Carlos Luis Apalabrado: Cuarta entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

En noche del viernes 13 de junio recuerdo un mensaje que mi hermano escribió sobre nuestro padre apalabrado, por festejo de sus 80 años. Lo busco y lo encuentro, lo leo y transcribo para esta cuarta entrega del decimotercer día, en viernes, del sexto mes:

Las 10 lecciones que todos deberían aprender de papi (Carlos Luis Apalabrado):

1. Los nombres de las personas son opcionales, lo que importa es la intención: Si te llamas Elena, pero te dicen Lilin o si te llamas Carlos, pero te dicen Hiram, lo esencial es que son nombres de personas muy queridas así que tranquilo, no es un despiste, es un acto de amor.

2. Aprende a sembrar, así cuando venga una crisis no pasarás hambre: ¡Coño si tenía(tiene) razón con la cantaleta de la crisis (y de la siembra)!

3. El mejor regalo para un niño es un machete: siempre he querido pensar que era para desarrollar carácter y esas cosas, pero hoy sospecho que simplemente era para mantener la finca limpia.

4. Los cabros son excelentes mascotas: son bonitos, dan leche y te ayudan a madrugar todos los días, incluyendo los domingos. En este sentido también son excelentes mascotas las guineas.

5. Cuando te subas al carro, guía a la defensiva. De esta ni me acordaba, hasta que puse el primer asiento de bebé en la parte de atrás de mi carro.

6. La mejor manera de dormir a un bebé es cantarle “la puerca’e casa parió un lechón, tan chiquitito, pero pipón”.

7. Las vacaciones de verano hay que pasarlas talando en la finca. Fíjense que todos los egresados de “Camp Carlin” hoy en día son hombres de bien.

8. Jesús, Gandhi y Albizu, aunque no estoy seguro en que orden.

9. Los cocos se dan más dulces si la palma está sembrada cerca del pozo séptico. Por si acaso échenle mucho whisky al trago.

10. Come muchas viandas con bacalao, alguna ensaladita y lo que la tierra te produzca. Vive en el campo, lee mucho. Tómate una cervecita o un vinito de vez en cuando y pasarás de los 80 años. Literalmente.

Estas son las primeras 10 que me vinieron a la cabeza, aunque seguramente hay para escribir todo un libro. Sobre todo, hay una gran lección que aprender y es la que hoy nos tiene a todos reunidos y a mi escribiendo: a los 80 (y a los 89 casi 90) se llega mejor en familia.

Carlos Antonio

Secundo estas diez lecciones, primeras diez… Toca escribir la próxima decena. Quizás esa sea otra de las entregas.

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos (y de la mejor forma en FAMILIA) y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

Carlos Luis Apalabrado: Tercera entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

Un martes 13… me repito. El martes 13 de mayo pasó, como pasó el 13 de abril: sin letras para el festejo, aunque sí luna llena y el deseo de cumplir con la palabra dada. En esta ocasión el tiempo para escribir se esfumó. Ese día no pude quitarme el sombrero de Guía Montessori hasta que el sueño me venció. Mas en mi defensa la anécdota para este escrito lleva añejándose en la punta de mis dedos desde la mañana del sábado 19 de abril.

Mi rutina sabatina incluye pasar las mañanas en casa de mis padres: Ramonita Letraherida y Carlos Luis Apalabrado. La anécdota que hoy compartiré (en el orden que dicta la memoria, tejido que no sigue una secuencia lineal, sino un zigzagueante vaivén de recuerdos) nació en medio de ese hábito familiar.

***

Estoy frente a la lavadora, saco poco a poco las piezas de la tanda de ropa que eché a lavar tempranito, porque como suele decir Carlos Luis: “al que madruga, Dios lo ayuda”. Tomo cada pieza y tiendo cada una en los cordeles para que se sequen al sol. Carlos Luis Apalabrado anda por aquí y por allá en su patio, huerto, jardín. En esa buenandanza, se acerca y me pregunta: ¿Tú sabes quién es Julio Pinto Gandía? Respondo que sí mientras desempolvo en mi cerebro mis conocimientos sobre uno de los sobrevivientes de la Masacre de Ponce. Me comenta su pesar por lo que le ocurrió al licenciado y me dice como quien comenta un dato muy preciado: él iba a ser el sucesor de Albizu y lo desaparecieron. Me lo dice sobrecogido, pero sobre todo compungido. Respondo una obviedad: Nunca se supo qué pasó con él. Provoco con esa respuesta que él se desborde en recuerdos. Evoca con vaguedad aquellos tiempos: habla de los asesinatos, de los arrestos, de la persecución. Aquellos tiempos que llegan a mí a través de los libros y de las pláticas del Apalabrado y la Letraherida en conversaciones de sobremesa o de largos paseos en auto; son sus tiempos y por ello también parte de mi historia personal, además de colectiva. La historia viva roza mi existencia.

