abuela se fue al balcón cuando lo escuchó recitar:

Los Tres Santos Reyes

y las tres Marías

salieron de oriente

y les cogió el día.

La abuela regresó con el abuelo. Ambos instaron a Quique a mirar nuevamente la cajita. Había golosinas de las que tanto le gustaban. Comió una y les ofreció a los abuelos. Dudaron, pero la insistencia del chico los hizo endulzarse el cielo de la boca olvidando las amarguras de su lucha diaria, hasta oír los acordes del cuatro, la guitarra y el tiple. Llegó la parranda que esperaban sin desesperar.

***

Pasó casi un año, hubo llanto quedo. El abuelo estaba serio, la abuela cabizbaja. Enrique no encontraba su avión. Ya no estaba. El abuelo lo invitó a dar una vuelta y el llanto cesó. Hubo silencio.

***

La abuela intentó tomar la mano del abuelo al ver la sonrisa en el rostro de Enrique al encontrar en la cajita para los camellos el regalo envuelto en tela de saco, pero él alejó la mano para coger la taza con lágrimas del monte. Bebió un sorbo y le ofreció a su esposa que, con un gesto indescifrable y la mirada a punto de lágrimas, declinó el ofrecimiento. Enrique se acercó a la caja y con un movimiento lento agarró el paquete. Desenvolvió con calma el envoltorio. No hubo sorpresa, pero sí alivio al ver su juguete. Miró al abuelo que tenía la vista fija hacia un punto incierto, observó a la abuela que miraba al abuelo sin saber dónde colocar sus manos. Enrique corrió a su hamaca que le servía de habitación. Buscó un güiro que había preparado para el abuelo y unas maracas que había hecho para la abuela. Se volvió al abuelo y le entregó el güiro para luego entregarle a la abuela las maracas y dijo: Regalos, los hice con la ayuda del tocayo de uno de los Reyes, don Melchor Torres el músico artesano, soy su aprendiz. Prontamente se acercó a la abuela para abrazarla y besarle las manos, se acercó al abuelo y lo abrazó. Le tomó las manos y las apretó sintiendo la aspereza que los años de trabajo le habían tatuado en los dedos y las palmas de las manos. Dando saltos regresó a su hamaca y en el momento que tomó unos palitos que hizo para él, escucharon los primeros acordes de la guitarra, el tiple y el cuatro. Salieron los tres a recibir la parranda de la comadre María y el compadre Carmelo con una sonrisa danzando en sus cuerpos.

***

Pasó casi un año, hubo entereza cómplice. El abuelo estaba serio, la abuela atareada. Enrique no encontraba su avión. Una vez más, no estaba. Hubo silencio. De aquello nadie habló.

***

En día de Epifanía y por la magia de los Tres Santos Reyes Magos, Enrique recibió el avión junto a golosinas, tres gallitos y un trompo.

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Natividad exponencial

Por: Rita Isabel

No sé si los demás lo escuchaban con la claridad torturante que yo. El sonido que emitía el minutero del reloj de la cocina me obsesionaba. Mi incapacidad de ignorarlo me hizo pensar que era un tinnitus tamborilero. Mas mi prima manifestó el mismo malestar. Pensé que aquel fastidio que sentíamos nos hermanaba al personaje de El corazón delator. Pero aquel insoportable ruido no se comparaba con lo que nos pasaba. Después de los primeros comentarios de perplejidad, por la cantidad de pasteles que estimábamos que saldrían, por los ya hechos y la cantidad de masa que quedaba, no hubo más plática y el sonido del trabajo llenó la estancia junto al mantra de abuela (el de ese día):

Si me dan pasteles dénmelos calientes,

porque el pastel frío empacha a la gente.

Si me dan pasteles no me den cuchara,

que mamá me dijo que me los llevara.

