¿Cuándo escribo?

Por: Rita Isabel

Respondo

El tiempo es una eternidad que balbucea

Umberto Eco

         En mi segundo intento por responder a la pregunta por qué escribo(como escribo) me topé con la interrogante-hermana: ¿cuándo escribes lo que escribes? Hermana a la dos, porque está muy relacionada a la tentativa de respuesta a la interrogante inicial que la provocó –por qué escribo; y porque fue mi hermana quién la formuló como comentario a ese segundo tanteo de encontrar el porqué de mis letras. Ahora contesto su pregunta.

         ¿Cuándo escribo? Pregunta caleidoscópica de laberíntica respuesta… Llevo meses con el deseo de responder, de entrar en el laberinto o de salir de él. Escribo en el destiempo, o a destiempo, fuera del tiempo o en el no tiempo. Creo, mas no me fiaría de mi palabra, que escribo sin rituales, ritos, ni rutinas, sin patrones; no obstante, en búsqueda de la disciplina diaria que requiere el oficio de escribir, pero en fragante falta. Escribo cuando es forzoso y cuando me apetece, en sube y baja y en vaivenes; cuando me falta la palabra —que es casi tan vital como buscar respirar, si me faltara el aire. Me gustaría decir que escribo cuando el calendario marca trece, pero no siempre cuento con esa suerte bendita. Escribo en mi tiempo libre y en el que no es tan libre, en las horas que serían de ocio; cuando el mundo onírico me convoca y se obstina en arroparme la mirada. Escribo con gusto en la mañanas y a disgusto cuando es para mañana, sobre todo, si el cielo en el pico de su penumbra rompe noche. Escribo cuando es justo y necesario, y cuando es lúdico e impráctico. Escribo después de la faena cotidiana o antes de iniciarla; en instantes imposibles y en momentos improbables. Escribo cuando le hurto al tiempo, cuando me transmuto en culebra y me como mi cola. Escribo en el momento que llaman nunca y en el instante que se hace llamar siempre. Escribo cuando desanudo (o desnudo) al infinito, cuando creo que detengo al inalterable, en apariencia, suceder del tiempo. Escribo cuando la insignificancia de mi existencia en la totalidad del espaciotiempo le da por urdir tramas y divagar en, por, para y con palabras. ¿Cuándo escribo lo que escribo? Realmente… no lo sé. Quizás la respuesta más certera, la que me saca del laberinto o me atrapa en él, es: ahora.

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Huellas

Por: Rita Isabel

En el patio una docena de niños: un trío de cuatro años de edad, un dúo de seis, un cuarteto de cuatro, otro dúo pero de cinco y uno de tres, disfrutaban. Once en círculo y uno en el centro como una bolita a la espera de elegir y actuar como animal. Jugaban. Las risas ya eran carcajadas silenciosas por la complicidad de la ausencia o presencia lejana del adulto. Cantaban. Todo comenzó cuando le tocó el turno al de tres años de edad, todos menos el del centro, como lo habían hecho once veces antes, cantaron al unísono pero como directora del coro tenían a Lucía que era la experta en animales:

Un animalito anda por ahí.

¿Será un gatito o será una mariposa?

¿Vamos a ver qué es?

Los ojos se ampliaron en gesto de maravilla a la vista. Mariposa, mariposa susurraron. Mariposa, mariposa corearon. Mariposa, mariposa carcajearon. ¿Raúl?, cuestionaron y Raúl con movimientos orgánicos de aumento y transformación regresó a su forma habitual. Pelearon por el próximo turno. Cedieron ante Pedro. Con cosquillas en el cuerpo por la expectativa, con empalagosas miradas como quienes atisban el suspenso en el aire y con la risa a punto de estallar, cantaron:

Un animalito anda por ahí.

¿Será un perro o será una culebra?

¿Vamos a ver qué es?

Sin demasiado disimulo, entre sobresaltos y carcajadas de susto, con entusiasmo en la voces corearon: culebra, culebra. Luego de disfrutar el zigzagueante movimiento reptil dijeron, Pedro, y Pedro con movimientos ondulantes y de transmutación regresó a su forma habitual.

