En pocas palabras: Póstumo El Transmigrado de Alejandro Tapia y Rivera

Por: Rita Isabel

En mayo de 2016 conocí un texto que me hizo prometer que si volvía a guiar un proceso de aprendizaje lo compartiría. En agosto de 2019 retomé mi labor como guía Montessori de Erdkinder. Tuve la oportunidad de cumplir mi promesa y constaté que fue justo y necesario apalabrarme con la novela de Alejandro Tapia y Rivera. Pienso que hay textos que toda persona que desee entender nuestra identidad nacional, nuestra puertorriqueñidad debe leer y entablar un diálogo, en contexto, con los autores y autoras que nos han narrado, que nos narran.

Así que no me puedo conformar con haber cumplido mi palabra de compartir este escrito con mis estudiantes, creo que debe llegar a más personas. Hoy comparto mis primeras impresiones sobre el texto, comentarios que escribí en el 2016. Deseo motivar a quien se tope con estas palabras a leer Póstumo El Transmigrado. Tanto su primera parte Historia de un hombre que resucitó en el cuerpo de su enemigo, como la segunda Póstumo Envirginiado: O historia de un hombre que se colocó en el cuerpo de una mujer. Esta segunda parte es particularmente esencial para los debates públicos actuales. No sé si Alejandro Tapia y Rivera era un adelantado a su época o nosotros estamos atrasados a la nuestra.

Primera parte

Siglo XIX, Puerto Rico, Alejandro Tapia y Rivera… El acercamiento a la lectura de Póstumo el transmigrado: Historia de un hombre que resucitó en el cuerpo de su enemigo, viene precedido por esos tres elementos: una época, un espacio geográfico y un nombre. Su título ya nos adelanta, con simpleza, el nombre del personaje principal y el asunto de la novela. Mas el concepto transmigrado nos da otras posibilidades de interpretación o capas de lecturas.

Al buscar las definiciones de trasmigrar, en Diccionario de la Real Academia Española –en su primera acepción– se define el concepto como: Dicho especialmente de una nación entera o de una parte considerable de ella: Pasar a otro país para vivir en él. Luego, cuando leemos la segunda acepción, por contexto, entendemos que es la que debemos seguir: Dicho de un alma: Pasar de un cuerpo a otro, según opinan quienes creen en la metempsicosis. Sin embargo, si pareamos el título con el juego que hace el autor con los nombres de los personajes,  ¿qué habría detrás de esta historia? Sobre todo si regresamos a los elementos señalados al principio: siglo XIX, Puerto Rico, Alejandro Tapia y Rivera.

Comenzar la lectura, y completarla, nos lleva a buscar la intención de Tapia y Rivera al escribir esta historia. ¿Qué quería expresar? ¿Qué buscaba? Sin respuestas a estas interrogantes, comento la lectura.

Con una prosa simple e ingeniosa, con un tono lúdico y humorístico la voz narrativa nos presenta al personaje principal, Póstumo; y la doctrina que sustentará la historia, metempsicosis. La muerte y la vida y el transcurrir del tiempo marcarán el desarrollo de la historia. Alejandro Tapia y Rivera hila todo un mundo con la certeza de la reencarnación y las leyes naturales de ese universo se nos van presentando magistralmente a través de la acción de la novela y de los diálogos de los personajes, sobre todo con Póstumo.

El personaje principal, junto a Cósmico, Perpetuo, Horóscopo, y hasta cierto punto Postumito, nos presentan la excepciones a las reglas en el orden de ese mundo y lo que pasa cuando la disposición natural se altera. Por medio de varias reflexiones, diálogos o situaciones, atisbamos lo que, con la voz narrativa, Tapia y Rivera quiere expresar; o nos topamos con frases interesantísimas y dignas de generar conversaciones que estimulen el pensamiento crítico. Por ejemplo:

Eso estará bien para los que quieren prescindir de lo que fueron; pero para los que están conformes y encariñados con su existencia pasada, ¿por qué habrían de querer otra distinta y sin vínculo consciente con la anterior?  

