Carlos Luis Apalabrado: Séptima entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

Llueve…

afuera aguacero de gotas gordas…

adentro chubasco de palabras…

Regresamos a la adolescencia, al Carlos Luis Apalabrado cuando ensancha su horizonte, aunque siempre enraizado en el río de Orocovis. El protagonista de A manos llenas, que rescataba pollitos, cuidaba mucaritos y andaba larga distancia para leerle a Pancho y Facia se enfrentó a un dilema de consciencia al llegar a la Academia Monseñor Willinger en Barranquitas.

Un requisito de admisión de la Academia era tener el sacramento de la Eucaristía. Carlos Luis fue admitido, pero no había hecho la primera comunión. ¿Un despiste, una omisión involuntaria, un dato sin corroborar en el proceso de admisión y matrícula? La verdad… no lo sabemos, pero se entendía que el joven Collazo Rodríguez había hecho la primera comunión. Cuando se percató del equívoco, el joven Carlin no sabía qué hacer. Las horas pasaban, los días se sucedían camino al día que asistiría a misa y se esperaría que se parara y se acercara a recibir la comunión.

Aquello no estaba bien, sentía que era un sacrilegio, un pecado, faltarle a la palabra, a Dios. ¿Qué explicación podría ofrecer para negarse a comulgar? ¿Cómo, y, sobre todo, a quién explicarle aquel dilema, a quién consultar… más bien confesarle la verdad? A solas caminaba de un lado a otro en soliloquio desesperado, en el que se preguntaba, una y otra vez, qué hacer.

Lo imagino rascando su cabeza, el gesto que aún acompaña sus cavilaciones.

Entre adolescentes se entienden, se apoyan y se defienden… al llegar a la academia hizo amistad con un chico similar a él, muy pocos eran como el joven Carlin en aquella Academia barranquiteña. Confesó al compañero su problema y optaron por la verdad: por ser jóvenes de palabra. Lo sagrado es SAGRADO, hablaron con las monjas y ellas comprendieron.

Carlin comenzó a prepararse para hacer su primera comunión.

En Barranquitas, a manos llenas, encauzó su rumbo en un río de letras, en español y en inglés. Dio su palabra, se apalabró, culminó sus estudios con buen promedio y aprobó el examen de ingreso a la universidad; mas la vida lo enfrentó a otro dilema, uno más complejo que el de su primera comunión. Esta historia continuará…

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

Carlos Luis Apalabrado: Sexta entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

Tecleo a destiempo. Quiero escribir del adolescente que cambió el guante de pelota para zurdos por los guantes de boxeo. Mas la memoria del Apalabrado me sorprende con un recuerdo inesperado, que estalla en su mente (luego de una de nuestras conversaciones veraniegas de sobremesa) como revientan las vainas de trébol con el delicado roce de un dedo, o hasta del viento, y con ello se esparcen las semillas. Las preguntas han generado que la memoria estalle y disperse recuerdos como semillas de suerte entintada de verde.

La anécdota me devela mucho más que un instante, en Orocovis,  de su nonagenaria vida. Me muestra la ruta de la palabra, un indicio de cómo, o del porqué, se transformó en un apalabrado. Carlos Luis me cuenta cuando, a manos llenas, caminaba desde el cerro La Pica del barrio Pueblo, hasta el sector La revés del barrio Mata de Cañas. A veces la caminata la hacía acompañado de su mamá, ocasionalmente solo, tendría unos ocho años, quizás menos, de seguro no más de diez.

Busco en el oráculo de la red la distancia desde el Cerro La Pica al barrio Mata de Cañas. Es un poco más de ocho kilómetros; el tiempo a pie: dos horas y tres minutos.

La andanza no era fortuita. Visitaban a Pancho y Facia compadres de su mamá. Familia trabajadora, brava… un hijito se les ahogó.

Hasta aquella casa llegaba el pequeño Carlin. Al llegar le ofrecían leche de cabra y lo sentaban para que les leyera. Su memoria no recuerda qué les leía, pero sí la mirada en maravilla de aquella familia que lo escuchaba como quien es testigo del milagro que es la lectura. Los hijos de Pancho y Facia iban a la escuela, pero aún no aprendían a leer. Facia y Pancho no sabían leer. El hijo de Rosa, sí.

En una de las caminatas sin la compañía materna, de regreso, adoptó a dos mucaritos y caminó con ellos en los bolsillos hasta llegar a su casa. Allí los cuidó y los alimentó con lagartijos. Hasta ahí llega la memoria o da un salto y me cuenta que de camino había un árbol de mangó con una cueva debajo y en la cueva vivía un viejito… Expresa su deseo de regresar a aquellos parajes para constatar si aún está el mangó con la cueva. Por mi parte quisiera complacerlo para constatar que el viejito no es un viejito sino un gnomo, genio de la tierra que todavía habita en la cueva debajo del mangó… Sonrió.

