El voto de la mujer con patas de elefante (Primera parte 1/3)

Por: Rita Isabel

          Está escrito –en alguna parte– que la trataron con alcanfor, jugo de toronja y leche salpicada con café. Asimismo que recibió un diurético, caldo y champán. Además, que tomó un brebaje para la tos, ventosas y cataplasmas en el pecho. Con tanto remedio buscaban reconfortarla. Finalmente murió el 3 o el 4 de octubre de 1933, en Río Piedras; se cree que en paz.20160417_181347

Aquemora: vota

          Los chiquillos seguían el bamboleo de la silla –unos dicen que la llevaban en una silla de manos, otros sobre una de ruedas. Perseguían a la mujer con patas de elefante; la acompañaron a cada colegio electoral desde Río Piedras hasta San Juan.

          Inválida, peregrinó en busca de su nombre. La escritora, pionera del género epistolar con su Luz y sombras; fundadora de escuelas, revistas, y hasta de la Asociación de Mujeres Sufragistas –aunque parezca increíble– no aparecía en las listas electorales.

           Las horas pasaban y le pesaban, tanto como las piernas deformes que atraían la atención de los peatones que la seguían. Los viandantes formaban lo que parecía el desfile de un circo mudo por el esfuerzo que hacían en disimular su morbosa curiosidad hacia la doña de dimensiones paquidérmicas. Los minutos parecían sucederse con mayor velocidad, y esto le oprimía el ánimo. Su rostro hacía juego con los estragos, que aún se percibían, en el entorno, luego de que el huracán San Ciprián, azotara a la isla, unos cuarenta y dos días antes de ese memorable 8 de noviembre de1932.

          Además de las patas, tenía cerebro de paquidermo; recordaba el titular de El Mundo del 19 de abril de 1929: EL GOBERNADOR FIRMÓ AYER EL PROYECTO QUE CUALIFICA EL VOTO. El 18 de abril, el gobernador Horace Mann Towern, firmó la ley, que le concedía el sufragio a la mujer alfabetizada. A partir del primero de enero de 1930, comenzaron las inscripciones. Ella fue de las primeras en registrarse, el 2 de enero. Sin embargo, su nombre no estaba en ninguna de las listas.

          Llegó la hora fijada para cerrar los colegios. Se escuchó la tonada del Lamento borincano salir de un radio y abrirse paso por el balcón de una casa vecina. Al mirar los balcones de los hogares en busca del punto de partida de la canción, una vez más, su memoria de elefante la llevó a recordar cómo, cuando la revuelta de Lares, alguien desconocido ponía en el balconcito de su casa, paquetes de periódicos revolucionarios de Nueva York. Ella, obediente a la costumbre de que las señoritas del pueblo fueran a las cárceles a jugar ajedrez con los presos, llevaba ocultos aquellos periódicos y los repartía entre ellos.

          Con un exhalación, que parecía más un berrido de elefante, cerró el recuerdo. Ahora era otra o era la misma, en silla de manos (o de ruedas) sin estrenar públicamente su igualdad de responsabilidad, en la acción de votar; y ofreciendo un espectáculo circense, de mujer mastodonte.

         Ante las súplicas de Isabel y Ángela, amigas que la acompañaban –y para quitarse la imagen grotesca de la doña de piernas deformes– un funcionario de colegio, que vestía con guayabera enmohecida, permitió, por lástima, que se redactara una declaración jurada, para que pudiera votar. En un salón contiguo, ante un notario que olía a mabí (y que dejó a un lado la ética para sucumbir al “ay, bendito”), la sufragista octogenaria declaró, juró y luego firmó, con su estilizada caligrafía, el documento que le permitiría votar.

          Sus manos temblaron cuando se le entregó, lo que para ella era el deseo palpable, del anhelo alcanzado con lucha y sacrificio: la papeleta. Se sintió mejor que cuando fundó, a los trece años, su propia escuela privada, o cuando ingresó al Ateneo Puertorriqueño y a la Biblioteca Pública, sabiendo que era la primera mujer en hacerlo. La llevaron hasta el cubículo donde votaría; la acomodaron con dificultad. Minutos después, pidió ayuda para salir. Con apoyo para trasladarse, colocó en la urna, la papeleta que había sostenido con ambas manos, doblada y en celosa custodia. Suspiró con la mirada encendida y barritó:

          –Ahora puedo morir porque he votado.

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