Concluyó por gastarse su corazón y por no amar a nadie, temeroso de crear afectos para la muerte.

El amor no existe sin la absoluta preferencia del entusiasmo.

No amaba su país; le necesitaba por hábito, como el gato el hogar a que se acostumbra.

El debió comprender que la Eternidad no puede estar dentro del tiempo. 

La verdad sincera pierde con frecuencia la superioridad ante el artero disimulo.

¿Para qué necesita eso? ¿Usted no ha leído en algunos periódicos todos los días, que la Razón no vale cosa mayor, y que suele extraviar al género humano? Además sin ella se puede servir al estado; la intención es la que vale. No; yo no quiero empleados que tengan más razón que la de sus jefes. El que manda, manda; y cartuchera en el cañón.

La carne se adhiere a quien le da gusto, y prefiere los que son a los que fueron.

Perdóneme Vuestra Excelencia, pero yo creía que el hombre debía ser siempre uno mismo: el público y el privado. Es esa una dualidad que pretende dividir lo indivisible; el individuo.

La vejez comienza en el espíritu desde que empieza a pensar en la muerte.

Un elemento que me llamó la atención de forma particular es el tema de la desnudez, lo que provoca el cuerpo desnudo de Póstumo ensisebutado, o Sisebuto empostumado. Sus reflexiones, las reacciones a estar sin ropa me parecieron de una pertinencia y audacia literaria adelantada no a los tiempos en que se escribe y publica la obra, adelantada a nuestros tiempos; particularmente cuando se expresa que estaba doblemente desnudo: de cuerpo y de bolsillo.

La vida de Póstumo y su transmigración se desarrolla en Madrid, sin embargo, pudo ocurrir en cualquier época y lugar. Cuál era la intención de Alejandro Tapia y Rivera al escribir esta novela, no lo sé. Sí puedo expresar que es un texto excelente que transmigra de su época. Una lectura con un ritmo lúdico que atrapa en cada peripecia del personaje y genera que lector quiera llegar hasta el final.

En pocas palabras me pregunto: ¿por qué no conocía este texto de peculiaridades perpetuas, cósmicas y casi de horóscopo?

Segunda parte

Una vez más Alejandro Tapia y Rivera transmigra de tiempo con la segunda parte de Póstumo. Tapia y Rivera no solamente da voz a las mujeres, pone de manifiesto temáticas que todavía, hoy en día, trastocan los convencionalismos dictados por estructuras jerárquicas de poder y control: identidad y preferencias sexuales, bisexualidad, asexualidad, roles y perspectivas de género, entre otras. Además de presentar el tema del suicidio como lo hizo en la primera parte. Póstumo Envirginiado pasa de una caprichosa persona/espíritu inquieto y curioso, a una heroína con visionario apostolado feminista.

Fiel al mundo creado en la primera parte, la historia nos sumerge en el universo que se rige por las leyes de metempsicosis. Sin abandonar el ritmo humorístico y lúdico de la primera parte, se torna más filosófico o meditabundo. Cavilaciones y acciones se suceden y el Ángel Custodio se convierte en cómplice de las transgresiones de Póstumo y a su vez en consciencia de lo establecido que le recuerda que, a fin de cuentas, Virginia es un hombre enmujerado.

Al comenzar la historia tenemos un viaje anatómico interesante por el cuerpo de Virginia. Virginia sale y Póstumo se impone. Lo que comienza como un juego, se convierte en peregrinaje feminista. En algún punto de la historia, se alza Virginia/Póstumo en debate con su Ángel y como en un salmo responsorial responde, no en alabanza a Dios sino en defensa de la mujer.