Al sonreír recuerdo las palabras de Marguerite Yourncenar que leí en El manifiesto por la lectura de Irene Vallejo:

 “Quisiera consignar un milagro trivial, del que uno no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un blanco papel, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces una idea que cambiara las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos un poco menos ignorantes que ayer”.

Y al traer estas palabras a la memoria no dejo de pensar: ¡cuán lejos ha llegado el Apalabrado con la puerta que es el alfabeto descifrado y con sus andanzas!, ¡cuán afortunados fueron Pancho y Facia de tenerlo como lector y ser testigos del hermoso y trivial milagro de la lectura en la vida del pequeño Apalabrado! Tecleo y comparto a destiempo esta entrega, rompo, nuevamente, la secuencia cronológica para traer estas remembranzas. Con el Apalabrado adolescente tenemos una cita en la próxima entrega, si no es que otros recuerdos nos salen al paso.

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

En pocas palabras: Lecturas de verano 2025

Por: Rita Isabel

En pocas palabras: Comparto lo que sientopienso de lo que leo…

Novela: La ladrona de libros de Markus Zusak. Título original The Book Thief (2005) La edición que leí es la primera edición, 2011, de DEBOLS!LLO con las ilustraciones de Trudy White y la traducción de Laura Martín de Dios [531 páginas]

Mi relación con el libro: Vimos la película The Book Thief (2013) del director Brian Percival, guion de Michael Petroni. Me quedé con la idea de conseguir el libro y en algún momento lo encontré en Tazas y Portadas, se lo regalé a mi mamá, para que luego me lo prestara. Llamamos a esos obsequios un regalo tipo Homero. En este verano, por fin saqué tiempo para leerlo.

Libro de cuentos: Kantutas salvajes: Historia de mujeres de Cecilia Granadino (2020) Ediciones Scriba NYC, Colección Tinglar [169 páginas]

Mi relación con el libro: El sábado 14 de junio Libros Pasajeros participó en la Feria de amigos Cada media hora en Camuy. Nuestra mesa estaba justo detrás de la de Patricia Schaefer Röder. Pasé por su mesa para ver los libros, me habló de Cecilia Granadino y compré Kantutas salvajes…

Novela: El camello de Lord Berners. Título original en inglés The Camel 1999. El ejemplar que leí es de la editorial La Bestia Equilátera, Buenos Aires, Argentina, primera edición 2009. Traducción de Mónica González. [126 páginas]

Mi relación con el libro: Regalé este libro a J. A. Zambrana hace un tiempito, que a su vez se lo prestó a Ramonita Letraherida (mi mamá) este verano y sin querer queriendo se coló en mi montaña de libros por leer. Parecería un regalo tipo Homero y no puedo negar que cada libro que obsequio puede que sea un regalo tipo Homero, pero en este caso fue sin esa intención.

Novela: Jane Austen investiga: La desdichada sombrerera de Jessica Bull. Título original Miss Austen Investigates: The Hapless Milliner. Primera edición 2024 LUMEN [438 páginas]

Mi relación con el libro: Otro regalo tipo Homero para Ramonita Letraherida, pero que había olvidado. En este verano hice resaque de libros en casa de mis padres, en el proceso lo vi y también se coló en el mar de libros por leer.

Literatura infantil/juvenil: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins de P. L. Travers. Título original: Mary Poppins (1936) y Mary Poppins Comes Back (1935). El ejemplar que estoy leyendo es de Alianza Editorial, primera reimpresión: 2022. Ilustraciones de Mary Shepard, traducción de Borja García Bercero. [454 páginas en proceso]

Mi relación con el libro: Siempre he querido ser Mary Poppins.

