Por: Rita Isabel
Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra
En esta penúltima entrega pienso y repienso qué debo contar, aunque la pregunta precisa sería qué quiero relatar del Apalabrado. Hay historias que se quedan en las puntas de mis dedos porque no ha llegado el momento oportuno para contarlas. Algunas habitarán en el plano de la oralidad porque hay anécdotas que es mejor no ponerlas por escrito.
En este festejo por entregas seguimos la ruta zigzagueante de la memoria. En el baile de recuerdos de pasitos hacia adelante y pasitos hacia atrás buscábamos el instante preciso en que Carlos Luis se apalabró. En esa búsqueda descubrimos que lo que imaginamos instante fue muchos momentos imprecisos.
En esta celebración a cuentagotas (y más a destiempo que a tiempo) que está a punto de culminar nos preguntamos qué nos falta por festejar del Apalabrado: el gesto de quitarse los espejuelos para leer, sobre todo cuando leía en misa; su risa al ver Al chavo del ocho o las películas de Cantinflas; el gesto de rascarse la cabeza en busca de escudriñar en aquello que su entendimiento no logra comprender; su olor a china mandarina, a perfume, a trabajo; sus manos amasando los polvorones, cerniendo la tierra, sembrando, plantando, tallando trompos o bastones, pasando las páginas de libros y periódicos, guardando recortes; su acogida a los raros, a quienes nadie le daría la mano y él le ofrecía pon, conversación, libros y trabajo; su huerto, sus sembradíos, los macotajes, sus jardines con la osamenta de su perro Tite o con objetos diversos y curiosos que encontraba removiendo la tierra para sembrar; su mente lógico matemática que calculaba la cantidad de la compra con exactitud antes que la cajera contabilizara; su decisión de jubilarse a sus 55 años para dejar atrás la frustración de un trabajo en el que veía su esfuerzo engavetado porque los grandes intereses pisoteaban lo ético y legal; su humor tan particular, sus despistes; su conciencia manifiesta en detalles tan simples como colocar el periódico Claridad en lugar más visible en los estantes donde lo vendían; su participación como funcionario de colegio en las elecciones representando al Partido Independentista Puertorriqueño; su caminar acompasado por noticias, música clásica, versos de Gardel o Pedro Flores; las caminatas por el barrio, los viajes de pueblo en pueblo, de plaza en plaza; los pasadías en la playa. La lista es casi interminable… Mas hay una anécdota con la que daré punto final a esta entrega.








Como muchas familias en Puerto Rico, en nuestro monte, también nos visitan los Testigos de Jehová. Confieso que, como muchas personas, evitamos recibirles, ante todo por su insistencia aun cuando es evidente que uno está ocupado y porque no suelen respetar los espacios privados ni aceptar un no cuando se les indica que no se les puede atender o que no nos interesan las revistas o información que reparten. Aunque uso el verbo evitamos debo ser precisa y expresar que el Apalabrado no. Para él, toda conversación va por encima de credos, ideologías o conveniencias sociales. Le encanta conversar, tanto o más que leer, sembrar o escuchar radio. Así que cuando recibíamos la visita no esperada, ni deseada e inoportuna de los Testigos de Jehová, el Apalabrado los atendía con diálogo ameno al aire libre. Mientras el resto de la familia intentaba que no los atraparan con su charla y hacíamos hasta lo indecible para no atenderlos (y rogábamos para que no regresaran), él los acogía. Pero una mañana de visita inesperada, dio con la estrategia que todos buscábamos, menos él, para no recibir más sus visitas. No sé si después se arrepintió porque pasaron varios años antes de que regresaran. Los Testigos de Jehová llegaron y él los acogió como siempre, pero cuando le ofrecieron la revista, se le ocurrió responder: ¡Claro! Leo de todo, si el diablo escribiera un libro también lo leería. Remedio santo, o no tan santo, los Testigos no regresaron. ¡Qué les puedo decir! Así es el Apalabrado: Libre pensador y lector sin prejuicios.

En marzo el Apalabrado de A manos llenas llega a sus 90 años. Festejaremos en familia y también con palabras. Pendientes a la última entrega.
De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos (de la mano de la Letraherida) y a muchos lados (en Familia).
¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