En esta segunda parte, Póstumo transmigra y transmuta. La transmigración es una experiencia más profunda que en la primera, quizás esa honda vivencia se deba a la diferencia en motivación de Póstumo al transmigrar: la primera, la venganza, la segunda la curiosidad, la búsqueda… Y se devela un profundo cambio en su manera de apreciar el mundo femenino o a comprender su forma de actuar y adoptar como propia la lucha feminista. Interesante el contraste con los personajes de la primera parte que también transgreden como Póstumo las leyes naturales de la reencarnación, Horóscopo, Cósmico y Perpetuo, que no hacen nada productivo con su experiencia. No obstante, ninguno de ellos rompe por segunda vez con lo establecido como lo hace Póstumo.

En esta segunda parte España no es el único escenario, también lo es Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Alejandro Tapia y Rivera retrata la naturaleza humana; un ejemplo es lo que dicen de Virginia cuando regresa a la sociedad de Madrid como una inglesa liberadora. Lo que se comenta, y cómo se expresa, es el sentir de la resistencia al cambio, representa lo retrogrado y convencional de la época; pero suena a voces actuales ante los debates públicos de los cambios sociales del siglo XXI.

Esta segunda parte me parece más rica en matices, en profundidades filosóficas y en una intención más clara, para el lector, de lo que buscaba el autor. La mujer del siglo XIX habla, Tapia y Rivera le da voz. Sin duda alguna, este texto provoca, convence, cuestiona lo dado por imposición social y nos propone un enfoque interesante de las luchas feministas: para que la libertad brille en el mundo sin eclipses, es forzoso que sea para todos, a fin de que la tiranía no encuentre un solo corazón de esclavo donde refugiarse.

En pocas palabras: Entre los dos Póstumos, prefiero a Virginia. Mas el texto como un todo, primera y segunda parte, es una invitación al diálogo.

¡Pasajeros quiere llegar a tu hogar!

Disponible en…

Pasajeros en ruta… desde el hogar (3)

La ruta sigue en pausa.

El viaje continúa en imagen y palabra.

Libros Pasajeros apalabrado: agradece y comparte.

Manos que conspiran (video por): Amanda Solla Alejandro encuentra la poesía en la imagen.

Memorias de la primera parada: sábado, 14 de marzo de 2020 Librería Mágica

Pasajeros en ruta… desde la casa

Por: Rita Isabel

La ruta continúa en pausa…

Hoy, que hubiese sido la tercera parada(presentación) en Caguas, comparto una de las versiones de “Legión de niñas”. Los relatos “Cuando la muerte acecha con ropaje de inocencia” y “Legión de niñas” para muchas de las personas que han leído el libro son el corazón del micro mundo que es Pasajeros. Estas historias nacieron por la necesidad de expresar lo que sentía cada vez que leía o escuchaba una noticia de maltrato infantil, negligencia y muertes de niños, de niñas en Puerto Rico.

Una anécdota familiar dio vida a los relatos. En mis años universitarios viajaba en transportación pública. Siempre esperaba la guagua en una parada en Río Cañas de la carretera número 1 de Caguas a Río Piedras. Una mañana, una parada más adelante, subió al autobús una mujer con un niño en brazos que estaba acompañada de una niña no mayor de cuatro años. Raquel, que era el nombre de la niña, conversó conmigo durante todo el trayecto hasta llegar a Río Piedras. Tan pronto tuve oportunidad escribí un intento de poema con todo lo que me contó. Lo titulé: “Rebeca de cuatro comienzos”. Cambié el nombre para cuidar la identidad de la menor, pero también por la sonoridad y la cadencia del intento de poesía. Todo quedó ahí.

Un tiempo después, pasó algo curioso. En la celebración de Epifanía, en nuestra familia, nos reunimos en casa de mi abuela y todo el que desee prepara una manualidad o artesanía para intercambiar. Antes del almuerzo las manualidades y artesanías se exhiben en una mesa. Luego nos reunimos en un círculo y nos “echamos los papelitos” entre los que llevamos artesanías o manualidades para regalarnos unos a otros. Cuando te llega el turno hay que explicar la artesanía, nombrar a quién le tocó y se hace la entrega junto a un abrazo. En esa ocasión hice un librito con ese poema.