Esta no era la lista de lecturas que tenía para el verano y algunos libros se quedaron a la espera de su turno. Mas los turnos en el mar de libros por leer sigue un orden intuitivo, porque como dice Gustavo Martín Garzo (Elogio de la fragilidad): “A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino porque nos salen al paso”. Así que cada verano, en mi mar de libros por leer, me salen al paso los libros como archipiélago de lecturas-islas en el que viajo de libro en libro “en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada”. (Cito nuevamente a Gustavo Martín Garzo)

La ladrona de libros me la leí a cuentagotas. La película es buena, pero, como suele ocurrir, la novela la supera. Que la voz narrativa sea la muerte es genial y que trabaje adelantando sucesos logra un efecto interesante que rompe con la narrativa usual: no es lo que quieres saber sino lo que ya conoces lo que te seduce a permanecer en la lectura. Saber lo que ocurrirá crea la necesidad de continuar hasta llegar a ese instante. Si te gustan las novelas históricas, quieres sumergirte en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial y que la muerte te cuente una historia… esta novela es para ti. Aunque es un tema que tanto en el séptimo arte como en la literaria se ha trabajado mucho, vale la pena leer La ladrona de libros, pues te da otra perspectiva de los sucesos históricos desde la mirada cotidiana de la vida de una ladrona de libros y desde la perspectiva del poder de las palabras…

Mientras leía La ladrona de libros comencé a leer Kantutas salvajes, pero detuve la lectura varias veces. No me gusta leer dos libros a la vez, pero al ir a cuentagotas con la novela me precipité en una lectura a destiempo. Los primeros cuentos de Kantutas salvajes no me atraparon. Cecilia Granadino tiene un dominio particular de la narrativa con unas descripciones que te vuelan la cabeza, sin embargo, las temáticas no resonaban en mí. Una vez zarpé de la isla que fue La ladrona de libros y me dediqué con los ojos muy abiertos a estas historias de mujeres, llegué a “Carmela”, el quinto cuento y todo cambió. Definitivamente quiero leer más libros de Granadino, pero en otro tipo de exploración más allá de veintiún relatos de mujeres.

Fue con El camello que los libros-islas me salieron al paso “como una isla perdida, que no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda”. (Insisto en citar a Martín Garzo) Esta novela de Lord Berners, Gerald Tyrwhitt-Wilson, es una lectura tan cotidianamente extraña o extrañamente cotidiana que te deja con una sensación de inquietud o duda cuando llegas al final. Se lee con fluidez y te lleva a reflexionar en la naturaleza humana mientras te ríes, ¿te ríes? de las peripecias de… ¿el camello?

Una vez dejas que una isla-libro te salga el paso no hay marcha atrás y el encuentro con Jane Austen investiga fue inevitable. Pero, para mi sorpresa, al comenzar la lectura pensé que dejaría el libro para otra ocasión. Lo que hizo que este libro se trasformara en regalo fue precisamente lo que estuvo a punto de que lo descartara como lectura. Pensar que el personaje principal era la autora de Orgullo y prejuicio (menciono ese libro como muestra de sus invaluables letras) me incomoda porque no responde a la idea que me he hecho de Austen. Por otro lado, ciertos elementos me parecieron anacrónicos. Sin embargo, recordé un consejo que le ofrecí a mis sobrinos hace unos años (¡más de una década!) cuando vimos la película de Robin Hood (2010) dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Russell Crowe. No les gustaba y les comenté que no pensaran que era Robin Hood, que pensaran que era otra historia y así la apreciarían. Me apliqué el cuento, me dije que la protagonista no era JANE AUSTEN, era sólo una Jane Austen. Superé el tercer capítulo y logré disfrutar la lectura. Desde el punto de vista detectivesco lo mejor logrado es que quien investiga, Jane, anda más perdida que quien lee respecto a sus sospechas, interpretaciones de las pistas y conclusiones. La dualidad de personajes protagónicos de novelas detectivescas como por ejemplo Poirot acompañado de Hastings o de Ariadne Oliver que llevan a quien lee a tratar de pensar como el detective y no dejarse confundir por su compañero o compañera: el detective te lleva a develar el misterio y el compañero a confundirte y dudar se presenta en este libro de una manera muy particular, primeramente, porque no hay una dualidad. Algunos personajes se convierten en el acompañante detectivesco, pero en este caso sus cavilaciones tienen más sentido que los de Jane. Por eso, en este caso la investigadora te hace dudar todo el tiempo, pues quien lee ve antes que ella lo errada de sus cavilaciones o el que no se percate de elementos esenciales. Además de su apasionada torpeza sin enmienda, que conmueve, mientras sientes, solidariamente, el bochorno que ella sufre ante cada situación embarazosa que enfrenta. Fue esa torpeza apasionada lo que me atrapó. Como comentaba con Ramonita Letraherida, cuando compartimos impresiones de la lectura, no era necesario para la historia que la protagonista fuese Jane Austen. Sin embargo, como carnada para comprar el libro es una excelente estrategia de ventas.

Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins salió al paso como lo haría la mismísima Poppins. En estos momentos es una lectura en proceso. Esta noche leeré el capítulo que se titula Luna llena. Estoy disfrutando la lectura.

