Pasajeros en ruta… desde la casa

Por: Rita Isabel

La ruta continúa en pausa…

Hoy, que hubiese sido la tercera parada(presentación) en Caguas, comparto una de las versiones de “Legión de niñas”. Los relatos “Cuando la muerte acecha con ropaje de inocencia” y “Legión de niñas” para muchas de las personas que han leído el libro son el corazón del micro mundo que es Pasajeros. Estas historias nacieron por la necesidad de expresar lo que sentía cada vez que leía o escuchaba una noticia de maltrato infantil, negligencia y muertes de niños, de niñas en Puerto Rico.

Una anécdota familiar dio vida a los relatos. En mis años universitarios viajaba en transportación pública. Siempre esperaba la guagua en una parada en Río Cañas de la carretera número 1 de Caguas a Río Piedras. Una mañana, una parada más adelante, subió al autobús una mujer con un niño en brazos que estaba acompañada de una niña no mayor de cuatro años. Raquel, que era el nombre de la niña, conversó conmigo durante todo el trayecto hasta llegar a Río Piedras. Tan pronto tuve oportunidad escribí un intento de poema con todo lo que me contó. Lo titulé: “Rebeca de cuatro comienzos”. Cambié el nombre para cuidar la identidad de la menor, pero también por la sonoridad y la cadencia del intento de poesía. Todo quedó ahí.

Un tiempo después, pasó algo curioso. En la celebración de Epifanía, en nuestra familia, nos reunimos en casa de mi abuela y todo el que desee prepara una manualidad o artesanía para intercambiar. Antes del almuerzo las manualidades y artesanías se exhiben en una mesa. Luego nos reunimos en un círculo y nos “echamos los papelitos” entre los que llevamos artesanías o manualidades para regalarnos unos a otros. Cuando te llega el turno hay que explicar la artesanía, nombrar a quién le tocó y se hace la entrega junto a un abrazo. En esa ocasión hice un librito con ese poema.

Cuando me llegó el turno expliqué mi artesanía y leí el intento de poesía. Una de mis tías al escuchar la descripción del trío, la parada y las indicaciones dónde vivía la niña, dijo: yo les di pon un día que llovía torrencialmente (no sé si esa fueron sus palabras exactas, pero eso expresó con cierto aire de sorpresa). Así nació “Cuando la muerte acecha con ropaje de inocencia” y poco tiempo después, en Barranquitas, nació “Legión de niñas”.  

La “Legión de niñas” que viaja en Pasajeros no es la versión original, ni la que leyeron los lectores de “Como semblanzas o seis relatos pasajeros”. Son más de cinco versiones. Deseaba, en la presentación que estaba programada para hoy en Caguas tener libros hechos a mano con las versiones de “Legión de niñas”. Ya será…

Hoy apalabrada con Pasajeros en ruta, comparto la versión viajera. Si has leído la versión de Pasajeros, me encantaría saber, ¿cuál prefieres? Quizás, al igual que lo que compartí la semana pasada, sea una lectura de interés para estos días de aislamiento y sirva de equivalente o adelanto a la presentación que hubiese sido hoy.

En fin, Pasajeros se queda en casa, pero las palabras viajan.

Legión de niñas: Versión viajera

La muerte, ¿a qué le teme? A la inocencia…

A veces me imaginan como un canto hondo; en otros momentos, como un estado atemporal, la ausencia de la consciencia, un cambio hacia lo etéreo o la cesación del ciclo vital. Sin embargo, la mayoría del tiempo-espacio o el espacio-tiempo soy o estoy inevitable e irremediablemente en todo lo que es vida.

Por todo esto es que no entiendo por qué todos sus temores recaen en mí. Sobre todo, porque no soy decisión, ni acción, ni intención. No llego como se me adjudica, no hay una hora, ni un lugar predestinado; no doy citas. La vida me invita a su encuentro. Aunque, en esencia, ella me habita como yo a ella.   

Admito que a veces me aburro y quiero tomar la iniciativa. Es en ese instante que parte de lo que soy se encarna en una mujer, muy pocas veces en un hombre. Entonces, las reglas se trastocan. Porque cuando tienes un cuerpo mortal, tienes también la gran capacidad, el sublime potencial de equivocarte. Esa potencialidad de errar me recuerda que, aun encarnada, la responsabilidad de mi existencia en cada uno de los mortales no recae totalmente en mí. Hay algo fortuito que marca ciertos sucesos.

