Origen (En Ocaso de Flores Polvo de estrellas)

Por: Rita Isabel

Cuando las vi, al cambiar la ropa de cama del colchón, no dije nada. Pensé que era la única que lo había notado; pero cuando mi hermana me habló del polvo de estrellas, supe que no podía ser otra cosa.
Abuela tiene noventa y seis años. Es un poco prematuro, (cuatro años antes de lo usual para ser exacta) no obstante, lógico que se transforme en polvo de estrella. ¿Qué hacer? No se puede hacer mucho.

Comentamos el descubrimiento. No todos concordaron con nuestra hipótesis. Polvo de hadas, pensaron muchos al ver las partículas de las que hablábamos. Una minoría, de inclinaciones fantasiosas, elaboró una hipótesis descabellada sobre partículas sintéticas que salían por lo diminutos poros del plástico que cubría al colchón. Aquello era increíble, tétrico de ser cierto. Aunque pareciese imposible, y espantoso, pensar que abuela estuviera expuesta a ese polvillo, tuvimos que aceptar que había una ínfima posibilidad de que aquello estuviese sucediendo.
Tuvimos que ceder ante el reclamo. Mi hermana y su esposo consiguieron otro colchón. Hoy se hizo el cambio. En unos días o una semana lo sabremos: si abuela se está convirtiendo en polvo de estrella (o de hada) o era un desperfecto del colchón. De ser lo segundo tendremos que admitir que nos equivocamos, que somos unos incrédulos y aceptar públicamente que tenían razón. Nos tocará esperar cuatro años para que el fenómeno se manifieste. De ser lo primero, debemos comprobar si la metamorfosis es a polvo de estrella o de hada. Al constatar en qué se transforma conoceremos cuál es su origen y el nuestro.

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Por: Rita Isabel

«Dime lo que lees y te diré quién eres» es un aforismo bastante cierto, pero te conocería mejor si me dijeras lo que relees.

F. Mauriac

            De niña releía “La vendedora de fósforos”, en la adolescencia Jane Eyre, de joven El túnel, Cien años de soledad, Bestiarios. De joven adulta, se pone el asunto difícil, son muchos los libros a los que regresaba. Diré como muestra los títulos: El nombre de la rosa, El perfume, Cuentos de amor, de locura y de muerte. En la adultez los títulos se sustituyen por los autores. Repito a Neil Gaiman, Italo Calvino, Saramago, Borges, Poe, Dostoyevski, Bioy Casares, J. R. R. Tolkien… Siempre regreso a Eduardo Galeano y a Agatha Christie. Ando con deseos de releer a Felisberto  Hernández y a Miguel Ángel Asturias, a los que conocí hace poco. Asimismo, redescubrí en estos días a Benito Pérez Galdós y me gustaría releerlo. Miro los estantes de libros de mi cuarto de lectura-escritura para no olvidar a nadie y me percato que que no mencioné a Juan Ramón Jiménez… Confieso que releo mucho, me pregunto si demasiado. Mas a Mauriac, del que sé muy poco, le pregunto: ¿me conoces mejor?

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