Guiño: Mangó con acento en la o

A todos los que bajaban al mediodía a jugar a la sombra del mangó

Mangó con acento en la o

Por: Rita Isabel

          Los árboles guardan historias, por eso es bueno abrazarlos para averiguar si, por casualidad, las cuentan. A este lo abrazamos y esto nos contó…

          Primero, como semilla, germinó, sintió la savia fluir y con el tiempo se arraigó en aquella tierra fértil a orillas de un camino vecinal. Creció tan rápido como todo árbol de su especie. Los pasos de muchos caminantes lo acompañaron mientras ensanchaba su tronco, sus raíces profundizaban y se ramificaba. Pasos viajeros se detuvieron ante su belleza y frescura. A la sombra del mangó se guarecían del sol candente los caminantes. Aquel era un oasis en el sendero.

          Cuando el momento oportuno llegó los caminantes saborearon los frutos que las ramas del árbol les ofrecían o el suelo les guardaba. Algunos se agachaban a coger los frutos, otros alargaban sus brazos y los más atrevidos se trepaban por el tronco y las ramas más resistentes. El árbol sentía el roce, el calor, la fricción, la distancia de aquellos cuerpos que buscaban sombra, fruto y diversión. Sentía el revolotear de las aves en su fronda, del viento rozando sus hojas, de los insectos zumbando al ras de su corteza, de los lagartijos reptando por sus ramas y un sinfín de sensaciones diversas. El árbol veía como se deleitaban con sus frutos pulposos, aromáticos, sabrosos.

          Y la luna completó sus ciclos infinidad de veces, mientras los anillos del árbol se multiplicaban. Hasta el árbol llegaban un sinnúmero de rumores como que en aquella isla un poeta, Luis Llorens Torres, había escrito: San Juan sabe a coco, Humacao a corazón, Ponce a níspero y quenepa, Mayagüez sabe a mangó; o que en otros lugares su nombre no llevaba acento en la o. También le llegó el rumor de que aquel camino vecinal ya no sería más un sendero. Ningún rumor lo perturbaba, él disfrutaba de la vida en sus ramas, de la savia en su ser, de la compañía de los viajeros cuando disfrutaban de su sombra o de sus pulposos y aromáticos frutos.

          Pero nada es para siempre y aquel último rumor cambió el transcurrir de sus días. El camino vecinal pasó a ser simplemente una senda dentro de una finca. Al ser solamente una vereda en la finca las visitas humanas disminuyeron. Al principio el árbol no se dio cuenta del cambio, pero poco a poco empezó a extrañar a los viajeros. En el suelo se formaba una alfombra podrida con sus frutos; mordisqueados tal vez por una rata o picoteados por algún pájaro.

          Y la luna continuó con su inflar y desinflar un sinfín de veces más. Otro rumor llegó hasta el árbol, aquella finca sería dividida. Esta vez sí se preocupó, con toda razón. Presintió lo que vendría, el olvido total de aquel paraje. Descubrió lo que era el dolor de la soledad impuesta y se asqueó de la alfombra putrefacta de sus frutos en el que fue un camino. Decidió que no volvería a dar frutos hasta que no pasara por allí un caminante. De nada sirvieron las suplicas de las aves, ni que las ratas imploraran y que los lagartijos pidieran por favor que no se olvidara de ellos y de los insectos. El árbol no quiso responder al reclamo de sus compañeros. De vez en cuando y de cuando en vez aparecía un furtivo viajero; pero no se guarecía en su sombra. Así que pasaron más ciclos de luna y no hubo más flores y frutos.

          Mas ya dijimos que nada es para siempre. Una mañana sintió en su tronco una mano callosa, curtida de trabajo y esfuerzo. Días después otras manos más jóvenes se treparon por su tronco. Sin embargo, el árbol estaba dormido por olvidar su propósito al decidir no dar frutos por sentirse solo. Y sintió sin sentir, e ignoró lo que supuestamente no percibió; era ausencia en negación. Pero aquellas manos eran insistentemente amorosas y se multiplicaban a su alrededor.

         No pasaban por allí, iban a él. Bajaban al mediodía a jugar Tira y tápate y a probar su habilidad subiendo sus ramas. Una vez lo adornaron con tierra y pétalos de flores de jengibre y hasta una de ellos se pintó con barro y se trepó en sus ramas intentando mimetizarse con él. A su sombra narraron cuentos, cantaron y jugaron; una y otra vez le abrazaban. En sus ramas ideaban proyectos y lo sentían hogar. Y año tras año se tomaban fotos con el árbol. No buscaban algo en él, como su sombra o sus frutos, lo buscaban a él.

          Aquel calor y aquel contacto contiguo de corteza y piel lo fue despertando. Recordó que la savia estaba en él, que tenía propósito, significado y vida. Buscó en su corteza, en su tronco, en sus raíces, en sus ramas, en sus hojas y en sus anillos. Floreció, pero los frutos no se dieron porque no recordaba cómo eran. En la temporada siguiente hizo un esfuerzo mayor, floreció y dio un pequeño fruto. Todos lo celebraron y todos lo felicitaron. Sin embargo, desistió porque con aquello no lograba alimentarlos.

          Unos cuantos ciclos de luna se sucedieron. Cuando por fin celebraba la realidad de su existencia y no lo que hubiera querido ofrecer, recordó la textura lisa de la cáscara de su fruto; lo pulposo y aromático que era; el peso de sus pepas. Esa temporada sí dio frutos y recordó que nada es para siempre excepto la esencia del ser, que no hay compañía más fiel que la propia y amistad más sublime que la que no nos acompaña todo el tiempo, pero siempre está presente y permanece.

4 comentarios en “Guiño: Mangó con acento en la o

  1. Super… Tan reciente como la semana pasada una amiga doctorada en lingüística y miembro oficial del Real Academia de la Lengua Puertorriqueña me confirma que el único país hispanohablante que pone acento al mango en le o final, es Puerto Rico…

  2. Me recuerda cuando en mi niñez teniamos un barco velero (tronco, ramas y hojas de un mangó). Me alegra q mis hijos hayan vivido esa sensación en el Mangó Dormido 🙂

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