Cuando me llegó el turno expliqué mi artesanía y leí el intento de poesía. Una de mis tías al escuchar la descripción del trío, la parada y las indicaciones dónde vivía la niña, dijo: yo les di pon un día que llovía torrencialmente (no sé si esa fueron sus palabras exactas, pero eso expresó con cierto aire de sorpresa). Así nació “Cuando la muerte acecha con ropaje de inocencia” y poco tiempo después, en Barranquitas, nació “Legión de niñas”.  

La “Legión de niñas” que viaja en Pasajeros no es la versión original, ni la que leyeron los lectores de “Como semblanzas o seis relatos pasajeros”. Son más de cinco versiones. Deseaba, en la presentación que estaba programada para hoy en Caguas tener libros hechos a mano con las versiones de «Legión de niñas». Ya será…

Hoy apalabrada con Pasajeros en ruta, comparto la versión viajera. Si has leído la versión de Pasajeros, me encantaría saber, ¿cuál prefieres? Quizás, al igual que lo que compartí la semana pasada, sea una lectura de interés para estos días de aislamiento y sirva de equivalente o adelanto a la presentación que hubiese sido hoy.

En fin, Pasajeros se queda en casa, pero las palabras viajan.

Legión de niñas: Versión viajera

La muerte, ¿a qué le teme? A la inocencia…

A veces me imaginan como un canto hondo; en otros momentos, como un estado atemporal, la ausencia de la consciencia, un cambio hacia lo etéreo o la cesación del ciclo vital. Sin embargo, la mayoría del tiempo-espacio o el espacio-tiempo soy o estoy inevitable e irremediablemente en todo lo que es vida.

Por todo esto es que no entiendo por qué todos sus temores recaen en mí. Sobre todo, porque no soy decisión, ni acción, ni intención. No llego como se me adjudica, no hay una hora, ni un lugar predestinado; no doy citas. La vida me invita a su encuentro. Aunque, en esencia, ella me habita como yo a ella.   

Admito que a veces me aburro y quiero tomar la iniciativa. Es en ese instante que parte de lo que soy se encarna en una mujer, muy pocas veces en un hombre. Entonces, las reglas se trastocan. Porque cuando tienes un cuerpo mortal, tienes también la gran capacidad, el sublime potencial de equivocarte. Esa potencialidad de errar me recuerda que, aun encarnada, la responsabilidad de mi existencia en cada uno de los mortales no recae totalmente en mí. Hay algo fortuito que marca ciertos sucesos.

Hace poco me obligaron a hacerme mujer. No ha sido placentero. Me conjuraron una legión de niñas. Se sentían abandonadas e invocaron mi compañía.

***

Somos una legión de niñas. Todas tenemos menos de cuatro años. Todas, menos la niña que hemos encarnado; ella tiene cuatro años y nos regaló nuestro nombre: Rebeca. Nos sentíamos solas. Necesitábamos una madre que nos acompañara. Una madre con un niño en brazos. Por eso la convocamos, fue un acto de justicia. Ella, esa, eso, nos habitó; ahora nosotras habitaremos con ella.

Somos Rebeca, una legión de niñas muertas. Encarnamos un cuerpo de una niña de cuatro años. Somos visibles para los elegidos, mas no tangibles. Nos sentimos solas porque ya no tenemos aliento. Convocamos a la muerte para que fuera nuestra madre. Una madre con un niño en brazos. Un niño que murió como nosotras. En nuestra isla, la muerte se paseará con ropaje de inocencia. Conversaremos con los que les ha llegado su hora. Los acompañaremos de camino a la cesación de la vida. Nuestra mirada indiscreta, inquisidora, se posará sobre cada uno de ustedes. Seremos el lazo entre lo vivo y lo muerto.

Somos Rebeca, una legión de niñas sin aliento, muertas, encarnadas… No comprendemos lo que nos pasó. Nuestro fallecimiento fue prematuro; sin lugar a duda injusto. Por eso nos sentíamos, más que solas, abandonadas. Pero ya no estamos solas, adoptamos a la muerte como madre. Ella lleva un niño en brazos y nosotras la acompañamos. Intentamos que actúe con presurosa prontitud, que sea puntual: que no llegue antes, ni después. Pero a veces cometemos errores.

