Por: Rita Isabel
Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra
Culminar sus estudios con buen promedio: no fue suficiente. Aprobar el examen de ingreso a la universidad con un excelente puntaje: no fue suficiente. La ayuda prometida por su hermano no se materializó… la escasez ahogaba sus deseos de estudiar en la universidad, de convertirse en maestro, de labrarse un camino con la dignidad de una profesión y el esfuerzo de su trabajo. Sí, para mi sorpresa mi padre quería ser maestro; pero su deseo parecía un imposible hasta que surgió una alternativa.
Una vez más lo imagino en soliloquio, en vaivén decisivo, en sopesar alternativas, la alternativa, mientras rasca su cabeza. La propaganda militar le ofrecía trabajo remunerado y estudios universitarios. Para aquel joven en el que habitaba el río, ululaba en sus entrañas la sabiduría del múcaro y andaba a manos llenas el ejército era sinónimo de prisión. Mas sin sopesar mucho los riesgos y enfocado en su propósito se arrancó la duda y transformó la decisión en acción: se alistó. Dice que tuvo suerte de que su salud y estado físico le permitieran ser aceptado, no todos los pobres podían ser parte de la milicia. Pienso que tuvo suerte de no tener que matar a nadie, suerte que no fuera carne de cañón.




En Buchanan y Tortuguero tuvo su entrenamiento. La primera vez que recibió su sueldo regresó al centro de la isla, primero a Barranquitas para entregarle dinero a su mamá, luego a Orocovis en busca de padrino Tite y Mercedes para también darles una parte. En poco tiempo lo envían a Nueva Jersey y de ahí a Alemania.
A mis preguntas en busca de instantes de asombro ante la novedad del vuelo, de los nuevos lugares, de la vida militar las respuestas son parcas. Al interrogarle sobre posibles diferencias culturales o enfrentar el discrimen es poco lo que dice. Nada de victimizarse, él fue a trabajar y eso hizo. Algo recuerda de manera vaga de un soldado que se burló de algunos puertorriqueños que no sabían hablar inglés y él lo enfrentó en defensa de sus compatriotas. Recuerda a un amigo, Jesús Díaz Ortega de Bayamón. Se hicieron amigos porque el del pueblo del chicharrón no masticaba el inglés y el Apalabrado sí se comunicaba en el idioma de Hemingway. De recuerdo en recuerdo me cuenta de un soldado con influencias que hizo que lo removieran de su rol como Policía Militar (MP por sus siglas en inglés) porque el Apalabrado cumplió con su deber de registrar la hora exacta en que llegó el soldado y se negó a cambiar la hora en los registros. El soldado pretendía que no quedara en evidencia su incumplimiento de horario. Cumplir con su trabajo le costó su puesto.

Insisto en activar sus recuerdos, menciona tres ciudades, pero sólo logro identificar o corroborar con precisión a Berlín. Menciona un nombre Rudolf Hess, el número dos del Tercer Reich. El Apalabrado fue uno de los soldados que custodiaban el lugar donde estaba encarcelado: Spandau, Berlín. Insisto en más detalles. Sus memorias se las guarda para sí con un: no recuerdo. Días después, vuelo a insistir en el tema y responde directo: Fui a hacer dinero y eso hice. Renuncia a la parquedad y cuenta como ahorraba su sueldo para prestar dinero, con intereses, a soldados y hasta al primer sargento. Luego añade: No fui a salvar a la patria ni a defender nación propia o ajena. Aquello sólo era un trabajo, un trabajo que no me gustaba, pero por el que me pagarían. Cumplí con mis responsabilidades, con lo que me comprometí.





Se alistó por dos años, pero al regresar a Puerto Rico y ver la pobreza en la que vivía su mamá, junto a sus hermanas menores, en San Juan (pues tuvieron que moverse de Barranquitas, poner distancia), se alistó nuevamente. Con el adelanto de su paga le compró una casa a su mamá y hermanas

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Trabajó en el ejército, por cuatro años y recibió su paga en dólares, centavos y estudios universitarios.
El que no llegaría a ningún lado fue testigo activo del fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría. Llegó a Alemania… y al regresar de Berlín logró estudiar en la Universidad.
De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.
¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