Carlos Luis divaga, brinca en el tiempo y me cuenta de cuando solicitó trabajo en la Oficina del Contralor del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Lo investigaron… Lo visitaron en la casa de Levittown que fue el primer hogar de los Apalabrados y Letraheridos cuando aún mi vida no comenzaba, pero mi historia sí. En aquella visita le advirtieron (usa ese término y no comunicaron o informaron) que todo estaba en orden excepto que almorzaba en una fonda que sus dueños eran nacionalistas. Debía dejar de frecuentar ese lugar, esos lugares. Esa mancha en su historial la pasaron por alto y consiguió el trabajo.

Le pregunto por el nombre de la fonda, pero no lo recuerda, sólo recuerda dónde queda. Me comenta con añoranza que le gustaría verificar si sigue allí, me prometo llevarlo en algún momento por aquellos parajes. Me explica que almorzaba en aquella fonda porque la comida era rica, económica y el servicio excelente. Le pregunto si dejó de almorzar allí luego de la advertencia. Responde que sí, pero no por la amenaza (usa ese término y no advertencia), sino porque el nuevo trabajo quedaba lejos de la fonda. Afirma que de lo contrario no hubiese dejado de almorzar con ellos. Le creo.

Regresa al tema de Pinto Gandía. Se arrepiente de no haber preguntado en la Casa Museo Filiberto Ojeda Ríos si sabían qué pasó con Pinto. Visitamos la casa museo como viaje-festejo por su cumpleaños. Nuevamente el tono es de pesadumbre. Me confiesa que cada vez que siembra un árbol le pone el nombre de un nacionalista. A los árboles de cacao que logró con las semillas que le regalaron en la visita a Hormigueros los bautizó con el nombre de Filiberto.   

Regresa al que sustituyó a Albizu Campos en la presidencia del Partido Nacionalista en 1936 (el año en el que él nació ) y me pide con tono casi de súplica que averigüe qué pasó con Julio Pinto Gandía.

***

Me pregunté (y me pregunto) cómo podía pensar que tengo la capacidad de resolver un misterio que nadie ha podido develar en décadas. Mientras una parte de mí se preguntaba esto, otra decía: ¡Eureka, ya tengo la próxima entrega!

En la contraportada de libro ¿Quién mató a Pinto Gandía? de Carlos Quiles, se menciona:

«Don Julio Pinto Gandía, nacionalista puertorriqueño, bravo, firme, indoblegable… Desapareció de los ojos del mundo, se lo tragó la tierra en algún momento a partir de las siete y treinta minutos de la noche del día 18 de septiembre de 1976.» Más adelante añade: «Se lo llevaron, lo desaparecieron y no se sabe quién ni por qué».

Don Carlos Luis Collazo Rodríguez, apalabrado puertorriqueño, trabajador, laborioso, libre pensador… acompañado con sus tres retoños (una chica que estaba a unas semanas de cumplir los 10 años, un chico que en diciembre cumpliría unos seis y una bebé de casi seis meses), en algún momento, a partir de las siete y treinta minutos de la noche del 18 de septiembre de 1976 probablemente escucharía el ulular de un múcaro y meditaría: ¡Cuán lejos he llegado y a tantos lados!     