Una vez más coincido con Irene Vallejo y lo que expresa en El Manifiesto por la lectura: “En esta época acelerada, los libros emergen como aliados para recuperar el placer de la concentración, la intimidad y la calma”.

En pocas palabras: En el verano vacacioné en un archipiélago de libros que me recordaron el placer de la concentración, la intimidad, la calma y el disfrute de asombrarme tanto por lo desconocido como por lo conocido.

Punto y aparte: Hubo otros islotes-lecturas con los que me topé en el verano. La vendedora de fósforos, Bernardo, ahora no, Yo no fui, Un cuadrado, un círculo y un triángulo, Chigüiro y el lápiz… pero ese viaje, de islote en islote, requiere un En pocas palabras propio.

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Viandantes en Libros Pasajeros: La ñ en mí

En lo que la página en blanco va y viene…

Ha llovido desde el más reciente Viandante en Libros Pasajeros. Me emociona retomar este compartir con un escrito de Jordi Salguero Roig. Acompañé a Jordi en su proceso de aprendizaje desde agosto 2019 hasta este mayo de 2025 que celebramos su graduación. Biólogo en formación y fotógrafo aficionado de nuestra fauna y flora nos regala un escrito entrañable, que cada vez que lo leo, me conmueve. No voy a escribir más, les invito a leer…

La ñ en mí (Derechos reservados 2025)

Por Jordi Salguero Roig

El español fue el primer idioma que escuché, aunque no el primero que entendí del todo. Nací y crecí en Puerto Rico, rodeado de una lengua que me pertenecía, pero que a veces sentía lejana. Desde siglos atrás, esta lengua llegó a nuestra isla con los colonizadores españoles, impuesta sobre las lenguas indígenas taínas, como parte de un proceso de conquista que también fue lingüístico. A lo largo del tiempo, el español en Puerto Rico fue transformándose: se mezcló con las lenguas africanas traídas por los esclavos, con los acentos de Andalucía, y más tarde, con el inglés impuesto tras la invasión estadounidense en 1898. Lo que hoy hablamos no es sólo “español”, es una mezcla viva, llena de historia, resistencia y adaptación.

En mi casa, ese español llegaba con otras capas. Mi madre, venezolana, me hablaba con un español caribeño distinto, lleno de dulzura y ritmo, mezclado con cantos de catalán, una lengua que trajo consigo desde su propia infancia. Mi padre, puertorriqueño, me hablaba con el español rápido y musical de nuestra isla, lleno de modismos, cortes y esa cadencia que sólo tiene el boricua. Entre ambos acentos, frases, y formas de ver el mundo, creció mi lengua.

Y, sin embargo, durante mucho tiempo, sentí que hablaba un español incompleto. Esta es la historia de cómo fui entendiendo que mi manera de hablar también es una forma de resistencia, una búsqueda de identidad. Mi experiencia lingüística no es única, pero sí profundamente personal. En esta narrativa quiero explorar cómo mi relación con el español —mi lengua materna— ha estado marcada por dudas, aprendizajes y una constante tensión entre pertenecer y no encajar del todo. A través de recuerdos familiares, reflexiones sobre la historia lingüística de Puerto Rico y conexiones con textos como los de Magali García Ramis. Quiero contar cómo he llegado a valorar mi español no por su pureza, sino por su historia, su mezcla y su locura. Este ensayo es, en esencia, una carta de reconciliación con mi idioma y conmigo mismo.

Desde niño, el español llenaba los espacios de mi casa, pero cada rincón hablaba con acento distinto. Con mi mamá, aprendí a decir “arepa” y “patatús”, mientras que con mi papá escuchaba “mofongo” y “conflei”. Decía muchas palabras cortadas como «voy pa’ la escuela”, yo pensaba que era la manera correcta de decirlo (Así es que lo escuchaba) “¿Y para dónde vas?” me decía mi abuela. Mientras, mi tío decía: “¡Ese muchacho sí que habla como los de aquí!”. Así empezó mi confusión: ¿hablaba bien o hablaba mal?

En la escuela, las maestras marcaban en rojo mis redacciones por no usar los acentos correctamente, por decir “mas” en vez de “más”, o por escribir “matero” y recibir miradas raras de los estudiantes cuando decía esa frase fuera de Puerto Rico. No era solo gramática, era identidad. Cada palabra que usaba llevaba consigo una historia familiar, cultural, social. Me di cuenta de que mi español no era simplemente un idioma que uno aprende en libros, era un espacio de choque entre lo académico, lo familiar y lo cotidiano.