Somos Rebeca: muerta por la distracción de su padre, un hombre trabajador, responsable y recto, que olvidó que su hija estaba en el carro y que antes de llegar al trabajo debía llevarla a la guardería.

Somos Rebeca: muerta cuando una mujer honesta, trabajadora y bondadosa la atropelló, pues la luz del sol la cegó y no vio que en la calle caminaba una mujer empujando un cochecito. La madre pasaba por la calle porque la acera por donde debía caminar estaba ocupada por una hilera de autos mal estacionados.

Somos Rebeca: muerta con apenas unos meses, a causa de los golpes que su padrastro le propinó, su madre no podía vivir sin un hombre. El padrastro era un buen proveedor, pero carecía de autocontrol.

Somos Rebeca: muerta al jugar con un arma de fuego que su papá guardaba para proteger a la familia.

Somos Rebeca: muerta cuando su madre amorosa —una mujer bajo una gran depresión— decidió quitarle la vida para luego suicidarse.

Somos Rebeca: muerta por una bala perdida.

Somos Rebeca: muerta al ahogarse en su propio vómito y ser sepultada por las manos maternas en el congelador de la nevera del que fue por cinco meses su hogar.

Somos Rebeca…  

Ahora acompañamos a la muerte que se hizo mujer por nosotras. Y que, por petición nuestra, carga en sus brazos —maternalmente— a un crío que falleció con solo dos meses de existencia. Su cuerpo presentaba catorce fracturas a la hora de la muerte. En nuestra isla la muerte es una madre con un niño en brazos. Eso nos facilita dialogar con los que están por morir. Cruzamos nuestra mirada indiscreta, inquisidora, con los elegidos. Enlazamos a los vivos con su muerte para intentar comprender…

Ayer fuimos unas, hoy somos otras y esperamos —porque es justo y necesario— que pronto no seamos ninguna. Por el momento, hasta que cesen nuestras muertes y no se una a nosotras ninguna otra víctima, vagaremos de pueblo en pueblo hasta que llegue el momento en que nos tocaba morir. Como carecemos de aliento, podemos ver más allá de lo evidente, por eso sabremos cuál es el momento indicado. Mientras tanto, nuestra mirada indiscreta, inquisidora, se posará en ustedes. Seremos el vínculo entre la vida y la muerte.

¿Nos sientes?

Pasajeros en ruta, desde su hogar

Por: Rita Isabel

La ruta está en pausa

Luego de los temblores de fin y principio de año (2019-2020) que me llevaron a posponer la presentación de Pasajeros, el círculo de afectos y afinidad creativa que es Libros Pasajeros se activó. Cada par de manos que conspiran, y las que inspiran, desde sus faenas se unieron al proyecto con aire de festejo. Marzo era el mes para las presentaciones. Cálidamente bautizamos al proyecto como: Pasajeros en ruta.

Llegó el mes de ventolera y el coronavirus dejó de parecer un imaginario o un hecho lejano para Puerto Rico. Fue evidente que no era un problema de otros y puso de manifiesto que es un problema de nosotros… la humanidad; en nuestro hogar, el planeta Tierra.

El sábado, 14 de marzo de 2020 estaba previsto comenzar el viaje de Pasajeros en la Librería Mágica en Río Piedras. Libros Pasajeros tuvo una especie de cónclave el viernes 13 de marzo mientras se celebraba el año nuevo personal de un par de manos que conspiran. Los ocho reunidos avalaron continuar con el plan. Al día siguiente comenzaría el viaje, pero dos pares de manos de abundantes canas debían quedarse en casa

Nos lanzábamos a un acto temerario (casi imprudente) con entusiasmo. Cercanos a la hora de la presentación enfrentamos algunas bajas; totalmente comprensible ante las circunstancias que llamaban a la prudencia.