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

Carlos Luis Apalabrado: Segunda entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

El domingo 13 de abril pasó, como todo pasa, y no hubo letras para el festejo, aunque sí luna llena y el deseo de cumplir con mi palabra. Aquí estoy apalabrada en contra de apagones, computadoras que dejan de funcionar y de mareas de salud quebrantada: porque nunca es tarde cuando la palabra dada se cumple. En esta segunda entrega, las anécdotas se me escapan y sólo retengo su eco; por ello, en vez de narrar tejo palabras:

El pequeño Carlin

llegó lejos

a manos llenas

y apalabrado

a la sombra del mangó centinela

en cumbres borrascosas

a la sombra de la astucia de Sancho Panza

en cantinfladas sabias

a la sombra de la búsqueda de la justicia de don Quijote

del de un lugar de la Mancha

del de la mancha de plátano

se rasca la cabeza, indaga y ata cabos sueltos

a buen entendedor un chin de palabras nutre

testigo

de la Segunda Guerra Mundial

del entierro de Albizu

andante

en la marcha en defensa de nuestra lengua vernácula

en el reclamo por la paz de Vieques

peregrino

hacia el cerro Maravilla los 25 de julio

hacia Lares los 23 de septiembre

viajero en su isla, de plaza en plaza

Carlin

con periódico en mano

con la radio como compañera

con las manos en fértil terruño

tallando bastones

sembrando y resembrando

con los hermanos Karamazov

con el violinista en el tejado

en conversaciones con Krishnamurti

Así habló Zaratustra

Juan calalú apaga la vela

y enciende la luz

¿Entendiste Cla?

a Dios rogando y con la azada arando

con aroma a mandarina

con el firme convencimiento

de que el que madruga

Dios lo ayuda

Carlos Luis, tío guineo, abuelo Carlin

por el fruto de su amor,

en sus hijas y sus hijos,

el apellido que por años se le negó

anda unido al Vázquez;

en sus nietos y nietas

se acompaña de Santos y Gaudes

anda estampado en Libros Pasajeros,

y su sangre se multiplica en los Benedikt

don Carlos

en el balcón atesora recuerdos

colecciona epitafios y esquelas

citas citables

es su espacio para soliloquiar,

para tararear.

Cierne (de cernir y de cerner)

como abono para enraizar memorias

como vuelo para el presente

apalabrado

y a manos llenas

contra toda sentencia

(o por ella)

llega lejos

muy lejos.

De mes en mes, de trece en trece (o cuando el tiempo lo permita) festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día Carlos Luis Apalabrado, el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos a tiempo y a destiempo!

Carlos Luis Apalabrado: Primera entrega

Por: Rita Isabel

Apalabrar = Dicho de dos o más personas: concertar de palabra algo.
Palabras afines: acordar, concertar, pactar, dar la palabra

No sé cómo me puede sorprender que mi padre naciera un viernes 13. En el decimotercer día del tercer mes de 1936, en periodo de luna gibosa menguante, nació Carlos Luis Collazo Rodríguez; el tercero de siete: Rafi, Pura, Carlin, Hiram, Eneida, Lilin, Selenia. Es natural del centro geográfico de Puerto Rico, específicamente del sector La Pica del barrio Pueblo (Orocovis-Pueblo). Por el año de nacimiento, se afirmará que pertenece a la Generación silenciosa, pero para Libros Pasajeros Carlos Luis es un Apalabrado.

El protagonista de “A manos llenas” asistía a la escuela descalzo. Se sentaba al final del salón acompañado de otro niño más pobre que él, no recuerda su nombre, pero sí su cómplice compañía. Asistía a la escuela porque lo obligaban. En él habitaba el río, las guábaras, las buruquenas, los camarones de agua dulce y la libertad. Un triángulo de afectos lo alimentaba a la orilla del río: Rita, padrino Tite (hijo de Rita) y su esposa Mercedes. Rita, a quien quiso como se quiere a una abuela… al firmar, trazo su nombre.

Sus recuerdos se confunden en la bruma de la distancia del tiempo, en su manera particular de pensar, sentipensar. Mente lógica matemática para lo práctico, mente divergente para narrar su historia. Juana, Peyo (que vivió con ellos), María, Hortensia, Chuito (el músico que viajó a Nueva York y desapareció) fueron sus tías y tíos, su madre Rosa, su abuela Elena (a la que se le murieron los esposos). Elena… así nombraron a mi hermana mayor.