Lucía repartió los turnos al tin marín de do pingüés, cúcara mácara títere fue: Paola, Adiel, Luis, Lucía, Héctor, Mía, José Miguel, Armando, Gabriel, Amilcar. Cuando a Lucía se le ocurrió dar como alternativas elefante y gongolí y Gabriel decidió ser elefante, supieron que no podrían continuar. Gritaron su nombre de inmediato. Ahora tendrían que explicar aquellas marcas de huellas de elefante en el patio. Amilcar se quedó con el deseo de ser un ornitorrinco, un coquí, una piraña o lo que fuera.

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Un brindis…

Por: Rita Isabel

Un brindis previo a las palabras

Cinco años después, este escrito pasa de zafiro a oro. Hoy en el cincuenta aniversario de boda de dos pares de nuestras Manos que conspiran; hago público este escrito como un gesto de festejo por sus bodas de palabras. Sí, celebración de las bodas de palabras, pues como dijo Neruda: Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras. Bodas de oro… en América hispana y en Libros Pasajeros son bodas de palabras. ¡Salud!

Una vieja solterona y entrometida; un campesino gordo, pequeño, glotón e imprudente; un hidalgo enloquecido de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro… Tres personajes, tres descripciones… Podría describir a este trío de una manera diferente: una anciana blanca, sonrosada, de maneras agradables y sagaz mirada azulina; un hombre astuto, bromista, confiado, bondadoso y leal; un caballero andante amante de los libros, idealista, que busca el bien y la justicia. ¿Para qué y por qué describir a estos tres personajes? Porque…

A la sombra de la sagacidad de Jane Marple, de la astucia de Sancho Panza y de la búsqueda de la justicia de Don Quijote se han cobijado –por cincuenta años– Doña M y Don C. Cinco décadas iluminados por una mentalidad práctica, idealista, acompañada por un amplio conocimiento de la naturaleza humana.

Por más de veinte años, Don Quijote y Sancho Panza adornaron la sala de la familia C. V. en La Mesa Alta de Caguas –hasta que el mediano de sus hijos, decidió que aquellas detalladas figuras de cerámica se marcharían de la casa junto a él. Desde que tengo memoria la colección de libros de Agatha Christie fue parte de mi hogar y crecía, año tras año, con cada visita que hacía la familia a Thekes en Plaza Las Américas. Mas la colección se completó gracias a la complicidad de la querida M, (sobrina por vínculos de tiempo y espacio en común), que trajo desde España las novelas que faltaban; pues, con la llegada de Borders a Plaza, (el pez grande se comió al pequeño) Thekes desapareció por siempre, y con ella la posibilidad de recorrer sus estrechos pasillos para conseguir –en el lugar más recóndito de la librería– las novelas de Agatha de la Selección Biblioteca de Oro.

Como ven, el ingenioso caballero, el bonachón escudero y la solterona curiosa eran parte del imaginario familiar de los C. V.; su presencia era tangible en los libreros, la decoración y aun más palpable en su cotidiano; el Don Quijote de la Mancha de Plátano con el que se topaban cada verano, en la Feria de artesanía de Barranquitas, le servía de brújula patriótica. En muchas ocasiones emprendieron andanzas quijotescas, para apoyar las diferentes marchas que convocaba la conciencia puertorriqueña –como la del idioma y la de Vieques– o peregrinaban hacia el Cerro Maravilla (hoy de los Mártires) los 25 de julio o a Lares a conmemorar el Grito del 23 de septiembre de 1868.

Por otro lado, la sabiduría popular con la que Sancho le contestaba a Quijote se parecía en demasía a la forma en que educaban a los retoños C. V. Panza decía: Donde una puerta se cierra otra se abre, no con quien naces, sino con quien paces, de noche todos los gatos son pardos, ándeme yo caliente, ríase la gente, cuando a Roma fueres, haz como vieres. En el hogar de los C. V. se podía escuchar: a buen entendedor pocas palabras bastan, a dios rogando y con el mazo dando, camarón que se duerme se lo lleva la corriente, capital de Perú… Lima limazo, el que madruga Dios lo ayuda, y uno que otro que ahora se me escapa por los recónditos senderos que se bifurcan en la punta de la lengua –más bien se quedan jugueteando en la desmemoria de la punta de mis dedos.

