Libros fósforos: ¡A las tres!

Pronto: Como semblanzas será Pasajeros

Un viernes 13, como hoy (en el 2013), Como semblanzas o seis relatos pasajeros comenzó su peregrinaje.

En marzo de 2017 comenzó una metamorfosis.

Como semblanzas se transformó en Pasajeros… permanentes.

Atentos…

Libros fósforos: a las dos

A las dos…

Epifanía: Ya están disponibles los Libros fósforos, libros que encienden. Esta primera edición es exclusiva y producto del taller ¿Cuán corto es corto? que se trabajó en el verano de 2014. El 2 de febrero de 2017, el Día de la Candelaria, estará disponible una segunda edición al alcance de todos y todas los que quieran encender con los Libros fósforos. Para más información sobre los Libros que encienden pueden comunicarse a librospasajeros@gmail.com.

 

¿Por qué escribo? 3

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Por: Rita Isabel

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

Jorge Luis Borges

¿Por qué escribo? Últimamente me parece que no hay un porqué. Aunque, quizás es para atrapar las palabras que se llevó el viento o para rescatar las que se quedaron en la punta de la lengua y en las yemas de los dedos. Tal vez para encontrar las palabras que se me extraviaron. Acaso para develar lo que callo. Posiblemente lo hago para hallar el antídoto que contrarreste todo lo que he dicho por decir. O simplemente escribo porque leer y releer —en una persona de la cepa a la que pertenezco— es un acto lúdicamente vital, escribir el acto reflejo a ese estímulo.

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El niño malvavisco

Por: Rita Isabel (Titi Rita)

A Manuel Armando

¿Y quién creó a Dios? Aquella interrogante resonó como un estruendoso campanazo en el interior de la pequeña capilla. Si alguien hubiese mirado la llama de la vela que alumbraba al santísimo, diría, que la llama se agitó.

La catequista, una vez más, se sentía en aprietos. Y una vez más esa inquietud surgía a raíz de una ocurrencia del niño que dibujó a los lagartijos apareándose. Ese había sido su dibujo de la creación, hace dos semanas. Hoy era aquella pregunta. El resto de los niños y niñas, de unos seis o siete años de edad, parecían indiferentes a la inquietud de la catequista y a la curiosidad del compañero. Unos miraban a través de las ventanas hacia la carretera, otros dibujaban en sus libretas, algunos soñaban con la hora en que cruzarían la puerta de la capilla camino a sus casas para plantarse frente al televisor, otros miraban el suelo y una niña pidió ir al baño.

El niño de mirada soñadora, sonrisa afable, cabellera abundante y piel de malvavisco esperaba con ansias la respuesta. La catequista luego de dudar, pensar, repensar y titubear al empezar con su respuesta, contestó sinceramente. Mencionó la fe, los misterios y no sé qué más. El niño reflexionó y, sobrecogido, expresó a viva voz; eso es algo que jamás podré comprender…

Si alguien, en el preciso instante que el niño terminó de soltar lo que pensaba, hubiese mirado el rostro de la imagen del Cristo crucificado que engalanaba a la humilde capilla diría que lo vio sonreír.

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