Puntuales y no tan puntuales comenzaron a llegar a la Librería Mágica amistades de, con y por palabra. Esa tarde estábamos apalabrados. En un ambiente familiar se habló de Pasajeros. Esa tarde aprendí de mis letras al escuchar a uno de mis editores y al responder preguntas.

Agradezco a todas las personas que comenzaron la ruta, a las presentes y a las que tuvieron que quedarse en casa. Gracias a la Librería Mágica por acoger a Pasajeros.

Hoy, que hubiese sido la segunda parada(presentación), estamos en pausa.

Pero apalabrada con el proceso comparto un escrito que acompañó al libro viajero Como semblanzas o seis relatos pasajeros. Un escrito que no forma parte de Pasajeros, pero que habla sobre el proceso de idear muchos de sus escritos. Quizás sea una lectura de interés para estos días de aislamiento y sirva de equivalente o adelanto a la presentación que hubiese sido hoy.

En fin, Pasajeros se queda en casa, pero las palabras que documentan la gestación de sus escritos viajan…

Los recovecos del titular

Visualicé este proyecto, esta osadía narrativa, el primer domingo de septiembre de dos mil ocho. Sin proponérmelo ideé los últimos toques del proyecto el primer domingo de septiembre de dos mil nueve. Cualquiera podría pensar que lo hice con malicia ritualista; por mi predilección a todo lo cíclico. Sin embargo, no fue así. Estamos frente a una rara coincidencia, una improbable casualidad, algo tan ordinario y elemental como una chiripa.

El proyecto no culminó anoche, ni se llevó al papel inmediatamente aquella tarde-noche del primer domingo de septiembre de dos mil ocho. Admito que, en el tramo final, me sobrecoge mi atrevimiento narrativo. Supongo que ahora debo buscar qué hacer con lo que escribí. Por lo pronto, me entretengo al escribir estas palabras sobre el proceso de crear y recrear cada relato.

«Al salir del laberinto» comienza este conjunto de escritos. Por cuestiones obsesivas decidí organizar las historias en el orden en que se escribieron. No sé si es porque fue el primer cuento que escribí, por las experiencias personales que me inspiraron a escribirlo, por el carácter investigativo que caracterizó el proceso de llevarlo a cabo, o porque me encanta su final, pero siempre guardaré cierta predilección por él. Además, seleccionar el título para este cuento le dio unidad y personalidad al proyecto. No fue hasta que me sumergí en el proceso de titular el primer cuento que me planteé una propuesta concreta respecto a lo que quería escribir.

«Al salir del laberinto» era un título provisional. Cuando empecé a escribir, por mi necesidad de orden, deseaba intensamente tener un título para el relato que pretendía desarrollar. El asunto y la trama de este estaban claros. Aun así, me incomodaba que no tuviese título y de ahí surgió el bautismo provisional. Escribí ese cuento metódicamente, pero como en un trance, por ello tenía la ilusión de que a medida que escribiera, surgiría—como por arte de magia— su verdadero nombre.

Al completar el relato se complicó el asunto del título: tenía dos posibles nombres para el cuento. Ambos le daban un giro diferente a la historia, la alejaban del propósito que me llevó a escribirla y trastocaban su esencia. Sin embargo, desde mi punto de vista, los dos títulos me resultaban muy atractivos a nivel literario. Me seducían y de manera simultánea me enfrentaban a la lucha entre lo ficticio y lo real, propia del quehacer literario.

Por un lado, la vida independiente del cuento se aferraba a su mundo literario; por el otro, por escrúpulos no me atrevía a jugar (más de lo que había jugado al crearlos) con ciertos personajes secundarios, pues para escribir «Al salir del laberinto» me inspiré en una vivencia personal, experiencia de la que varias personas son testigos. En fin, un poco por escrupulosa y por lealtad a la intención que me motivó a escribir el cuento, fui fiel a la vivencia y le di la espalda a la ficción que había creado. Nada de juegos con ciertos personajes, por respeto a la gente de carne y hueso que me regaló una nacionalidad, una cualidad o un evento para moldear la historia.

