El ángel

Por: Rita Isabel

Angélica hacía todo lo posible por hacerse de la vista larga. Pero sus enormes ojos escudriñaban cada rincón del patio durante el recreo. Su mirada se posó en aquellos tres compañeros que martirizaban a todos los demás. Hoy era a Rubén, le rompieron sus espejuelos. Angélica intentó desviar su mirada, comer su sándwich sin prestar atención; sin embargo, por más que se lo proponía no podía ser indiferente.

A principios del semestre, cuando todo comenzó, Angélica intentó hablar con aquellos niños, pero la miraron de arriba abajo como si con ellos no fuera la cosa. Y supo que con ella no se meterían, pero que no le harían caso, seguirían hostigando al que les diera la gana. A Jorge Luis lo encerraban en el baño por lo menos una vez a la semana, a Mía le ponían en el bulto cosas asquerosas cuando menos lo esperaba, a Miguel le quitaban sus meriendas todos los días, de Susana se copiaban en los exámenes de matemática, a Hilda y a Esteban los obligaban a hacer sus asignaciones y a Julián lo obligaban a comer tierra, beber refresco hasta vomitar, pedirle el sí a las nenas de otros grados con la boca llena de comida y cosas así.

Nunca habían molestado a Rubén, pero desde que le pusieron espejuelos ha sido blanco de sus maldades. Cuando Angélica habló con ellos y vio que seguirían con sus cosas, trató de hablar con todos los del salón para que se unieran y se protegieran unos a los otros; pero nadie quería arriesgarse a tener aquel trío como enemigo. Entonces, no tuvo otro remedio que hablar con las maestras, pero excepto la Sra. Torres los demás maestros solo hicieron el aguaje de hacer algo. La Sra. Torres lo intentaba, sin embargo, no era omnipresente así que cuando ella no estaba los tres chicos hacían y deshacían a gusto y gana.

Angélica hasta intentó hablar con las mamás de aquellos tres nenes; pero, cuando lo hizo con una de ellas, se dio cuenta que no serviría de nada. Al contrario, al otro día, el compañero llegó de peor humor y los tres decidieron desquitarse con los más débiles del salón. Ese día corrió la sangre en el recreo. Así que, día tras día, Angélica veía cómo maltrataban a sus amistades y el sándwich se le atragantaba en la garganta. Aquello de recreo no tenía ni un pelo.

Sabía que no debía hacerlo, pero no, no podía hacerse de la vista larga. Sabía que si sus papás se enteraban, la castigarían y hasta podían llamar a sus abuelas, con todo lo que eso significaba. Pero lo que tenía a su favor era que lo había intentado todo, había seguido todos los consejos que ellos le dieron para lidiar con aquel asunto, pero nada daba resultado. Sabía que aquel argumento no la libraría de un castigo. Estaba totalmente consciente que no debía hacerlo, pero lo haría.

Angélica ya no se hizo de la vista larga, clavó su mirada en los tres chicos. Se acercó a ellos con paso firme y la vista en alto. Y con la certeza de que no podrían negarse, los invitó a jugar El ángel, en el parque, después de clases. Todos aceptaron sin pensarlo dos veces.

Allí estaba Angélica con los tres acosadores, y un puñado de chicos y chicas del salón, listos para jugar a El ángel. Definitivamente ella sería el ángel, ninguno de los chicos protestó. El juego comenzó.

—Tun, tun

—¿Quién es?

—El ángel

—¿Qué busca?

—Una cinta

—¿De qué color?

—Color…

Después de una hora de juego el parque estaba casi desierto. Angélica era la única que quedaba, pero ya partía rumbo a su casa. Llevaba la mirada perdida y tres lindas cintas en sus manos: ya no acosarían a nadie.

Cuando llegó a su casa echó un vistazo antes de entrar para ver si estaba despejado, sin padres a la vista. Y entendió que así era, pero la vista le falló. Tan pronto entró tropezó con la mirada de sus abuelas. Ambas tenían sus ojos clavados en ella y Angélica se sintió desnuda. Una de ellas dijo: ya llegó. Sus padres se acercaron. Su madre la fulminó con la mirada y su padre vociferó: Némesis Angélica. La abuela materna extendió su mano izquierda y la niña le entregó las tres cintas. La abuela parpadeó y las tres cintas se desvanecieron mientras los tres compañeros de Angélica aparecieron temblando de miedo en sus respectivas casas. La abuela paterna la abrazó y dijo: veintiocho ciclos de luna sin magia. Y en un abrir y cerrar de ojos ambas abuelas se marcharon. De cada uno de los ojos de Némesis Angélica resbalaron tres lágrimas de genuino arrepentimiento, sus papás no dijeron nada.

Sabían que era por su nombre, no era la primera vez que usaba su magia, aunque estaba prohibido en el mundo de los sin magia. También sabían que Angélica no lo hacía con maldad; pero esta vez se pasó. Una cosa era desaparecer la sal en todo Hawái para que no mataran más coquíes y otra muy distinta convertir a sus compañeritos en cintas. Por eso habían llamado a las abuelas tan pronto observaron que Angélica se acercaba a la casa con las cintas en las manos y la mirada perdida. Sus grandes ojos la delataban. Las abuelas eran las únicas capaces de resolver los entuertos de Angélica.

Pero Angélica se arrepintió realmente al otro día, cuando los tres compañeros cruzaron su mirada con la de ella y solo pudo ver en sus ojos una mirada de pavor. La miraron de la misma manera que los amigos de Angélica los miraban a ellos: con temor, recelo y rechazo. Entonces comprendió su monstruoso error.

Licencia Creative Commons

Publicado por Libros pasajeros

...

Un comentario en “El ángel

Deja un comentario