Fue en la escuela donde aprendí que mi español podía ser juzgado. Las reglas eran claras: había una forma correcta de hablar y escribir, y todo lo demás era “mala costumbre”, “lenguaje de la calle”, o simplemente “incorrecto”. Mis redacciones estaban llenas de marcas rojas, no porque no tuviera ideas, sino porque no las escribía como se esperaba. Mi acento, mis palabras, mis formas de pensar en español eran vistas como errores. Nadie me preguntaba de dónde venían esas formas; simplemente había que corregirlas. Recuerdo una vez que leí en voz alta un cuento que había escrito con mucho orgullo. Usé expresiones como “me fui pa’ casa” y “le grité a él desde la varilla”. Me dijo la gente. “Eso no se dice así”, me dijeron. “Se dice: ‘me fui a casa’ y ‘le grité a él desde la cerca’”. Sentí vergüenza, como si mi manera de hablar no fuera correcta.

Poco a poco, aprendí a esconder mi español verdadero con mis amigos en la escuela. Hablaba diferente con mis amigos que con los maestros. En los escritos, me esforzaba por escribir como en los libros. Empecé a pensar que para ser “inteligente” había que sonar como los de la televisión, como los que hablaban con un español más “neutro”. Pero entonces, ¿dónde quedaba mi papá, con su forma firme y orgullosa de hablar como puertorriqueño? ¿Dónde quedaba mi mamá, con su dulzura venezolana? ¿Dónde quedaba yo? Con el tiempo entendí que esa presión por hablar bien no era sólo lingüística, sino también social. Hablar un español académico te abría puertas, te hacía sonar “educado”, “profesional”. Pero también te alejaba, a veces, de tu comunidad, de tu familia, de tu gente. Como dice Magali García Ramis, la lengua no es sólo una herramienta, es un territorio de identidad. Y en ese territorio, yo estaba dividido.

La escuela, sin quererlo, me enseñó que el idioma podía ser una forma de poder. Pero también me dio la oportunidad de rebelarme, de decidir qué tipo de hablante quería ser. Porque hablar bien no es hablar como los libros, sino hablar con consciencia de lo que dices, de por qué lo dices así, y de lo que significa mantener vivas las palabras que vienen de tu historia.

Mientras mi papá me conectaba con el diálogo puertorriqueño, mi mamá me traía un español distinto, más suave, más pausado, cargado de modismos y acentos que venían del catalán. Su forma de hablar contrastaba con la rapidez del boricua; había en su voz una calma que a veces confundía con formalidad. Usaba diminutivos con frecuencia, pronunciaba cada sílaba con cuidado y siempre me corregía cuando decía algo que “no sonaba bonito”.

Con ella entendí que el español era mucho más grande de lo que escuchaba en la escuela o en la televisión local. No se trataba sólo de palabras diferentes, sino de maneras de ver el mundo. En su casa, el idioma tenía una función afectiva: se usaba para consolar, para enseñar, para conectar con la tierra que había dejado atrás. Me hablaba de su infancia en Maracaibo, de cómo allá el español se valoraba como parte del orgullo cultural. Esa influencia se notaba en cómo me enseñaba a hablar. Para ella, hablar bien no era imitar el español de España, sino hablar con intención y respeto. No se trataba de corregirme para que sonara “bonito” según las reglas académicas, sino para que pudiera expresar mis ideas con claridad y sentimiento. A veces, eso me ponía en conflicto. En la calle o en la escuela, el español de mi mamá se escuchaba raro, casi ajeno. Me daba miedo sonar “demasiado venezolano” y ser visto como diferente. Pero en casa, ese español era refugio. Con el tiempo, aprendí que esas diferencias no eran errores ni defectos, sino capas de una identidad compleja.

Gracias a mi madre, descubrí que el idioma también es memoria. Cada palabra suya traía consigo un pedazo de historia: el sabor de las arepas, la música de Rincón Morales, las llamadas que tenía con su familia. Y yo, sin darme cuenta, iba incorporando esas palabras a mi manera de hablar, mezclándolas con las que escuchaba en la isla. Mi español se volvió un puente entre dos mundos, entre dos formas de ser.

Mi mamá no solo trajo de Venezuela su acento, sus palabras dulces y sus frases largas que llenaban la casa, también trajo el catalán, una lengua que heredó de su madre y padre. Nunca lo aprendí de forma oficial, pero crecí oyéndole hablar en catalán cuando cocinaba o cuando se le escapaban palabras mientras hablaba por teléfono con su familia. Me fascinaba cómo cambiaba su tono cuando hablaba esa lengua. Era como si se volviera otra, como si por un momento se alejara un poco de nuestra casa y regresara a otra vida, a otra historia. A veces, sin darse cuenta, me hablaba en catalán y luego se reía, se corregía, me decía «ay, eso no era» y volvía al español. Pero ese “eso no era” también era parte de mí. El catalán me llegaba en fragmentos, en sonidos suaves, en palabras sueltas que no entendía del todo pero que se sentían cercanas, como un secreto familiar que flotaba en el aire.

