Ramonita: Tercera entrega

Letraherida

Por: Rita Isabel

Ramonita Vázquez Flores

Año escolar significaba libros. Monín caminaba a su escuela con su bultito en el que llevaba todo lo necesario para su faena de aprendiz de letras: lápices, crayolas, libretas… Doña Antonia, la de una historia de Flores, y Don Antero, el del silbido de un tres de marzo, le enseñaron que la escuela era Sagrada, así con letra mayúscula. Pero para la pequeña Ramonita, además de sagrada, era una fiesta en la que la investían del honor y la responsabilidad de ser custodia, por meses, de los libros que la escuela le proveía para sus cursos. ¡Qué regalo! ¡Cuidar libros! ¡Meses para capturar palabras y devorar historias!

En la Amalia Marín, en la Ana Roqué, en Los ranchos I y II, en la Luis Muñiz Zufrón su cabeza se transformó en un nido de narraciones. En el glosario que habitaba en su memoria anidaban las palabras novedosas listas para ser usadas en medida precisa y ágil. El tiempo pasó, el espacio habitado cambió de Monacillos a Caparra Terrace por la avenida Américo Miranda. De Hoyo Frío pasaron a la ML 12 y de la eme y la ele a la LU 2 en los altos del colmado (Supermercado Vázquez Provision) y la relojería.

La pequeña Monín ahora era una joven Ramonita. Llegó a Las Américas en Puerto Nuevo y fue letraherida. Viajó por Europa con El final de Norma, compartió con Marianela, La hermana San Sulpicio, Doña Bárbara y hasta con Doña Perfecta. Conoció La alegría del Capitán Ribot. Fue custodia de La barraca, de El abuelo y de un sinfín de libros, porque en aquella época sí que se leía en la escuela como se le escucha decir a doña Monín (sí como Bárbara y Perfecta también a ella la llamaron doña) ya con sus cabellos teñidos con el color del tiempo de casi ocho décadas. Benito Pérez Galdós fue el autor que, con tinta y papel, la hirió con su Misericordia. La mirada inmensa, hermosa e inquisidora de, a la que solo en papeles le llaman, Ramona se ensancha y expande inmensurablemente al recordar la impresión que aquella novela dejó en ella.

De Las Américas llegó a la Gabriela Mistral. Fue en esa época que ocurrió un evento extraordinario, un suceso fenomenal para la joven Monín y sus hermanas y hermano. El del silbido de un tres de marzo, que sabía cuándo y cómo llevar sombrero llegó a su hogar (como si fuera Epifanía) con regalos inolvidables: La llave del saber, la UTEHA, Literatura Universal y El tesoro de la juventud. ¿Qué sucedió en la vida de Ramonita Letraherida ante aquellos enciclopédicos regalos?

Publicado por Libros pasajeros

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