Como las cabras: Once y diez

Por: Rita Isabel

La bolsa de tela cobró peso en sus minúsculas manos. Una vez más la diminuta siniestra se deslizo por la abertura de la bolsa con sigilosa prontitud. Los dedos palparon el espacio confinado buscando el porqué de aquel cambio de peso. La sorpresa en frío se topó con sus huellas digitales. Los ojos se desarroparon y miraron interrogantes los objetos que había colocado sobre la mesa. La llave, la canica, la pluma, la piedra, el dedal, la nuez, la cucharilla, el carrete de hilo azul, la presilla y la taza en miniatura estaban en alineación sobre la mesa.

No osó a mirar dentro de la bolsa, mucho menos sacar la mano y alejarla de aquel roce frío en superficie lisa de objeto desconocido con forma achatada y cilíndrica. Los contó. Seguían siendo diez. La bolsa misteriosa tenía diez objetos, como la torre rosa diez cubos, las varas numéricas diez varas, las escalera marrón diez prismas rectangulares, los cuatro bloques de cilindros diez cilindros cada uno, los cilindros de colores eran: diez verdes, diez rojos, diez amarillos, diez azules. Diez objetos, el cambio de peso repentino lo llenó de curiosidad, la materialización de un objeto más, dentro de la bolsa, lo dejó perplejo.

Palpó con minuciosidad aquello. No pudo precisar lo que era. Sabía que no debía sacarlo sin antes identificar y nombrar. Aventuró a pensar que era una brújula. Sabía lo que era una brújula; aquello podría ser una. Sin dudar, pero sin convicción alguna, dijo brújula y la sacó. Allí estaba el objeto número once. Lo colocó en la hilara de objetos con la precisión de la que eran capaces sus manos de cinco años de edad recién cumplidos.

Por tercera vez se dispuso a repetir el ejercicio. Uno a uno y con sumo cuidado fue colocando los objetos en el colorido espacio: la llave, la canica, la pluma, la piedra, el dedal, la nuez, la cucharilla, la presilla, el carrete de hilo azul, la miniatura de taza y… Justo cuando iba a colocar la brújula se percató de que ya no estaba. La bolsa misteriosa tiene diez objetos, no once. Repitió el ejercicio sin temor alguno. Tan pronto la bolsa quedó vacía sintió que aumentaba de peso. Esta vez no lo tomó por sorpresa el roce inesperado con algo metálico, de superficie irregular, esferoide y sonajero. Apostó a que era un cascabel. Sin dudar, pero sin convicción alguna, dijo cascabel y lo sacó. Allí estaba el objeto número once: un cascabel. Lo colocó con precisión en la hilara de objetos. Guardó diez objetos, porque la bolsa misteriosa solo tiene diez objetos, y comenzó por cuarta vez el tanteo. En esta ocasión, el peso de más fue un reloj de arena que duraba exactamente treinta segundos. La quinta vez fue un trompo muy pequeño. Así pasó toda la tarde en repetitivo y novedoso tanteo: de once y diez.

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