Quizás la ausencia de diálogo era porque temíamos que decir en voz alta lo que pasaba, o no pasaba, era admitir que aquello era algo raro. Además, el cansancio ya nos desesperaba y lo que comenzó como una actividad de circular contentura, se transformó en una laberíntica labor. En un instante una de las tías no pudo más y afirmó que aquello parecía la multiplicación de los peces y los panes, pero de carne y masa. Se podría pensar que aquella afirmación nos aliviaría al sugerir un milagro, no obstante, como lo dicho estaba acompasado por el tic tac del reloj, me pareció la confirmación de que sufríamos un maleficio. Mami, la mayor de los hermanos, se atrevió a exteriorizar lo que todos pensábamos: pero… de dónde sale tanta masa, compré la mitad de yautía morada y blanca, la mitad de papa, de calabaza, de guineo y plátano que lleva la receta original. No entiendo cómo es que hemos hecho más pasteles que nunca. Parece que no vamos a terminar.

La carencia de reacción a lo dicho por mi madre fue una confirmación de un pacto de silencio. Repasé lo que hicimos y no había duda; la lógica materna tenía razón, la masa y la carne debían haberse acabado con un centenar de yuntas. Pero no, había carne de cerdo para rato con sus pasas, garbanzos y aceitunas verdes en equitativa proporción. Lo mismo pasaba con las hojas de plátano amartiguadas(amortiguadas), el hilo y el papel.

Parecíamos una máquina extraordinariamente ensamblada a todo fragor o una orquesta integrada en armonía perfecta: papel, hoja, cucharon de masa, ondulación en el centro, porción abundante de carne, doblar, enyuntar, amarrar, colocar en la bandeja y las manecillas del reloj en carrera. El ruido minutero llenó todo el espacio, ya el mantra de abuela no le hacía competencia. Ella dormitaba en el sillón desde que cató uno de los pasteles que se hirvieron para su aprobación, que fue afirmativa. Antes de dormirse nos sentenció que hiciéramos suficientes. Ahora su sentencia me pareció un mal chiste.

Nuestras manos temblaban, las espaldas crujían, las cinturas clamaban por un descanso y por lo menos a mí el reloj de la cocina me ensordecía. Pero ninguno se atrevía a poner un alto a aquello. Nadie quería ser tildado de aguafiestas. Cuando pensé que no podía más, que sería yo la que se daría por vencida, todos nos quedamos petrificados, patidifusos, perplejos. El espanto entintó de pálido el rostro de varios de nosotros, a otros la piel se les heló. Escuchamos marcar las tres en punto al carillón del reloj de cuerda de abuela. El reloj de cuerda que está guardado en el clóset. El reloj que no sirve. Está dañado desde hace más de dos décadas. Ella despertó y afirmó a viva voz: las tres, hora del café. Luego preguntó: ¿ya terminan? Nos miramos y observamos la mesa. Sí, respondimos con pasmoso alivio. Ya no quedaba masa, ni carne en los recipientes. Solo teníamos dos pasteles a medio hacer. Mi sobrina intentó comentar: ¡pero si hace un instante estaban llenos de masa y carne! Y digo intentó porque las tías con el traqueteo de los trastes en el fregadero acallaron su afirmación de sorpresa. No sobró ni faltó nada.

Tío, con la supervisión de todas las tías y mi madre, examinó el reloj de cuerda. No hubo hipótesis que pudiese explicar cómo había sonado. Era definitivo, estaba dañado y sin posibilidad de arreglo. Nadie quiso especular sobre por qué o cómo sonó. Mucho menos quisieron mencionar algo sobre la cantidad excesiva de pasteles. Teníamos pasteles y punto. Cada cual cargó con abundantes yuntas para congelar en sus refrigeradores.

Al día siguiente, cuando preparamos el coquito y por poco se derramó del ollón donde solemos mezclar los ingredientes, mi primo se aseguró de despertar a abuela y no esperar al carillón. A mí me tocó despertarla en Noche Buena para no hacer arroz con dulce de más. Esperé un buen rato antes de hacerlo porque, masoquista al fin, me interesaba volver a escuchar el reloj, pero se tardaba demasiado y ya tenía más que suficiente de arroz con dulce para la navidad.

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