Por contraste, mi papá hablaba menos. No era callejero ni bullicioso. Era más callado, más reservado, como si le costara poner en palabras lo que pensaba. A veces parecía que en su silencio también había una especie de idioma. Uno que yo intentaba descifrar con sus gestos, sus miradas o sus pocas palabras dichas con firmeza. No hablaba mucho de la historia de Puerto Rico ni de política ni de identidad. Pero cuando hablaba de su infancia, de su mamá, o del arroz con habichuelas de Navidad, se notaba su orgullo. No hacía falta decir más.

Entre mi mamá y mi papá había un cruce de mundos que a veces no se encontraban del todo. Ella con sus historias de Caracas, su amor por las palabras, y ese catalán que salía sin permiso. Él, con su hablar puertorriqueño, su manera de ser sin explicaciones, su español más sobrio. En medio de eso crecí yo, buscando cómo hablar, cómo escribir, cómo ser. Y en esa mezcla, a veces me sentía perdido. Mi español no era tan correcto como el de mi mamá ni tan firme como el de mi papá. Me inventaba palabras, mezclaba acentos, dudaba al escribir. No sabía si estaba «hablando mal» o simplemente hablando como yo sabía. Pero empecé a notar que esa confusión era parte de algo más grande. Era parte de ser hijo de dos islas distintas —una real y otra metafórica— y de una lengua que no siempre se comporta como uno espera.

En la escuela, el español se sentía como una prueba que yo siempre estaba a punto de fallar. Me corregían los maestros, me corregían los compañeros, me corregía mi propia cabeza. A veces no sabía si algo se decía «así» o «asao», si era «carro» o «auto», «muchacho» o «chamo», «espinilla» o «grano». Los sinónimos se me cruzaban como dos líneas que no se tocan, pero corren paralelas dentro de mí. Cada palabra tenía una historia, una región, una abuela distinta. Recuerdo una vez en la escuela en 5to cuando dije «concha» como decía mi mamá, y todos se rieron. Me miraron como si estuviera hablando otro idioma. Y en cierto modo, lo estaba. Un idioma que existía sólo en mi casa, entre mi madre venezolana que también hablaba catalán, y yo. Pero afuera, ese idioma no era válido. Allá afuera había un español «correcto», que no incluía mis mezclas ni mis dudas. Y eso dolía.

En los salones, no me sentía del todo puertorriqueño, porque mis palabras a veces parecían prestadas de otro lugar. Tampoco me sentía extranjero, porque yo era de aquí, nacido en esta tierra. Pero ese «de aquí» no siempre era suficiente. Era como si mi lengua estuviera en una cuerda floja, y cada vez que hablaba, alguien estaba listo para empujarme. Me fui callando poco a poco. Empecé a hablar menos en clase, a evitar leer en voz alta, a quedarme con las dudas para no pasar vergüenza. Sentí que mi forma de hablar decía demasiado de mí, que revelaba una mezcla que los demás no sabían cómo leer. Era como si tuviera un acento invisible que sólo los demás podían oír.

Pero en casa, las cosas eran diferentes. Aunque mi mamá me corrigiera, lo hacía con cariño. Ella entendía mi confusión porque también tenía la suya. Había vivido entre lenguas, entre países, entre formas de ser. Y aunque a veces insistía en que aprendiera bien el español, también me decía que mi forma de hablar era «única», que yo tenía «mi idioma», aunque no lo supiera todavía. Ese conflicto entre la lengua que se espera de uno y la que uno realmente habla —ese desajuste— me acompañó mucho tiempo. Pero también fue el inicio de algo: de una consciencia lingüística, de un deseo de entender de dónde venían mis palabras, y por qué algunas dolían más que otras.

Pasaron años antes de que entendiera que no tenía que elegir entre una forma de hablar y otra. Que no tenía que limpiar mi manera de hablar para que sonara “bien”. Que no hacía falta borrar a mi mamá ni a mi papá de mis palabras. Que podía decir “concha” y también “diablo”, que podía decir “panita” y “broki”, que había una verdad en ese entre-medio que nadie más tenía. Lo fui entendiendo poco a poco, por instinto, a fuerza de cansarme de esconderme. Había algo liberador en dejar de estar pendiente de cada palabra. Empecé a notar que mis mezclas, lejos de ser errores, eran señales de todo lo que llevo dentro. Y eso empezó a darme orgullo, no vergüenza.

