Señor Ojos

Por: Rita Isabel (Titi Rita)

A Bernardo Andrés cuando aún no respondía a Berny

El rostro del señor Ojos se iluminó con la llegada de la querida tía postiza. El niño parlanchín, con tres años de edad, abrazó enérgicamente a la tía, una amiga entrañable de la familia. Ambos cruzaron sus miradas pícaras y sonrieron con inteligencia, como si sellaran un pacto.

La de la cabellera azabache y olor a vainilla tomó el libro que le ofrecía, el de los rizos adorables y olor a nuevecito. La tía se sentó e invitó al pequeño señor Ojos a sentarse en su falda. Invitación que el pequeño aceptó. En un (¿o dos?) pestañear después, la tía comenzó la narración. Atención en demasía, concentración inquietante, silencio excesivo… uno escucha y la otra cuenta que cuenta.

El señor Ojos escucha una retahíla de palabras sobre una gallinita colorada, que quiere sembrar, que habla con unos animales para que la ayuden y no lo hacen, que quiere cosechar y el que ronronea, el que ladra y la que muge no la ayudan, que si un molino, que si un pan… y colorín colorado este cuento ha terminado.

Entonces, el señor Ojos con el ceño en severo gesto mira a la tía. Ella sonríe en espera de las preguntas; pues de seguro habrá preguntas. Tanta atención, concentración y silencio es sin lugar a dudas el preludio a un interrogatorio. El pequeño señor Ojos acerca sus labios a la oreja de la tía y le susurra con su voz infantil…

–Tía, las gallinas no hablan.

Los que fueron testigos del evento dirán que como voz narrativa me equivoco. El señor Ojos no susurró, ni intentó siquiera ser discreto, mucho menos esperó al final del relato. A viva voz, y desde el principio del cuento, afirmó que las gallinas no hablan.

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A tres años del viaje: Como semblanzas o seis relatos pasajeros

AGRADECIDA

Tres años de Libros Pasajeros

Por: Rita Isabel

O los embelecos de Ritabel

          En agosto se cumplieron tres años de Libros Pasajeros. Esa utopía que emprendí justo cuando descubría que lo utópico no existe. Hace tres años me apalabré. Y aunque hoy el calendario no marque trece, escribo. Como El Sombrerero loco (que más bien está loco) festejo un no aniversario con té de manzanilla. Me olvido de lo deberes. Imagino que detengo el suceder del tiempo. A cuentagotas y a destiempo escupo cien palabras en esta mi casa, nido de arácnidos y cementerio de esperanzas. Entre telas de arañas y cadáveres verdes, celebro tres años… Por ello no ofrezco mi palabra, ni cien. Doy ciento trece palabras, de que sigo apalabrada.

 

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Coral

Por: Rita Isabel

a la sietemesina Antonia(mi abuela)

Ambas compartían el mismo nombre y sentían una gran predilección por el azul. Por eso, cuando la nieta preguntó, la abuela respondió con un tejido de palabras.

En uno de tantos comienzos, cuando se existe pero no se es…

Una minúscula partícula de existencia, que podría ser, habitaba en el azul. En el quinto color del espectro solar, en el azulino cósmico, planetario, oceánico, en el azulado mar caribeño, en el celeste antillano, en el azul candente y tropical, palpitaba. Era tan intenso el azul que su existencia se convirtió en un viaje infinito. En ese viaje, ya cerca de un destino finito, se encontró con los vientos alisios. De ese encuentro, el azul, se transformó en aliento.

Como aliento encarnó en un cuerpo. Como cuerpo tomó conciencia. Como conciencia cobró identidad. Como identidad eligió un nombre; un nombre para despistar.

Semejante respuesta dibujó en el rostro de la nieta un mapa de interrogantes; en el rostro pícaro de la abuela, desdibujó el paso de los años.

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El día que votó la mujer con patas de elefante (Primera parte 1/3)

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