¿Su padre? Era una presencia ausente. No me aventuro a describirlo porque es poco lo que cuenta de él, porque es mucho lo que calla. Sólo mencionaré lo que escuché repetir muchas veces por mi familia paterna. Fue alcalde de Orocovis y añadiré que, indagando, encontré que en los años que fue alcalde se construyó el edificio de la Casa Alcaldía de Orocovis. Su nombre fue Bernardo Collazo. Bernardo… el tercero de mis Tres Santos Sobrinos heredó su nombre (por nacer mujer no es el mío).

De niño mi padre era Carlos Luis Rodríguez, Carlin para su familia y el apodo por el que lo conocían me lo reservo para proteger al niño de “A manos llenas”, que nadie defendió. Su coraza fue su inocencia, candor, candidez. Coraza que heredó de su madre. El pequeño Carlin era feliz en el río, se fugaba de la escuela para nadar en él, trabajaba en una panadería de madrugada antes de ir a la escuela, dormía con su hermano mayor en una cama pisa y corre, hermano que lo sacaba del río para que llegara a la escuela. Escuela en la que una maestra le rompió en la cabeza, como reprimenda, el primer libro escolar que tuvo porque lo encontró garabateado. Su memoria no alcanza a recordar si él fue el responsable de los garabatos o su hermano menor. Mas sí recuerda que bajo la sombra del mangó centinela saboreó los frutos con acento en la o.

En esa niñez, por sus fugas al río, escuchó como lo sentenciaban: no vas a llegar a ningún lado. Carlos Luis llegó de corazón a corazón, de Orocovis a Caguas, del río a un torrente de palabras. Llegó a los libros, a los números, a la siembra y contra las sentencias y reprimendas o por ellas, es, a manos llenas, un ser de Palabra un Apalabrado.

Hoy que celebramos su nuevo año personal (su cumpleaños 89) comenzamos el festejo camino a sus 90 años. De mes en mes, de trece en trece festejaremos con palabras anecdóticas y brindaremos por el Apalabrado que llegó lejos y a muchos lados.

¿Hasta cuándo? Hasta el 13 de marzo de 2026.
¿Por qué? Ese día Carlos Luis Apalabrado, el abuelo de Libros Pasajeros (mi papá), cumple 90 años.

¡Festejamos desde hoy!

En pocas palabras: Recordar… porque sólo el olvido muere

Por: Rita Isabel

En pocas palabras: Comparto lo que sientopienso de lo que leo…

Escribir es la manera más profunda de leer la vida.

Francisco Umbral

La lectura es un acto de resistencia contra el olvido.

Irene Vallejo

Y la escritura también.

1

La belleza de las vísperas

Podría comenzar este escrito afirmando que el martes 11 de febrero de 2025 murió la musa de muchas de mis letras, o que llegó el Ocaso de Flores. Mas ni uno ni otro… la sietemesina Antonia, la de una historia de Flores, la bisabuela de Libros Pasajeros, a sus 103 años de vida, se despidió de este plano terrenal y ya está en presencia de Dios (¿o siempre lo estuvo?). El cundeamor se enreda en mi garganta y todo lo veo caleidoscópicamente. Me refugio en las palabras de Eduardo Galeano y en su “Ventana sobre las vísperas” que, en ritual lúdico las hago mías, para describir la víspera de su partida.

Se duermen las hojas del moriviví

florece de pronto el flamboyán

el coquí canta sin cesar

los árboles de la finca se desploman

los gongolíes se enroscan

los cucubanos la buscan

las luces prenden sin ser encendidas

salen múcaros, san pedritos, carpinteros y comeñames

vuelan en remolino los zumbadorcitos

vuelan en fila, hermanados, guaraguaos y pitirres

vuelan las sirenas desde el mar

estallan las vainas de las miramelindas

y llueven gardenias, orquídeas, amapolas en La Mesa Alta.

Así se anuncia el tiempo de la partida de Antonia

según dice una de sus nietas,

que desconoce el porqué de los cuándos.

2

Preparadas

El sábado primero de febrero estuve todo el día con abuela, desde el atardecer del viernes hasta el anochecer del sábado. En el vaivén del día, en un momento que descansaba en duermevela, despertó y me llamó por mi nombre. Pronunció aquellas dos sílabas en las que se resume mi identidad cotidiana de una manera especial: consciente, amorosamente, de reconocimiento. Le respondí: aquí estoy. Me acerqué y me miró a los ojos. ¿Sería esa su manera de decirme adiós? Gracias a ese instante por fin puedo sentir las palabras de Mario Benedetti:

Se despidieron,

y en el adiós,

ya estaba la bienvenida.

