Podría ser un por qué escribo, pero no lo es

Por: Rita Isabel

Un brindis previo a las palabras

          Cinco años después, este escrito pasa de zafiro a oro. Hoy en el cincuenta aniversario de boda de dos pares de nuestras Manos que conspiran; hago público este escrito como un gesto de festejo por sus bodas de palabras. Sí, celebración de las bodas de palabras, pues como dijo Neruda: Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras. Bodas de oro… en América hispana y en Libros Pasajeros son bodas de palabras. ¡Salud!

          Una vieja solterona y entrometida; un campesino gordo, pequeño, glotón e imprudente; un hidalgo enloquecido de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro… Tres personajes, tres descripciones… Podría describir a este trío de una manera diferente: una anciana blanca, sonrosada, de maneras agradables y sagaz mirada azulina; un hombre astuto, bromista, confiado, bondadoso y leal; un caballero andante amante de los libros, idealista, que busca el bien y la justicia. ¿Para qué y por qué describir a estos tres personajes? Porque…

          A la sombra de la sagacidad de Jane Marple, de la astucia de Sancho Panza y de la búsqueda de la justicia de Don Quijote se han cobijado –por cincuenta años– Doña M y Don C. Cinco décadas iluminados por una mentalidad práctica, idealista, acompañada por un amplio conocimiento de la naturaleza humana.

          Por más de veinte años, Don Quijote y Sancho Panza adornaron la sala de la familia C. V. en La Mesa Alta de Caguas    –hasta que el mediano de sus hijos, decidió que aquellas detalladas figuras de cerámica se marcharían de la casa junto a él. Desde que tengo memoria la colección de libros de Agatha Christie fue parte de mi hogar y crecía, año tras año, con cada visita que hacía la familia a Thekes en Plaza Las Américas. Mas la colección se completó gracias a la complicidad de la querida M, (sobrina por vínculos de tiempo y espacio en común), que trajo desde España las novelas que faltaban; pues, con la llegada de Borders a Plaza, (el pez grande se comió al pequeño) Thekes desapareció por siempre, y con ella la posibilidad de recorrer sus estrechos pasillos para conseguir –en el lugar más recóndito de la librería– las novelas de Agatha de la Selección Biblioteca de Oro.

          Como ven, el ingenioso caballero, el bonachón escudero y la solterona curiosa eran parte del imaginario familiar de los C. V.; su presencia era tangible en los libreros, la decoración y aun más palpable en su cotidiano; el Don Quijote de la Mancha de Plátano con el que se topaban cada verano, en la Feria de artesanía de Barranquitas, le servía de brújula patriótica. En muchas ocasiones emprendieron andanzas quijotescas, para apoyar las diferentes marchas que convocaba la conciencia puertorriqueña –como la del idioma y la de Vieques– o peregrinaban hacia el Cerro Maravilla (hoy de los Mártires) los 25 de julio o a Lares a conmemorar el Grito del 23 de septiembre de 1868.

          Por otro lado, la sabiduría popular con la que Sancho le contestaba a Quijote se parecía en demasía a la forma en que educaban a los retoños C. V. Panza decía: Donde una puerta se cierra otra se abre, no con quien naces, sino con quien paces, de noche todos los gatos son pardos, ándeme yo caliente, ríase la gente, cuando a Roma fueres, haz como vieres. En el hogar de los C. V. se podía escuchar: a buen entendedor pocas palabras bastan, a dios rogando y con el mazo dando, camarón que se duerme se lo lleva la corriente, capital de Perú… Lima limazo, el que madruga Dios lo ayuda, y uno que otro que ahora se me escapa por los recónditos senderos que se bifurcan en la punta de la lengua –más bien se quedan jugueteando en la desmemoria de la punta de mis dedos.

          Ahora, después de más de seiscientas palabras, mencionaré que no nos debe extrañar que estos tres personajes estén tan insertados en la historia de la familia C. V.; pues doña M es una lectora ávida, fascinada con las intrigas de la señora Christie, y don C, aunque prefiere leer el género del ensayo, es ferviente admirador de la novela que marcó un momento clave de la historia literaria: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

          La solterona sonrosada y doña M comparten varios puntos en común; son mujeres que dominan el espacio doméstico y desde ese espacio cotidiano –desde ese micro mundo– su suspicacia e inteligencia se expanden para ver más allá de lo aparentemente evidente de la esencia humana. Una teje, la otra cose y ambas son observadoras de su entorno; y entre la fragilidad y lo cotidiano disfrazan una Némesis que ve la realidad tal y cómo es. Sin faltar a la verdad, en cuestiones de naturaleza humana, Doña M suele tener la razón como la tía de Raymond West.

          Don C tiene mucho de Sancho y un poco de Don Quijote o, viceversa, muchísimo del hidalgo enloquecido y un chin del escudero bonachón. Es realista y práctico, como el Panza de Cervantes; sin embargo, las ideas y las gestas cotidianas de don C son quijotescas; por ello, una conversación con don C es una conversación a tres voces: la de Sancho, la del Quijote y la de don C.

          Doña M también comparte semejanzas con el enloquecido amante de los libros y su acompañante de refranes sin fin. Ella es una mujer práctica como el gordito de cervantino y es amiga de los libros como Alonso Quijano. Antes que se hablara sobre la importancia de reutilizar y reciclar, doña M daba cátedra de ello en su hogar: usaba los frascos de cristal de jugo Welch’s para enfriar el agua para las minúsculas manos de la más pequeña de su prole; transformaba una insípida caja de cartón en una hermosa caja de juguetes al forrarla y si esto les parece poco, transformó su vestido de novia, en el traje que su primogénita y su bejamina usarían en sus quinceañeros. En cuestiones prácticas, le daba una bolsa de semillitas de girasol a la mayor para que hiciera las paces con sus amigas. Respecto a ser una ávida lectora, sólo tienen que preguntar de un tema y verán como podrá comentar sobre el mismo. Además son pocas las palabras de las que desconoce su significado, como toda buena lectora.

          Don C comparte el arte detectivesco de Jane Marple; no porque se lo proponga, al contrario, sin querer queriendo se rasca la cabeza, indaga y ata cabos sueltos. Quizás algunos piensen que es despistado, que me equivoco al afirmar que comparte con la solterona de ojos celestes sus dotes detectives. Probablemente aludirán a sus equivocaciones con los nombres para refutar mis ideas, pero confundir los nombres de sus seres amados es una cuestión genética y sus despistes no son despistes son producto de su manera particular de ver la vida. Esa capacidad de atar cabos es por la cual es casi imposible darle sorpresas… No obstante, ese sin querer queriendo es calculado, el sin no es tan sin.

          Tanto en el caso de la Srta. Marple y doña M, como en el de Sancho y don C la descripción física no los hermana; son hermanos en genio, pero nada que ver en figura. Sólo comparten un rasgo físico con el caballero de la triste figura, pero únicamente con el Quijote de la Mancha de Plátano, supongo que ya saben cuál es.

          Con esa huella digital platanera como estandarte y a la sombra de las palabras de Cervantes y Christie, han convivido durante medio siglo don C y doña M. Ya no me queda más que añadir (no por falta de contenido sino por falta de tiempo) que en un lugar de Caguas, de cuyo nombre si quiero acordarme, La Mesa Alta,  el conocido barrio de La Estrella, crecieron  –bajo la mirada de Jane Marple, al son de los refranes de Sancho y en gestas quijotescas– E, C y R, fruto del amor cultivado por 18, 250 días del matrimonio de don C y doña M. De más está decir que hoy, ese fruto se ha multiplicado y esparcido más allá de los confines de nuestra Estrella.

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