Más tarde, cuando conocí los textos de Magali García Ramis, sentí como si alguien hubiera escrito lo que yo ya sabía, pero con las palabras que me faltaban. Ella hablaba desde esa mezcla con una naturalidad que me confirmó algo: no hay que escoger. No hay que justificarse. La identidad no es algo que se encierra en una sola forma de hablar, ni en una sola historia. Entonces dejé de corregirme. Empecé a escribir como hablaba. A reírme de mis propios cruces lingüísticos. A escuchar mejor a los demás, a notar cómo cada uno tiene su forma, su ritmo, su música. Me di cuenta de que todos estamos hechos de pedacitos, aunque lo escondamos. Que no hay un sólo español correcto, ni una sola forma de ser boricua. Cuando alguien me dice que hablo “raro”, no me da vergüenza. Me da orgullo. Porque ese “raro” soy yo, son mis padres, es mi historia. Es mi manera de resistir la idea de que uno tiene que sonar como los demás para pertenecer.

Hoy sé que mi forma de hablar no es una debilidad ni una falla. Es una historia vivida. Es un mapa de afectos y migraciones, de herencias y aprendizajes, de luchas internas y decisiones conscientes. Es también una forma de resistencia, como decía García Ramis, pero ahora lo entiendo con mis propias palabras. Hablar como hablo es resistir la idea de que hay una sola manera correcta de ser. Es resistir la idea de que hay que encajar para valer. Es decir: “yo soy así, y así está bien”. No tengo que escoger entre ser puertorriqueño o tener madre venezolana. No tengo que hablar como en el diccionario para que mi español sea válido. Puedo ser de Cupey y decir “vale” a veces. Puedo estar en Puerto Rico y entender el catalán cuando mi mamá lo dice con amor. Mi lengua materna no vino solo de un diccionario ni de una clase. Vino de la mesa del comedor, de los regaños, de las canciones que mi mamá cantaba mientras cocinaba. Vino de los cuentos de mi papá sobre cuando era chamaquito en el barrio. Vino de oír acentos cruzados y de ver cómo las palabras cambian, pero el amor se queda.

Ahora sé que el idioma no es una jaula, sino un hogar que se construye con cada palabra que elegimos mantener. Yo elegí quedarme con todas las mías, incluso las que al principio quise esconder. Por eso escribo este ensayo. Para no olvidarme. Para honrar a mi familia y a mi historia. Para decir que hablar como yo hablo también es una forma de amar mi isla, mis raíces y mi gente.

Referencias: 

López, Alberto. “La Letra ‘ñ’, La identidad del español en el mundo.” El País, 23 Apr. 2021, elpais.com/cultura/2021-04-23/la-letra-n-la-identidad-del-espanol-en-el-mundo.html?authuser=0.

Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. (s.f.). Nuestra lengua. Recuperado de https://www.academiapr.org/ 

Rosario, Rubén del, Selección de ensayos lingüísticos. Madrid Editorial Partenón, 1985

Vaquero de Ramírez, María, Léxico marinero de Puerto Rico y otros estudios, Madrid, Editorial Playor, Biblioteca de Autores de Puerto Rico, n° 7, 1986.

Vaquero de Ramírez., M. (2001). El español de Puerto Rico, historia y presente. instituto de cultura puertorriqueña. 

Marimón C. El español en América: de la conquista a la época colonial, Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ el-espaol-en-amrica-de-la-conquista-a-la-poca-colonial-0/html/00f4b922-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html 

Alba O. El español del Caribe: diversidad frente a diversidad dialectal, Revista de filología española. (1992)

García Ramis, Magali. La R de Mi Padre: Y otras letras familiares. Ediciones Callejón, 2011. 

Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. (2020). Tesoro lexicográfico del español de Puerto Rico en línea. Consultado en https://tesoro.pr/

Collazo Vázquez, Rita Isabel. Curso de Español de Taller 4 Grupo Ñ. S.M.P.R. 2024-2025.

Licencia Creative Commons

Punto y aparte: Aquellos que conocen a Jordi y su trayectoria como estudiante montessoriano se preguntarán qué Guía marcó los errores ortográficos o gramaticales de sus escritos con tinta roja. Eso no es usual en Montessori. Se lo pregunté, sobre todo porque yo marco con una leyenda de colores para ayudarlos a autoeditarse, pero no con rojo. Fui su guía de Español por seis años, desde séptimo grado. Su respuesta me provocó una sonrisa: se tomó la libertad de usar esa realidad en otros espacios o experiencia de otras personas, para que comprendieran mejor su escrito.

