Marzo y abril han sido meses de mucha actividad literaria, pero poca escritura. Tengo mucho que contar y prometo que buscaré el momento oportuno para hacerlo. Pero en lo que la página en blanco va y viene…
En esta mañana de domingo, Libros Pasajeros retoma un rincĂłn de nuestro hogar virtual que desde hace nueve años no se activaba y que ahora llevará por nombre Viandantes en Libros Pasajeros. De vez en cuando y de cuando en vez, por invitaciĂłn, compartiremos escritos de autores(as) que forman parte de nuestro cĂrculo de afinidad creativa. Retomamos este espacio porque es justo y necesario difundir los escritos de letraheridos y apalabrados. En esta ocasiĂłn acogemos las letras de J. A. Zambrana autor de El sonido de la ausencia, Simplemente Cándido y TiburĂłn. Para conocer más sobre su trabajo pueden leer en: https://elpostantillano.net/index.php?option=com_content&view=article&id=33704:jesus-adrian-zambrana-rodriguez-nuestro-entrevistado&catid=295&Itemid=1004
El escrito que seleccionamos es un texto que es (o fue) un ejercicio (o juego) literario, de pie forzado, que publicĂł en su blog: https://jazambrana.com/. Lo escogimos, entre la infinidad de sus textos, porque nos recuerda que toda persona que escribe, antes de crear arte con la palabra, es un letraherido por lo que sus palabras escritas siempre serán un diálogo con las voces que han llegado a ser tinta y papel y dejan un rastro indeleble en nuestra memoria. Sin más confĂo que disfruten:
¿Dónde estará cuando despiertes? (Derechos reservados 2015)

Por J. A. Zambrana
Cuando se despertĂł, el dinosaurio todavĂa estaba allĂ…
Frente a la angosta cueva de piedra, tan caliente como cortante, donde hacĂa muchas horas habĂa logrado protegerse de ese pertinaz perseguidor que aĂşn merodeaba listo para atacar; quiĂ©n sabe si por hambruna o sĂłlo por su instinto de asesino, que se place de raer la piel y destrozar los huesos de sus presas. HabĂa dormido unos cuantos segundos que el terror convirtiĂł en una eternidad de angustia e incertidumbre mortal; la sangre latĂa con tanta fuerza contra sus sienes, que pensaba que reventarĂan. Lo despertĂł el rugido estrepitoso y el fĂ©tido aliento del animal, que se encontraba a sĂłlo pulgadas de alcanzarle. Vencido por el cansancio de sobrevivir, era atacado nuevamente, esta vez por un sueño letal, tan voraz como la bestia que le acechaba afuera de la cueva, pero mucho más persistente; cerrar los ojos otra vez era sinĂłnimo de muerte. LuchĂł contra sĂ mismo sin darse tregua; resistiĂł todo y cuanto pudo hasta no poder más. Ya sin fuerzas ni voluntad, se abrazĂł a la resignaciĂłn y dejĂł caer mortalmente los párpados, para ser devorado por el agotamiento.
Cuando se despertĂł, el dinosaurio todavĂa estaba allĂ…
Lo veĂa algo borroso, la pesadez de un breve instante de sueño distorsionaba sus ojos; no tenĂa certeza de cuánto tiempo habĂa dormido, pero no debĂa ser demasiado; era de dĂa cuando llegĂł del funeral y se dejĂł caer en el sofá de aquella sala que emanaba soledad, y afuera todavĂa el sol seguĂa brillando. Estaba tirado sobre la mesa del centro, era un dinosaurio verde, hecho de goma, plástico y silicĂłn, que hacĂa ruidos prehistĂłricos cuando le apretaban la cola; el juguete favorito de su hijo, justo en el lugar en que lo dejĂł aquella Ăşltima vez que jugĂł con Ă©l. Vencido ante los sentimientos, lo tomĂł bruscamente para tirarlo a la basura y deshacerse de las imágenes y dolor que le provocaba, pero el poder del recuerdo lo detuvo. RecordĂł como en incontables ocasiones su amado chuiquito agarrĂł entre las manos aquella lagartija plástica; recordĂł las risas y todos los momentos repletos de magia y ternura, en que su hijo y el dinosaurio fueron cĂłmplices invencibles en aventuras de inocente fantasĂa. Contrariado por la confusiĂłn que le causaba el torbellino de sensaciones en su interior, lanzĂł el muñeco contra la mesa y entre sollozos matizados con maldiciones y blasfemias, otra vez se quedĂł dormido.
Cuando se despertĂł, el dinosaurio todavĂa estaba allĂ…
Decadente, inmĂłvil en aquella cama de postura variable, con luces y máquinas extrañas que emitĂan un “bip” constante que marcaba los latidos de un corazĂłn a punto de rendirse. Él la observaba desde el otro lado de la habitaciĂłn, la piel parecĂa estar corrugada y reseca, como cubierta de unas escamas que sumadas a la crueldad de una tos antipática, la hacĂan parecer y sonar como una vieja criatura jurásica. Inevitable recordar cuando de niño le preguntaba “¿abuela cuántos años tienes?”; “todos, mijo; soy más vieja que un dinosaurio” contestaba ella riendo y jamás le revelĂł su edad. Era sĂłlo un mal retazo de aquella dama de acero, tan correcta, pero tan dulce a la vez; tan derrochadora de ternura y cariños, que siempre estuvo presente sin hacer mucho ruido, en especial en aquellos momentos cuando la vida dolĂa. Se sentĂa exhausto, miserable ante el dolor de perder; querĂa gritar, destrozar, lanzar algĂşn objeto pesado por la ventana. Estaba consumido por la rabia ante la inutilidad de no poder engañar al tiempo y verla reĂr una vez más; escuchar una palabra, aunque fuese un regaño. Entre la extenuaciĂłn y el desconsuelo, una lágrima suicida se lanzĂł rostro abajo y los ojos comenzaron a cerrarse despacio. Mientras la gota hacĂa un pausado recorrido, los párpados caĂan lentamente; como el telĂłn final de una historia triste. En el momento en que la lágrima saltĂł del mentĂłn (antes que cayera al suelo), ya dormĂa desesperanzadamente.
Cuando se despertĂł, el dinosaurio todavĂa estaba allĂ. ( El dinosaurio Augusto Monterroso)

















