Carlos Luis Apalabrado: Sexta entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

Tecleo a destiempo. Quiero escribir del adolescente que cambió el guante de pelota para zurdos por los guantes de boxeo. Mas la memoria del Apalabrado me sorprende con un recuerdo inesperado, que estalla en su mente (luego de una de nuestras conversaciones veraniegas de sobremesa) como revientan las vainas de trébol con el delicado roce de un dedo, o hasta del viento, y con ello se esparcen las semillas. Las preguntas han generado que la memoria estalle y disperse recuerdos como semillas de suerte entintada de verde.

La anécdota me devela mucho más que un instante, en Orocovis,  de su nonagenaria vida. Me muestra la ruta de la palabra, un indicio de cómo, o del porqué, se transformó en un apalabrado. Carlos Luis me cuenta cuando, a manos llenas, caminaba desde el cerro La Pica del barrio Pueblo, hasta el sector La revés del barrio Mata de Cañas. A veces la caminata la hacía acompañado de su mamá, ocasionalmente solo, tendría unos ocho años, quizás menos, de seguro no más de diez.

Busco en el oráculo de la red la distancia desde el Cerro La Pica al barrio Mata de Cañas. Es un poco más de ocho kilómetros; el tiempo a pie: dos horas y tres minutos.

La andanza no era fortuita. Visitaban a Pancho y Facia compadres de su mamá. Familia trabajadora, brava… un hijito se les ahogó.

Hasta aquella casa llegaba el pequeño Carlin. Al llegar le ofrecían leche de cabra y lo sentaban para que les leyera. Su memoria no recuerda qué les leía, pero sí la mirada en maravilla de aquella familia que lo escuchaba como quien es testigo del milagro que es la lectura. Los hijos de Pancho y Facia iban a la escuela, pero aún no aprendían a leer. Facia y Pancho no sabían leer. El hijo de Rosa, sí.

En una de las caminatas sin la compañía materna, de regreso, adoptó a dos mucaritos y caminó con ellos en los bolsillos hasta llegar a su casa. Allí los cuidó y los alimentó con lagartijos. Hasta ahí llega la memoria o da un salto y me cuenta que de camino había un árbol de mangó con una cueva debajo y en la cueva vivía un viejito… Expresa su deseo de regresar a aquellos parajes para constatar si aún está el mangó con la cueva. Por mi parte quisiera complacerlo para constatar que el viejito no es un viejito sino un gnomo, genio de la tierra que todavía habita en la cueva debajo del mangó… Sonrió.

Al sonreír recuerdo las palabras de Marguerite Yourncenar que leí en El manifiesto por la lectura de Irene Vallejo:

 “Quisiera consignar un milagro trivial, del que uno no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un blanco papel, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces una idea que cambiara las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos un poco menos ignorantes que ayer”.

Y al traer estas palabras a la memoria no dejo de pensar: ¡cuán lejos ha llegado el Apalabrado con la puerta que es el alfabeto descifrado y con sus andanzas!, ¡cuán afortunados fueron Pancho y Facia de tenerlo como lector y ser testigos del hermoso y trivial milagro de la lectura en la vida del pequeño Apalabrado! Tecleo y comparto a destiempo esta entrega, rompo, nuevamente, la secuencia cronológica para traer estas remembranzas. Con el Apalabrado adolescente tenemos una cita en la próxima entrega, si no es que otros recuerdos nos salen al paso.

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

Publicado por Libros pasajeros

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