Carlos Luis Apalabrado: Quinta entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

En La Pica quedó el rastro del pequeño A manos llenas que trabajaba en la panadería tempranito para pagar la matrícula de su escuela y, luego de salir de la escuela, hasta tarde para llevar una libra de pan a su hogar. El mangó centinela se despidió del pequeño Carlin y en su sombra se reflejaron los recuerdos de cuando el hijo de Rosa Rodríguez Aponte rescató media docena de huevos a punto de eclosión que unos chamacos rompían, a sabiendas que estaban fecundados, para ver cómo se estrellaban los huevos y morían los pollitos. Carlin rescató seis huevos, con sus cuidados y el de una gallina culeca: picaron, eclosionaron y salieron a la vida toditos. En las aguas cristalinas del río se escuchó el runrún de los sentimientos de Carlin diciendo adiós: la admiración por el maestro Edelmiro y el respeto místico que profesaba al panadero o respostero Esteban Meléndez.

El maestro Edelmiro Berrios era protestante. Ser protestante en aquella época era sinónimo de prejuicios, juicios y sentencias sociales. Los asociaban con el diablo. Mas Carlin también vivió con el peso de prejuicios y juicios del quédirán. Eso el Apalabrado no me lo cuenta, pero lo sé. Por eso no me extraña cuando dice que respetaba y admiraba al maestro Edelmiro. Berrios tenía un auto: ¡un auto! Era hombre serio, culto y elegante, que vestía con trajes grises y zapatos blancos. El maestro de sus clases favoritas, ciencias y geografía, reconoció su potencial, algo vio en mí dice Carlin rememorando: porque intentó ayudarme a pagar la matrícula de mis estudios, el $1.10: un dólar de matrícula y diez centavos para la Cruz Roja. Repito en mi mente ese: algo vio en mí. El pequeño Carlin, que trabajaba como hombre para llevar el pan, literalmente, a su casa… y pagar sus estudios, no aceptó la ayuda porque su madre le había enseñado a trabajar por lo suyo. Algo vio en el pequeño A manos llenas… y el pequeño de las manos repletas hoy, casi nonagenario, aún se lo agradece: que lo vio.

De Esteban Meléndez me dice, que le gustaría recodar su voz, pero no llega a su memoria porque Esteban era silencio laborioso. El pequeño Apalabrado leyó sus silencios como quien estudia un manual, observó su labor callada como quien ve un video de YouTube para aprender una receta. Así aprendió a confeccionar los deliciosos polvorones (mantecaditos) con los que de vez en cuando nos endulza el paladar. Aprendió el valor del trabajo y el poder de la observación.

Del centro geográfico de Puerto Rico Carlos Luis llegó al Altar de la patria; del sector La Pica en barrio Pueblo de Orocovis al sector La Vega en el barrio Pueblo de Barranquitas. Llegó, como él cuenta, con tres C y una D, un promedio de 1.75. Con ruegos y rezos (probablemente a San Judas Tadeo o San Rita de Casia) su mamá logró que lo admitieran en la Academia Monseñor Willinger, era la única escuela superior en Barranquitas. No fue con ruegos y rezos que pagaron, sino con muchos sacrificios e incesante trabajo por parte de su madre; a él le tocó comerse los libros, aprender las lecciones. Fueron años de mucho estudio y continuaron las carencias. Por su edad fue el único de los hermanos que asistió a la Academia, sus hermanas y hermano menor podían ir a la escuela pública, elemental; su hermana y hermano mayor… se nos escapa el dato. Llegó con 15 años a Barranquitas. A sus quince años los estudios desplazaron el trabajo, cambió el guante para zurdos por unos guantes de boxeo y se unió a los Tarzanes. El río… buscó hasta encontrar las quebradas en la cuna de los próceres.

Allí estaba el joven adolescente en un club para niños y jóvenes estudiantes que participaban de actividades de recreación y deportes inspiradas en la figura de Tarzán. Había grupos en muchos municipios de la isla. No me queda claro si los clubes estaban relacionados a la Liga Atlética Interuniversitaria, pero sí que eran promovidos por productos como Kresto y Denia con el apoyo del periódico El Mundo y una cooperativa.  Los clubes gestionaban viajes, pasadías y hasta concursos.

El que fue sentenciado a que no llegaría lejos no sólo llegó a Barranquitas en su adolescencia y estudió en la Academia con dedicación, llegó con tres C y una D y por su empeño se graduó con un promedio de 3.00. También comenzó a visitar otros parajes de la isla como un Tarzán.

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!