Hace poco me obligaron a hacerme mujer. No ha sido placentero. Me conjuraron una legión de niñas. Se sentían abandonadas e invocaron mi compañía.

***

Somos una legión de niñas. Todas tenemos menos de cuatro años. Todas, menos la niña que hemos encarnado; ella tiene cuatro años y nos regaló nuestro nombre: Rebeca. Nos sentíamos solas. Necesitábamos una madre que nos acompañara. Una madre con un niño en brazos. Por eso la convocamos, fue un acto de justicia. Ella, esa, eso, nos habitó; ahora nosotras habitaremos con ella.

Somos Rebeca, una legión de niñas muertas. Encarnamos un cuerpo de una niña de cuatro años. Somos visibles para los elegidos, mas no tangibles. Nos sentimos solas porque ya no tenemos aliento. Convocamos a la muerte para que fuera nuestra madre. Una madre con un niño en brazos. Un niño que murió como nosotras. En nuestra isla, la muerte se paseará con ropaje de inocencia. Conversaremos con los que les ha llegado su hora. Los acompañaremos de camino a la cesación de la vida. Nuestra mirada indiscreta, inquisidora, se posará sobre cada uno de ustedes. Seremos el lazo entre lo vivo y lo muerto.

Somos Rebeca, una legión de niñas sin aliento, muertas, encarnadas… No comprendemos lo que nos pasó. Nuestro fallecimiento fue prematuro; sin lugar a duda injusto. Por eso nos sentíamos, más que solas, abandonadas. Pero ya no estamos solas, adoptamos a la muerte como madre. Ella lleva un niño en brazos y nosotras la acompañamos. Intentamos que actúe con presurosa prontitud, que sea puntual: que no llegue antes, ni después. Pero a veces cometemos errores.

Somos Rebeca: muerta por la distracción de su padre, un hombre trabajador, responsable y recto, que olvidó que su hija estaba en el carro y que antes de llegar al trabajo debía llevarla a la guardería.

Somos Rebeca: muerta cuando una mujer honesta, trabajadora y bondadosa la atropelló, pues la luz del sol la cegó y no vio que en la calle caminaba una mujer empujando un cochecito. La madre pasaba por la calle porque la acera por donde debía caminar estaba ocupada por una hilera de autos mal estacionados.

Somos Rebeca: muerta con apenas unos meses, a causa de los golpes que su padrastro le propinó, su madre no podía vivir sin un hombre. El padrastro era un buen proveedor, pero carecía de autocontrol.

Somos Rebeca: muerta al jugar con un arma de fuego que su papá guardaba para proteger a la familia.

Somos Rebeca: muerta cuando su madre amorosa —una mujer bajo una gran depresión— decidió quitarle la vida para luego suicidarse.

Somos Rebeca: muerta por una bala perdida.

Somos Rebeca: muerta al ahogarse en su propio vómito y ser sepultada por las manos maternas en el congelador de la nevera del que fue por cinco meses su hogar.

Somos Rebeca…  

Ahora acompañamos a la muerte que se hizo mujer por nosotras. Y que, por petición nuestra, carga en sus brazos —maternalmente— a un crío que falleció con solo dos meses de existencia. Su cuerpo presentaba catorce fracturas a la hora de la muerte. En nuestra isla la muerte es una madre con un niño en brazos. Eso nos facilita dialogar con los que están por morir. Cruzamos nuestra mirada indiscreta, inquisidora, con los elegidos. Enlazamos a los vivos con su muerte para intentar comprender…

Ayer fuimos unas, hoy somos otras y esperamos —porque es justo y necesario— que pronto no seamos ninguna. Por el momento, hasta que cesen nuestras muertes y no se una a nosotras ninguna otra víctima, vagaremos de pueblo en pueblo hasta que llegue el momento en que nos tocaba morir. Como carecemos de aliento, podemos ver más allá de lo evidente, por eso sabremos cuál es el momento indicado. Mientras tanto, nuestra mirada indiscreta, inquisidora, se posará en ustedes. Seremos el vínculo entre la vida y la muerte.

¿Nos sientes?

Publicado por Libros pasajeros

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