In sécula seculórum

Por: Rita Isabel

La abuela con el nombre de flor inestimable y los apellidos floreados llegaba al siglo que pensaba que ya había alcanzado. Recordé cuando, un año antes, me dijo con certeza en contentura: Envejecer, todos queremos envejecer, todos queremos llegar al siglo. Es lo mejor… A todos les gusta llegar a los últimos años… No estoy segura si uno quiere envejecer, pero ¿quién contradice una certeza en contentura? Como canto de coquí habitando mi oído sentía que palpitaba en mi mente lo que se avecinaba. ¿Cómo no festejar? ¿Cómo celebrar? Fue en mayo que supe que no podría ignorar más aquel coquí, coquí, que más bien cantaba qué, qué.

Una plática en la que se tejieron y destejieron ideas doy la clave de aquel feliz cumpleaños. Un festejo secular, una celebración epistolar… Un siglo, cien años, aunque, recalco, ella expresaba que ya los tenía, cien y un chin más, la familia sabía que llegaba a la centena en este año impar. La invitación fue simple. Enviarle postales. Cuando propuse el festejo sin fiestón la acogida fue tibia ni fría ni caliente. Aceptar un festejo de papel, en vez de abrazo y junte fue un acto de amor, pues aún se estaba a la sombra de la pandemia.

Sería un verano en conteo regresivo hasta el día de su cumpleaños, días para festejar su existencia. ¡Muchos felices no cumpleaños hasta el día de su feliz año nuevo personal! Lo que no imaginé, no imaginamos, fue el cariz que aquello tomaría. No creerán lo que sucedió como nadie puede creer que alguna semana pueda tener tres jueves.

El día once del sexto mes llegaron las primeras dos cartas. Como Hermes de la contentura y sin saber a qué me enfrentaría, pero cumpliendo lo acordado de entregar una diaria para no sobrecargarla de emociones, le llevé la primera carta. Abuela extrañada con la llegada de correspondencia, pero con el placer que le da recibirla tomó en sus manos el sobre. Con movimiento delicados, en pulso en extravío y con un poco de esfuerzo logró abrirlo. Con dificultad fue sacando la tarjeta. Al atisbar los primeros trazos de los adornos expresó que aquello parecía que sería hermoso, como testigo le di la razón. No sé cómo ocurrió y luego del suceso dudé el resto del día de lo que percibí y al día siguiente estaba convencida de que aquello fue producto de la imaginación. Con movimientos gráciles abuela abrió la tarjeta y como ante un “Jack in the box” brincamos de asombro. Una sensación de vértigo delicioso que nos transportó a un jardín de aromas rosados a la sombra de un árbol florecido en rosa intenso. Duró un breve instante, pero ¡qué instante! El rostro de abuela estaba sonrosado y sus ojos sonreían. La tarjeta “pop-up” que envió mi primo era un hermoso árbol frondoso rosado con una alfombra de hojas en el suelo, en el que se veían, curiosamente, el rastro de dos pares de pisadas. Pensé, ¿serían las nuestras?

Convencida de que la imaginación jugó con mis sentidos y evitando corroborar con abuela para no meterle ideas extrañas en la cabeza, a la mañana siguiente llevé la otra carta. El ritual de abrir fue similar, la sensación de “Jack in the box” se sustituyó por un cosquilleo previo al vértigo y la sala se llenó de reinitas, bienteveos, san pedritos, carpinteros, picaflores y otras aves que ahora no recuerdo. La risa de abuela nos regresó a la luz de la mañana que iluminaba la sala ya serena sin los pájaros. Me preguntó, ¿los viste? Asentí con la cabeza. Ella no dejaba de reír. La dejé leyendo las palabras de la amiga de la familia que le escribió. Lo sé, es muy difícil de creer.

Igual que la primera vez, al día siguiente, ya lo había descartado como cierto, pensé en alucinaciones compartidas o en un fenómeno casual de sinestesia a la dos. Hasta que llegó la tercera carta…

 Previo al vértigo sentimos estática y las manecillas del reloj comenzaron a andar en dirección contraria, escuchamos las campanadas del reloj de cuerda con carillón que ya no anda. Luego vimos a mis tías adolescentes charlar entre los tomos de La llave del saber, la UTEHA y El tesoro de la juventud. Fue un instante, como en las ocasiones anteriores, y abuela pronunció una bendición que nos regresó a la mesita donde suele tomar de manera puntual su desayuno y las meriendas junto a sus pastillas. Las manecillas del reloj regresaron a su dirección habitual y ya no teníamos la compañía adolescente.

Carta que llegaba nos transportaba o poblaba la casa de abuela de lo deseado para la vieja centenaria. Parajes llenos de flores, su jardín en flor, un paisaje musical, frente al sagrario en la capilla o a la sombra de un flamboyán amarillo encendido… Repito cada intención o alegría en las cartas se materializaba en una experiencia alucinante o de sinestesia compartida. Cuando la casa se llenó de rosas, el aroma del rosal perduro por varias semanas.

El día de su cumpleaños, en la mañana, la casa se llenó de asombroso festejo a cuentagotas. Los que la visitamos por filtración vimos que, cuando posaba su mirada en algún objeto, se proyectaba en esa dirección recuerdos de su vida. La vimos niña, joven, mujer adulta, la acompañamos de camino a la escuela o en sus caminatas a llevar la comunión a los enfermos, sentimos sus caricias y percibimos el amparo de sus ruegos. Ese decimoctavo día del séptimo mes en el año dos mil veintiuno los que la visitamos contemplamos la vida de abuela a través de su mirada y los que la recordaron desde la distancia jurarían que durante todo el día tuvieron como banda sonora la canción:

Que lindo está el firmamento

las aves cantando dulces melodías

y anuncian con alegría

que ha llegado el día de tu cumpleaños.

Nosotros te felicitamos

y alegres venimos a cantarte aquí.

Rogando al Todopoderoso que pases

un día, próspero y feliz.

En este día glorioso,

lleno de recuerdos gratos

tus amigos te desean,

felicidad en tu santo.

Y al cielo todos pedimos

llenos de sinceridad…

¡Que pases un feliz año

de dicha y prosperidad!

En fin, que el festejo del año nuevo personal de abuela, además de un sucesivo feliz no cumpleaños epistolar por su año-siglo nuevo personal, fue color sinceridad, olor a firmamento, de caricias de dicha y prosperidad, de sabor alegría y con tempo de in sécula seculórum.

Publicado por Libros pasajeros

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