Como las cabras: Casi, casi

Tenga la bondad (Alias: Casi, casi)

Por: Rita Isabel

          Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor. Tecleo esas palabras con la sensación de ser víctima de lo que el sociólogo Robert K. Merton llamó profecía autorrealizada o autocumplida, concepto que deriva del teorema de Thomas: Si una situación es definida como real, esa situación tiene sus efectos reales. Aunque también podría decir que la sensación es la de un “déjà vu”. Mas, para ser precisa, lo que siento es una paramnesia imperfecta, pues estoy consciente de que es la primera vez que tecleo esas palabras y no debo confundir el momento que las escribí, a mano, en mi libreta con este instante. Si bien en ambos momentos predominó en mí la certeza de ir directamente al matadero por la imposibilidad de escribir un cuento con semejantes palabras.

          Escribir las palabras y comprender la incapacidad de idear un cuento que las integre, las hilvane, las trame, es lo mismo. Lo supe cuando las escuché por primera vez y apunté las instrucciones que indicó el profesor para el ejercicio de esta semana. Oí, y al escuchar, sentí un frío en las entrañas y un sabor a náusea se pegó a mi lengua. Pero me resistí y como en las ocasiones pasadas me propuse morir en el intento aunque supiera que el resultado sería un casi, casi llegar al objetivo del ejercicio. No sería la primera vez; el primer día de clases me quedé corta, con la caracterización de los personajes casi, casi comprendí la geometría de los mismos, con el ejercicio de estructura no tradicional casi, casi plasmo el conflicto donde debía estar y con los puntos de vista narrativos casi, casi logré primera persona observador. Por lo que en resumidas cuentas casi, casi no morí en cada intento.

          Con ese motivador casi, casi salí dispuesta a sacudirme esa sensación de impotencia e imposibilidad que aceleraba mi corazón sin llegar a la taquicardia, revolcaba mi estómago sin llegar al vómito y me mareaba pero sin llegar al desmayo. Y temí que al enfrentar el momento de escribir el cuento, con un pie forzado que sentía como camisa de fuerza, por no llegar a la taquicardia, al vómito o el desmayo, terminaría sangrando por los poros como Jesús en el huerto de Getsemaní.

          Sé que pensarán que exagero. La oración del pie forzado es simple; el ejercicio mucho más libre que los anteriores. ¿Por qué pensar que es una camisa de fuerza? Mejor pensar lo que es un pie forzado, un estímulo, un reto interesante. Así también lo pensé, mientras conducía mi auto camino a mi casa y calculé con cuánto tiempo contaba. Proyecté en mi mente cada minuto que tendría disponible desde esa noche del lunes 15 hasta el lunes 29 de septiembre. Si utilizaba todo mi tiempo no comprometido con el trabajo y las responsabilidades familiares, el tiempo era justo, pero más que suficiente para lograr escribir un cuento.

          Me sentí hasta contenta. Por fin superaría el casi, casi… No obstante no canté victoria, aún no tenía la idea, no sabía qué iba a contar. Además no podía dejar a un lado el ejercicio que tenía asignado para el lunes 22 de septiembre, que fue el casi, casi de la primera persona observador; ni dejar a un lado las lecturas que tenía que hacer. Pero todo parecía ir en contra de cumplir la dichosa profecía autorrealizada, pues el jueves mientras me bañaba surgió la idea: ¡eureka! Ya sabía lo que iba a contar. Ahora era cuestión de sentarme a escribir. Pero, ese fin de semana eran otros mis trabajos, mis prioridades por las fechas límites… y ansiaba llegar al próximo viernes cuando libre de ataduras del trabajo y familia me enclaustraría a escribir aquel cuento para superar el casi, casi y neutralizar la profecía.

        Pero para mi sorpresa, el lunes 22 de septiembre recibí otra encomienda, un ejercicio grupal de punto de vista no tradicional que me hizo sentir como Sísifo. Sentí que, más que recibir un balde de agua helada, todo mi ser se chorreaba casi a punto de congelación. Eso descuadraba mi fantástico orden y distribución de tiempo. Pero no desistí de ir en contra del vaticinio de mi fracaso; pues contaba con un equipo de trabajo chévere.

          Al día siguiente la impresión de chorrear se convirtió en diarreas y reflujo. Mi cuerpo estaba somatizando o trataba de expulsar de mi ser toda sensación de trágico desenlace. Y drogada para no seguir vaciándome sobreviví a mi día de trabajo y llegué a mi otro curso en el que recibí una prueba corta, la extensión es relativa, para entregar el martes 30. A esto se le sumó una inesperada reunión para el sábado del equipo de trabajo. Enumerar las peripecias que conlleva un trabajo en equipo, de redacción creativa, me parece masoquismo. Por lo que ni pensaré en ello.

          Y mi viernes ansiado se desvaneció al optar por hacer las lecturas para la clase y tener listo el trabajo en equipo para la mañana siguiente. Saltaré mi sábado porque fue como un sueño pesado y un día poco productivo en que los minutos se sucedían sin lograr completar nada. La tensión pasmó mi espalda y el fluir de mis ideas. Supe que no podría escribir el cuento que había ideado bajo la ducha aquel jueves que ahora me parecía tan lejano. Como condenada a muerte pensaba en el domingo, no como una oportunidad de salvar mi vida para superar el casi, casi, sino como las últimas horas de mi existencia literaria.

          El preludio nocturno al último día disponible para superar el casi, casi estuvo salpicado de los recuerdos de las lecturas hechas del libro de Carmen Lugo Filippi Los cuentistas y el cuento. Sus palabras taladraban mi mente. No podría emular a Poe y a los chinos al escribir el cuento comenzando por el final porque ni tenía idea de cómo iba a terminar. Quizá sí lograría seguir las palabras de Chejov cuando recalcaba que en la narración de un cuento debía eliminarse lo superfluo, si partía de la premisa que superfluo sería, en este caso, escribir algo. Y ni hablar de Quiroga, ¿cómo podría lanzar una flecha calculando con precisión la que sería su trayectoria si no sabía cuál era mi blanco?

          Y el domingo, el casi, casi me atacó. Casi, casi tenía taquicardia, casi, casi vomitaba, casi, casi perdía mis entrañas por las insistentes diarreas, casi, casi, me desmayaba, casi, casi no podía moverme por el espasmo en la espalda, casi, casi me quedé sin uñas al recaer en una mala costumbre superada hace unos años, casi, casi me muero cuando me percaté de que ya no quedaba tiempo; pero no sudé sangre como Jesús. Por eso, porque no sudé sangre espero que el lector tenga la bondad de no crucificarme (contrario a lo que hizo el dios de los cristianos con su hijo amado) cuando tenga ante sí este papel casi, casi en blanco con el encabezado correspondiente para el ejercicio de esta semana y con el pie forzado como única oración del cuento.

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