Lo que habita en un te quiero

Por: Rita Isabel

Te quiero.

Aquella frase, con la que me salí del libreto rutinario al acostarla, resonó y llenó el espacio. Todo fue risa y regocijo, casa llena abarrotada de cariño. Fue abrazo mullido con aroma a gloria, fue sonrisa dulce de mirada que alumbraba con la luz de una luna menguante, fue voz platicando de la vida en otros planetas, del universo en las noches a cielo abierto desde el techo, fue recuerdo en las memorias de las Vázquez Flores, fue el saludo color a ramos de flores de los que llegan, fue el tintineante quehacer mañanero en cada fiesta, la lectura incesante y los recuerdos vívidos de los parajes habitados. La casa palpitaba con los pasos ligeros, por livianos y por rápidos, de muchos pares de pies minúsculos que crecieron corriendo en el balcón infinito. Fue chapoteo en la piscina y divertidos lanzamientos, a hurtadillas, desde ese mismo balcón. Morada llena en tormentas, casa llena en rezos a los difuntos con caculos y mar de carcajadas casi silenciosas, hogar repleto con la llegada de nuevos retoños de los retoños. Casa sonido de bolillos al tejer el encaje para la sabanita de cada primogénito de cada nieto. Casa aroma a clavo, canela, jengibre, casa sabor a chocolate caliente con queso de papa, arroz con dulce, coquito, sidra, galletas de avena, turrón, dulce de grosellas, pastelón de yuca con color a achiote y jugo de arándano o de parcha. Residencia celebración y festejo; acción de gracias, papelitos; navidad, intercambio; Reyes artesanías, Pascua oración; madres y padres y vuelve a empezar. Fue color pistacho y azul cucharitas para servir el abono. Fue cosquilleo de víspera de obsequios, fue disfrute de los juegos de mesa en la sobremesa, fue parranda, tardes de campanadas que llamaban a asistir a misa en la capillita y caminatas kilométricas para visitar enfermos. Fue Natividad y Epifanía. La casa se llenó de flores: cruz de malta, amapolas, orquídeas, tulipanes, margaritas, miramelindas con sus semillas estallando… Fue beso, tanto, contentura y pavera. Fue abuela sonrisa, abuela comunión, fue abuela Dios en nosotros. Fue compañía. Todo un instante vivo, palpitante y, en él, presente toda su descendencia. Fue familia.

Duró un finísimo instante, en lo que pronuncié esas dos breves palabras: Te quiero. Luego regresamos al ahora. Casa silenciosa, morada sorda, hogar que pasa, residencia en deterioro, domicilio acumulando polvo porque la abuela, como ella dice, está de despedida y la vida sigue. Besó mi mano con llanto amor en sus entrañas y yo su frente con un cundeamor anudando mi garganta. Se quedó rezando el rosario por cada ser amado de nuestra familia y yo me refugié en las palabras para rescatar todos los te quiero dichos, pero sobre todo los sin decir.

Publicado por Libros pasajeros

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