Lo provisional dejó de ser provisional. El título «Al salir del laberinto» se impuso como título del primer cuento; la lealtad a una intención le ganó a la seducción literaria. Sin embargo, como se dice por ahí: la ficción perdió una batalla, pero no el enfrentamiento final. Los títulos que descarté me sirvieron de trampolín para lanzarme a escribir, no solo un segundo cuento, sino un conjunto de historias. 

Sin magia, pero como una certeza atemporal, vislumbré que el libro consistiría en tres pares de historias. Cada par de cuentos sería un micromundo independiente de los demás. A su vez, cada cuento tendría autonomía y vida propia: juntos, pero no revueltos. Sin embargo, todos tendrían algo en común: serían como semblanzas.

Con esa certeza atemporal escribí «Nacida bajo el signo de Tauro». Su título fue el hijo de los títulos seductores pero descartados para el primer cuento: «Graciela»y»A la sombra del minotauro. Admito que como relato solo no tiene mucho atractivo, pero al leerse después de «Al salir del laberinto»… ustedes dirán.  Escribir»Nacida bajo el signo de Tauro» fue hacer y deshacer sin escrúpulos de ninguna clase; leerlo es como mirar el primer relato a través de un caleidoscopio.

Luego de escribir el segundo relato, me detuve. Mis deberes me absorbieron. Además, se me escabulló el momento, la inspiración para escribir el par de narraciones que quería crear sobre una santa que tenía el poder de la ubicuidad. Esto me incomodó mucho y me desanimó. Al mismo tiempo me surgían otras ideas, sobre otros proyectos, con otro tipo de cuentos. Desistí de recuperar a la santa en ese momento y guardé los apuntes para retomarlos más adelante. Sin embargo, un accidente dejó inservibles estas anotaciones.

Repentinamente, y después de un tiempo considerable, escribí la primera versión de «Cuando la muerte acecha con ropaje de inocencia». Aquí el título dio pie a la historia. El cuento tuvo dos versiones; a su vez, la segunda versión sufrió varios cambios antes de tomar la forma que actualmente posee. En esta ocasión el poema «Rebeca de cuatro comienzos», que escribí en mis años universitarios (cuando tenía la dicha de viajar en transportación pública casi todos los días) me sirvió de hilo y aguja para tejer la historia. Contrario a lo que piensan mis sobrinos, la autoría de ese poema (y el hecho de ser educadora) es lo único que tengo en común con la protagonista de esa historia.

Su acompañante, «Legión de niñas», nació antes que su título. A esas alturas dejé mi obsesión de titular antes de iniciar la historia. De él solo voy a decir que era justo, necesario y que su título se gestó en Barranquitas.

El par de cuentos que cierran la media docena de semblanzas fue el triunfo total de la ficción. Escribir»Cuándo llegará el día de mi suerte» fue chévere. Lo primero que me disfruté fue titularlo. No lo van a creer, pero intentar memorizar el coro de la canción que inspiró el cuento, con la ayuda de mis sobrinos, fue un reto chistosísimo.  Asimismo, me divertí con el asunto de los dóminos o dominós.No pude evitar que el cuento se quisiera emparentar con las historias anteriores. Honestamente, me sentía contenta al darle nombre a don Milagros y al compartir, nuevamente, con Rebeca.

Por otro lado, «Mientras pueda salir»es también un cuento justo y necesario. No me siento muy satisfecha con su forma o su falta de forma, aunque admito que en el fondo eso me agrada un poco. Hay unas partes de ese cuento que me gustan mucho y otras que no me convencen; pero ahí va.

Respecto a las ñapas… pues, las ñapas son ñapas y punto. Quizás son un acto de justicia tardía para reivindicar los intentos de poemas que escribí en una época en que ansiaba escribir cuentos. O, tal vez, son un capricho más de esta osadía de palabras. A fin de cuentas, entre ñapa y ñapa lo que hay es puro cuento revestido de semblanza.

Ritabel Collazo Vázquez

8 de septiembre de 2009

Caguas, Puerto Rico