3

Tomar su mano

Estuvo en el hospital desde el miércoles 5 de febrero, primero en sala de emergencias, en un espacio llamado área estabilizadora. No nos dejaban estar con ella en ese espacio, pero dos veces me colé para tomar su mano. El jueves en la noche pasó a un cuarto. Nos organizamos para cuidarla y nos preparamos para los cambios una vez saliera del hospital porque comprendimos su nueva fragilidad.

4

Certezas

Su último latido fue a las seis de la mañana del onceavo día del segundo mes del año, no sé si en punto, su nieta mayor (mi hermana) es quien conoce el dato exacto. Ese día desperté y tuve la certeza de que no regresaría a su hogar. A la 6:08 recibí la llamada… no volvería. Al ir a casa de la Letraherida (mi mamá, la hija mayor) y del Apalabrado (mi papá), para dar la noticia, no tuve que decir palabra.

5

Que se haga su voluntad

En el proceso de acompañamiento en su vejez hubo un momento en que pidió que su bisnieta mayor ya no durmiera una noche a la semana con ella. No quería que le tocara su despedida. Cumplimos su deseo hasta que el adiós impensado de su segunda hija, (nuestra amada titi Gloria) y el paso del huracán María en la isla nos impactaran tan fuerte que cambió nuestro cotidiano. Después de esos eventos, el acompañarla no era acto preventivo, era necesario y la mayor de mis Tres Santos Sobrinos, nuevamente, se unió al cuido nocturno. Me gusta pensar que, hasta el último momento en este plano, Antonia hizo su santa voluntad, se despidió en la mañana del martes en compañía de unos de mis primos, no de su querida bisnieta quien dormía las noches de los martes con ella. Mas la última noche que durmió en su hogar, durmió con Sarita.

6

Cuando está en el jardín

Cuando partió los minutos no se detuvieron, el universo siguió su ciclo vital, la vida continuó. Por ello comprendí el significado trascendente de la palabra duelo, sentí el sonido de su ausencia, del concepto desvivirse. Pero al escuchar a tío, el menor de sus hijos, decir, que los versos de la canción “Pescador de hombres”: mi cansancio que a otros descanse, siempre le recordaban a abuela, los conceptos duelo, ausencia, desvivirse se disiparon para dar paso a una sola palabra: amor.

7

De todos nosotros

Abuela no nos pertenecía, no era sólo nuestra… no sólo sientopienso esto de hígado-corazón sino que lo escuché en estos días en labios de otras personas cercanas a la familia. Luego de la muerte de abuelo y de quienes la hicieron Flores Rosario, se consagró a servir a la comunidad como ministro de la eucaristía, catequista, cofrada del Sagrado Corazón de Jesús, líder comunitaria. Doña Antonia en su dimensión espiritual fue de tantos… y de ella misma. Por varios años, participaba anualmente en un retiro de silencio en Aibonito (Así como también iba al festival de las flores). Escribo esto y recuerdo algo que escuché hace poco en el video de Fabián C. Barrio “Epitafios para tumbas ajenas”: El silencio no es el final es otra forma de hablar. El silencio es otra forma de hablar.

8

Letanías

A veces me pregunto cuánto me amaba, que era capaz de prestarse a mis búsquedas y locuras como cuando escribí estas letanías sobre ella para uno de sus cumpleaños. Aunque nunca le dije que eran letanías.

Frágil sietemesina.

La abuela de todos nosotros.   

Ferviente aprendiz.

La abuela de todos nosotros.   

Ávida lectora.

La abuela de todos nosotros.   

Tejedora de ensueño.

La abuela de todos nosotros.   

Devota del amor.

La abuela de todos nosotros.   

La gran madrugadora.

La abuela de todos nosotros.   

Jardinera encantadora.

La abuela de todos nosotros.   

Cocinera excelente.

La abuela de todos nosotros.   

Coleccionista de dedales.

La abuela de todos nosotros.   

Maratonista de pasillo.

La abuela de todos nosotros.   

Maestra del bordado.

La abuela de todos nosotros.   

