Crece

Por: Rita Isabel

Un grito en la penumbra de la madrugada me desgarró. Dormía. En duermevela previo a despertar por completo, me lancé de la cama. Desesperada, en ropa de dormir y probablemente descalza corrí hasta la casa de abuela… oscuridad, respiración convulsa, en asfixie, manos entrelazadas, sus uñas clavadas en mi piel implorando socorro, impotencia, sin su dentadura postiza, cabellera suelta y despeinada, auxilio… Entonces fueron luces encendidas, llamadas, auto, verla alejarse por la ruta serpentina y empinada del monte en el que vivimos, saberla en sala de emergencia, más llamadas, espera que exaspera, semanas en el hospital, acompañarla, delirios… El recuerdo aún arde en la garganta.

Sobrevivió. Regresó sumergida en un mundo surrealista y onírico, aturdida, llorando muertes que aún no llegaban, rememorando las voces de los muertos que la convocaron. Retornó a su cotidiano sin su cabellera larga, se la cortaron. Era difícil peinarla con el moño que mi memoria siempre asoció con ella. Al desenredar su entonces corto cabello, me preguntaba: ¿y si no la hubiese escuchado? Pero la escuché y regresó. Mas su melena no crecía, ni medio centímetro al año.

A casi una década del grito en la penumbra, después de haber llorado muertes que sí llegaron, en sus greñas, como ella llamaba (desde su regreso) a la cabellera que siempre consideró uno de sus más hermosos atributos —cabello que enamoraba— notamos un cambio. Muchas manos pasaban por su cabeza para peinar su rala melena. Aquella mañana mis dedos, no tan diestros como los de ella cuando peinaba mi pelo en mi niñez, lograron hacerle el moño con mayor facilidad. Su cabellera estaba más larga. Crecía.

Como si hubiese despertado de un letargo o como si la hubiese besado su amado, el de la inmensa mirada almendrada que nació un tres de marzo, crecía: centímetros acelerados, multiplicados, centuplicados… Largo, extenso, eterno… Cada mañana era un reto peinar aquella maranta hermosa que cegaba con sus destellos de tiempo teñido color dorado pálido. Crecía imperturbable. Era un desafío encontrar el rostro surcado de memorias de abuela entre cada hebra de cabello. Crecía despreocupado. Luego fue un duelo terso al buscar su cuerpo encorvado bajo aquella densa, abundante y larga melena. Crecía fructífera. Hasta que una mañana no la encontramos más en el infinito laberinto de sus cabellos. Sin embargo, su cabellera aún sigue creciendo. Crece sempiternamente.

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