Poblada de aparecidos

Por: Rita Isabel

Admito que me había ensimismado y ya no escuchaba con atención la concatenación en repetición continua de aquella mañana. Creo que me percaté a la tercera repetición o quizás a la cuarta. Es difícil precisar por el grado de desconexión en el que estaba. El nombre que pronunció me tomó por sorpresa. Como reacción inmediata pregunté: cómo dices. Escucharla afirmar con aquella voz, que no era la de su mundito de repetición sino la de consciencia, lo que dijo de manera casual en su habitual recuento de sucesos me pareció… chistoso. Lo confieso no lo tomé en serio, ni a pecho ni me preocupó en lo más mínimo ni en lo máximo. Pensé que andaba confundida o enredada en recuerdos de antaño como si fueran recientes.

Pero cuando en una reunión familiar improvisada, en la entrada de su casa mientras se daba el relevo del cuido, me preguntaron si abuela me había mencionado las visitas que estaba recibiendo, lo chistoso me pareció curioso. Acepto que una vez más, y así lo expresé categóricamente para calmarnos a todos, afirmé que debía estar enredando recuerdos pasados y presentes. Todos quisimos creer mis palabras, aunque yo era la primera a la que no la convencían. Días después comenzó lo que era difícil de catalogar como chistoso y sobrepasaba lo que podría generar curiosidad.

Fue en una de las noches que duermo con ella. El tráfico a paso de lapa me retuvo en la carretera más de lo usual. Así que llegué cuando ya estaba acostada. Me acerqué a besarla. Se alegró mucho al verme. Siempre expresa contento al saludarme, aunque a veces hubiese, unos minutos después, episodios de lágrimas si las dolamas o la sensación de impotencia ese día le pesaban demasiado. Sin preámbulos la escuché:

—Tú entrando y él saliendo.

Sin imaginar la respuesta pregunté por la persona obvia: la que la acompañó y acostó por mi retraso. Recibí otra vez aquel nombre de ultratumba que evidentemente no era la respuesta esperada. No sé si fue la penumbra, el tono de certeza con que lo dijo, pero sentí mi piel erizarse. No diré que al entrar había pensado en él, tampoco diré que al cruzar la puerta tuve esa sensación de que alguien acaba de salir. Era lógico sentir aquello porque, repito y me repito, el turno de cuido anterior a mí se quedó hasta acostarla en lo que yo llegaba. Así que me sacudí el susto y decidí acostarme. Como en mi niñez cuando sentía miedo, me arropé hasta la cabeza.

En la segunda ocasión que desperté del duermevela, para ayudarla a levantarse y orinar, ya no recordaba sensación alguna y me reí de la situación. A la mañana siguiente cuando la peinaba, vi en la mesa de noche el reloj de bolsillo de mi abuelo al lado del rosario de ella. Pareció leer mi mente, pero quizás solo siguió mi mirada a través del espejo y observó como se quedaba pegada al reloj.

—Siempre me visita con prisa. Mira lo que se le quedó.

Intenté expulsar de mí la histeria. Ese día llegué tarde al trabajo. Hubo una pequeña reunión familiar improvisada, con familiares presentes y otros a los que llamamos por teléfono para corroborar datos y hallar posibles respuestas. El propósito era saber o entender cómo llegó el reloj a la mesa de noche. Hubo varias hipótesis, la mayoría se descartaron. Todos coincidían que el reloj estaba en la caja fuerte. La caja fuerte estaba en el clóset del cuarto del medio en la tablilla más alta. Pesaba bastante. La buscamos, se abrió. El reloj no estaba.

Parecería obvio que ese sería el hallazgo, pero había una hipótesis de que uno de nosotros hubiese conseguido uno similar para dárselo. Conclusión, alguien lo sacó de la caja fuerte y lo dejó allí, posiblemente ella, aunque muy poco probable. Quisimos olvidar el suceso. Nadie comentó nada más al respecto. Solo ella lo repitió varios días en sus mantras cotidianos.

Luego fue su sombrero. Agradezco que no me pasó a mí. Todo sucedió de manera similar: el cuento de su visita, la prisa, el no darle importancia y el tropezar con el objeto como evidencia de que el cuento no era tan cuento. También hubo deliberación en conjunto, hipótesis descartadas, y en esta ocasión, ninguna conclusión. La casa se pobló de objetos de abuelo y los soliloquios de abuela tenían sus visitas como asiduas protagonistas.

Pero aquello fue solo el comienzo. A la casa se le impregnó el olor del tabaco que fumaba su papá y la mecedora de la sala olía a rosas, el aroma de mi bisabuela. También aparecieron una infinidad de obsequios peculiares: ramos de margaritas para la virgen, dulces de grosella y galletas de avena, el postre con queso crema y frutas, dulce de papaya, muñequitas de trapo o loza, guayabas, caimitos, maricaos, mangoes… No hubo más reuniones improvisadas ni convocadas, tampoco más deliberaciones ni hipótesis ni conclusiones.

Admito que ya no me ensimismo cuando estoy con abuela. Confieso que escucho con mucho interés sus mantras concatenados. Acepto que llego puntual o antes de lo esperado y me quedo más tiempo para no dejar espacio para los aparecidos. También porque quiero toparme con ellos y saber cuáles son sus intenciones.

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