Ahora, después de más de seiscientas palabras, mencionaré que no nos debe extrañar que estos tres personajes estén tan insertados en la historia de la familia C. V.; pues doña M es una lectora ávida, fascinada con las intrigas de la señora Christie, y don C, aunque prefiere leer el género del ensayo, es ferviente admirador de la novela que marcó un momento clave de la historia literaria: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

La solterona sonrosada y doña M comparten varios puntos en común; son mujeres que dominan el espacio doméstico y desde ese espacio cotidiano –desde ese micro mundo– su suspicacia e inteligencia se expanden para ver más allá de lo aparentemente evidente de la esencia humana. Una teje, la otra cose y ambas son observadoras de su entorno; y entre la fragilidad y lo cotidiano disfrazan una Némesis que ve la realidad tal y cómo es. Sin faltar a la verdad, en cuestiones de naturaleza humana, Doña M suele tener la razón como la tía de Raymond West.

Don C tiene mucho de Sancho y un poco de Don Quijote o, viceversa, muchísimo del hidalgo enloquecido y un chin del escudero bonachón. Es realista y práctico, como el Panza de Cervantes; sin embargo, las ideas y las gestas cotidianas de don C son quijotescas; por ello, una conversación con don C es una conversación a tres voces: la de Sancho, la del Quijote y la de don C.

Doña M también comparte semejanzas con el enloquecido amante de los libros y su acompañante de refranes sin fin. Ella es una mujer práctica como el gordito de cervantino y es amiga de los libros como Alonso Quijano. Antes que se hablara sobre la importancia de reutilizar y reciclar, doña M daba cátedra de ello en su hogar: usaba los frascos de cristal de jugo Welch’s para enfriar el agua para las minúsculas manos de la más pequeña de su prole; transformaba una insípida caja de cartón en una hermosa caja de juguetes al forrarla y si esto les parece poco, transformó su vestido de novia, en el traje que su primogénita y su bejamina usarían en sus quinceañeros. En cuestiones prácticas, le daba una bolsa de semillitas de girasol a la mayor para que hiciera las paces con sus amigas. Respecto a ser una ávida lectora, sólo tienen que preguntar de un tema y verán como podrá comentar sobre el mismo. Además son pocas las palabras de las que desconoce su significado, como toda buena lectora.

Don C comparte el arte detectivesco de Jane Marple; no porque se lo proponga, al contrario, sin querer queriendo se rasca la cabeza, indaga y ata cabos sueltos. Quizás algunos piensen que es despistado, que me equivoco al afirmar que comparte con la solterona de ojos celestes sus dotes detectives. Probablemente aludirán a sus equivocaciones con los nombres para refutar mis ideas, pero confundir los nombres de sus seres amados es una cuestión genética y sus despistes no son despistes son producto de su manera particular de ver la vida. Esa capacidad de atar cabos es por la cual es casi imposible darle sorpresas… No obstante, ese sin querer queriendo es calculado, el sin no es tan sin.

Tanto en el caso de la Srta. Marple y doña M, como en el de Sancho y don C la descripción física no los hermana; son hermanos en genio, pero nada que ver en figura. Sólo comparten un rasgo físico con el caballero de la triste figura, pero únicamente con el Quijote de la Mancha de Plátano, supongo que ya saben cuál es.

Con esa huella digital platanera como estandarte y a la sombra de las palabras de Cervantes y Christie, han convivido durante medio siglo don C y doña M. Ya no me queda más que añadir (no por falta de contenido sino por falta de tiempo) que en un lugar de Caguas, de cuyo nombre si quiero acordarme, La Mesa Alta, el conocido barrio de La Estrella, crecieron –bajo la mirada de Jane Marple, al son de los refranes de Sancho y en gestas quijotescas– E, C y R, fruto del amor cultivado por 18, 250 días del matrimonio de don C y doña M. De más está decir que hoy, ese fruto se ha multiplicado y esparcido más allá de los confines de nuestra Estrella.

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Once y diez

Por: Rita Isabel

La bolsa de tela cobró peso en sus minúsculas manos. Una vez más la diminuta siniestra se deslizo por la abertura de la bolsa con sigilosa prontitud. Los dedos palparon el espacio confinado buscando el porqué de aquel cambio de peso. La sorpresa en frío se topó con sus huellas digitales. Los ojos se desarroparon y miraron interrogantes los objetos que había colocado sobre la mesa. La llave, la canica, la pluma, la piedra, el dedal, la nuez, la cucharilla, el carrete de hilo azul, la presilla y la taza en miniatura estaban en alineación sobre la mesa.