Amante del silencio.

La abuela de todos nosotros.   

Golosa, golosita.

La abuela de todos nosotros.   

Ángel de la guarda.

La abuela de todos nosotros.   

9

Novenario

El domingo 23 de febrero culminó el novenario. Nueve días después que enterramos su cuerpo. Quiso la casualidad o causalidad que descansara en el sepulcro un 14 de febrero, día del amor. Fue amor… es: porque sólo el olvido muere.

¿Por qué novenario? La tradición de nueve días de duelo no es sólo una tradición judeo-cristiana. Por lo que leí, navegando por aquí y por allá, se presenta en varias culturas. Mas insistía e insisto, en cuestionar por qué nueve y no siete u ocho. Mientras me empecinaba en saber el porqué nono he llorado, me he sentido en un limbo, he compartido imágenes de ella como narración visual y he rezado el rosario en la sala de casa de abuela, en familia y comunidad. También rescaté una escena que escribí para Trece puntos de araña ( mi segundo libro), pero descarté. La escena se inspiraba en algo que experimenté con la muerte de nuestra tía más joven, la que preparaba las deliciosas galletas de avena:

            Por fin lo comprendía. Inmersa en el rezo repetía y repetía las avemarías, arrastrada por cada avemaría que coreaban a mi lado las personas reunidas en aquel salón de la funeraria. A ambos lados de la caja dos chicos de unos 12 años de edad, con el uniforme de su escuela, hacían todo lo posible por no cabecear y hacer la guardia de honor al cadáver de la que había sido su maestra hasta que la remisión de tres años dio paso al regreso del cáncer un mes atrás. La tristeza que me agobiaba y no ningún tipo de fuerza de voluntad era la que me mantenía alerta con los padrenuestros y letanías zumbando en mis oídos y en mis labios. Fue así como entendí por qué se rezan rosarios a los muertos. No tiene nada que ver con el difunto. Se reza para los vivos para los dolientes como bálsamo ante la perdida y el desprendimiento, como antídoto contra la lucidez que nos lleva a tener la certeza de la inexorable soledad de estar vivos y por ende de estar, eventualmente, muertos. Se reza para adormecer la lucidez para sentirse aunado. En esas estaba, entendiendo la fuerza de aquel mantra católico ensartado en cuentas, cuando me percaté que…

En el noveno día, por primera vez, participé de un rosario cantado y volví a sentir la fuerza de rezar juntos, la resonancia de un rezo canto. Luego del rosario y de beber chocolate caliente, mis primos bromeaban que, durante nuestra niñez, al escuchar las letanías pensaban que el Ruega por nosotros era Juega por nosotros. No puedo evitar sonreír.

Sobre por qué nueve días, no he encontrado una respuesta precisa. Algo leí sobre que el nono es el número de la perfección absoluta por ser la agrupación tres veces tres. También encontré que es el número de la verdad por ser uno incorruptible; ya que cuando se multiplica por cualquier dígito, lo dos dígitos resultantes suman nueve. Asimismo, se relaciona con lo trascendente y la finalidad o cumplimiento de un propósito. Quizás esto último se relacione a la gestación de nueve meses en los seres humanos. Repito, no he encontrado una respuesta precisa.

Cierro estos nueve días de pésame, duelo, devoción…culmino este trance en gratitud. Estoy consciente de que a partir del lunes 24 de febrero abrazaré en su totalidad la ausencia física de la de una historia de Flores, de la sietemesina Antonia, de la musa de Ocaso de Flores. Me abrasaré en el cambio del cotidiano, sobre todo en los atardeceres de los miércoles y los amaneceres de los jueves, en cada fin de semana marcado en mi calendario con la palabra abuela.

En pocas palabras: Culmino el novenario retomando la escritura como acto de resistencia contra el olvido y con la certeza amorosa de la presencia intangible y trascendente de ella en mí. Agradecida por la bendición de haber contado con su presencia tangible durante casi 49 años y serena por haberme regalado el tiempo de apreciar su existencia (junto a mi familia Apalabrada y Letraherida, sobre todo con mami, Elena y Sara) hasta el último latido de su corazón y más allá del silencio.

Desde el lunes un cucubano habita en mi cuarto y, mientras escribo, otro me acompaña desde la ventana…