No osó a mirar dentro de la bolsa, mucho menos sacar la mano y alejarla de aquel roce frío en superficie lisa de objeto desconocido con forma achatada y cilíndrica. Los contó. Seguían siendo diez. La bolsa misteriosa tenía diez objetos, como la torre rosa diez cubos, las varas numéricas diez varas, las escalera marrón diez prismas rectangulares, los cuatro bloques de cilindros diez cilindros cada uno, los cilindros de colores eran: diez verdes, diez rojos, diez amarillos, diez azules. Diez objetos, el cambio de peso repentino lo llenó de curiosidad, la materialización de un objeto más, dentro de la bolsa, lo dejó perplejo.

Palpó con minuciosidad aquello. No pudo precisar lo que era. Sabía que no debía sacarlo sin antes identificar y nombrar. Aventuró a pensar que era una brújula. Sabía lo que era una brújula; aquello podría ser una. Sin dudar, pero sin convicción alguna, dijo brújula y la sacó. Allí estaba el objeto número once. Lo colocó en la hilara de objetos con la precisión de la que eran capaces sus manos de cinco años de edad recién cumplidos.

Por tercera vez se dispuso a repetir el ejercicio. Uno a uno y con sumo cuidado fue colocando los objetos en el colorido espacio: la llave, la canica, la pluma, la piedra, el dedal, la nuez, la cucharilla, la presilla, el carrete de hilo azul, la miniatura de taza y… Justo cuando iba a colocar la brújula se percató de que ya no estaba. La bolsa misteriosa tiene diez objetos, no once. Repitió el ejercicio sin temor alguno. Tan pronto la bolsa quedó vacía sintió que aumentaba de peso. Esta vez no lo tomó por sorpresa el roce inesperado con algo metálico, de superficie irregular, esferoide y sonajero. Apostó a que era un cascabel. Sin dudar, pero sin convicción alguna, dijo cascabel y lo sacó. Allí estaba el objeto número once: un cascabel. Lo colocó con precisión en la hilara de objetos. Guardó diez objetos, porque la bolsa misteriosa solo tiene diez objetos, y comenzó por cuarta vez el tanteo. En esta ocasión, el peso de más fue un reloj de arena que duraba exactamente treinta segundos. La quinta vez fue un trompo muy pequeño. Así pasó toda la tarde en repetitivo y novedoso tanteo: de once y diez.

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Enfoque

Por: Rita Isabel

           Desde la vaguedad de una distancia considerable, y al partir de esa perspectiva, es solo un punto minúsculo en el que podría ser un retrato impresionista de una visión anónima compuesta por: arena, mar, espuma, olas en vaivén, cielo, montañas de fondo y siluetas. No obstante desde una imprecisión a una distancia menor, lo que el movimiento pintó en trazos difuminados ahora es un paraje mar, un paisaje costa. Al ajustar aún más la distancia para lograr la fidelidad de la imagen gracias al acercamiento, lo difuso se reconoce, lo difuminado toma forma y deja en el recuerdo la imagen impresionista para presentarse en el ahora con la exactitud de una fotografía.

          El ángulo no precisa la hora. En una primera mirada rápida, la atención recae en el lado izquierdo del paraje: las espaldas cargadas de sacos repletos de lo que parece ser lo mismo. El rumbo de todos, desde la perspectiva que se observa, se muestra inequívoco, directo y como con destino de trueque. Las huellas en la arena se unifican y se anulan, el rastro colectivo borra su propio paso. Entre esas pisadas, que dan la espalda, un tinglar se arrastra en ángulo perpendicular y su rastro en la arena interrumpe las huellas que ha dejado ella. Ella es el punto a la derecha que, después de una segunda mirada atenta, retiene la atención.

          Camina en trayectoria que diverge de la dirección de los que marchan hacia lo que podría ser el canje. Avanza, atrecha, va de frente; parece alejarse del trueque. Sus movimientos gráciles, su piel bruñida por el sol, su andar de apariencia orgánica contrastan con el andar de los otros, que se hunde… Después de una tercera mirada, la vista recae totalmente en ella, que previo a este instante fue tan anónima como el paraje que en este momento pasa a un segundo plano por el límite visual de una distancia próxima. A partir de este punto de vista todo es ella y el resto parece esfumarse; mas al paso que marca en la arena, en un próximo acercamiento, que sin un ajuste certero, puede que no entre en el campo visual. Desde la precisión de una distancia imperceptible, y al partir de esa perspectiva de rápido enfoque, la imagen que se amplía carece de forma reconocible por la proximidad a lo observado; ahora solo se alcanza a ver píxeles.

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