Sin fin

Por: Rita Isabel

          Disfruto escribir; sin embargo en compañía de un pelotón de aprendices de escritores y a instancias de un profesor autor, a veces, percibo la escritura como una tortura o pesadilla. Si la instancia viene acompañada de un límite de tiempo y con el requisito de leer en voz alta con inmediatez lo que salga de ese ejercicio de suplicio, es un espanto.

          La página en blanco, que en otras condiciones es un espacio lúdico, se convierte en un instrumento que provoca angustia. Mas si has pasado por la tortuosa experiencia varias veces y ya sabes lo que va a ocurrir, la página en blanco parece burlarse de ti.

          Quizás una persona normal (y digo quizás, porque temo que no soy una persona normal, y como no estoy segura si lo soy, se me hace difícil descifrar qué haría la normalidad ante circunstancias similares) vendría preparada. Probablemente tendría las ideas de posibles escritos; aunque sepa que difícilmente sabrá con exactitud qué le van a pedir, insisto, tendría un «algo» que le sirva de trampolín para disfrutar de la vivencia. Pero, como ya expresé, me temo que no soy una persona normal y me lanzo a la experiencia de pecho, bajo protesta, a lo loco y consciente de que posiblemente me quemaré.

          Mi más reciente vivencia de este tipo me enseñó que rendirse y «ondear» la página, que hasta segundos antes de acabarse el tiempo estaba en blanco, puede tener resultados que sirven de salvavidas. No obstante, colijo que optar por una salida que otros perciban como jocosa puede ser el truco, lo malo del asunto es que no era esa mi intención, fue más bien un acto desesperado.

          Debía escribir un microrrelato. Como no logré que los puntos de araña de un tejido de mudillo se convirtieran en microficción se me ocurrió escribir una nadería. Y esa insignificancia como gesto de obediencia, y a la vez protesta, fue bien recibida, demasiado bien recibida para mi gusto. La comparto hoy sábado 13 porque en este día cuento con la fortuna de escribir cuando el calendario marca diez más tres.

Sin fin

         Esta es la historia de nunca acabar, porque nunca empezó.

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Runrún 7

          Hoy Libros Pasajeros pasó por Libros Libres en Caguas. El 8 de enero de 2016, como regalo de Epifanía, recibimos noticias de uno de los ejemplares viajeros de Como semblanzas o seis relatos pasajeros. Como libro emancipado, buscó su espacio entre tomos y ejemplares liberados en Libros Libres –proyecto comunitario dirigido a retomar los espacios públicos en desuso mediante el establecimiento de «bibliotecas callejeras» de libros liberados.

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          Agradecemos a las manos que lo ubicaron allí. Este ejemplar es el que comenzó su viaje en Barranquitas; y como viajero con ganas de ser leído, ya no se encontraba en Libros Libres en el municipio de Caguas, Calle Corchado, Esquina Ruiz Belvis frente a la Plaza de Recreo Santiago R. Palmer.

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          Sólo nos dejó una estela de preguntas: ¿dónde está?, ¿qué manos lo acogieron?, ¿tendremos más noticias sobre su viaje?

¿Cuándo escribo?

Por: Rita Isabel

Respondo

El tiempo es una eternidad que balbucea

Umberto Eco

         En mi segundo intento por responder a la pregunta por qué escribo(como escribo) me topé con la interrogante-hermana: ¿cuándo escribes lo que escribes? Hermana a la dos, porque está muy relacionada a la tentativa de respuesta a la interrogante inicial que la provocó –por qué escribo; y porque fue mi hermana quién la formuló como comentario a ese segundo tanteo de encontrar el porqué de mis letras. Ahora contesto su pregunta.

         ¿Cuándo escribo? Pregunta caleidoscópica de laberíntica respuesta… Llevo meses con el deseo de responder, de entrar en el laberinto o de salir de él. Escribo en el destiempo, o a destiempo, fuera del tiempo o en el no tiempo. Creo, mas no me fiaría de mi palabra, que escribo sin rituales, ritos, ni rutinas, sin patrones; no obstante, en búsqueda de la disciplina diaria que requiere el oficio de escribir, pero en fragante falta. Escribo cuando es forzoso y cuando me apetece, en sube y baja y en vaivenes; cuando me falta la palabra —que es casi tan vital como buscar respirar, si me faltara el aire. Me gustaría decir que escribo cuando el calendario marca trece, pero no siempre cuento con esa suerte bendita. Escribo en mi tiempo libre y en el que no es tan libre, en las horas que serían de ocio; cuando el mundo onírico me convoca y se obstina en arroparme la mirada. Escribo con gusto en la mañanas y a disgusto cuando es para mañana, sobre todo, si el cielo en el pico de su penumbra rompe noche. Escribo cuando es justo y necesario, y cuando es lúdico e impráctico. Escribo después de la faena cotidiana o antes de iniciarla; en instantes imposibles y en momentos improbables. Escribo cuando le hurto al tiempo, cuando me transmuto en culebra y me como mi cola. Escribo en el momento que llaman nunca y en el instante que se hace llamar siempre. Escribo cuando desanudo (o desnudo) al infinito, cuando creo que detengo al inalterable, en apariencia, suceder del tiempo. Escribo cuando la insignificancia de mi existencia en la totalidad del espaciotiempo le da por urdir tramas y divagar en, por, para y con palabras. ¿Cuándo escribo lo que escribo? Realmente… no lo sé. Quizás la respuesta más certera, la que me saca del laberinto o me atrapa en él, es: ahora.

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Huellas

Por: Rita Isabel

En el patio una docena de niños: un trío de cuatro años de edad, un dúo de seis, un cuarteto de cuatro, otro dúo pero de cinco y uno de tres, disfrutaban. Once en círculo y uno en el centro como una bolita a la espera de elegir y actuar como animal. Jugaban. Las risas ya eran carcajadas silenciosas por la complicidad de la ausencia o presencia lejana del adulto. Cantaban. Todo comenzó cuando le tocó el turno al de tres años de edad, todos menos el del centro, como lo habían hecho once veces antes, cantaron al unísono pero como directora del coro tenían a Lucía que era la experta en animales:

Un animalito anda por ahí.

¿Será un gatito o será una mariposa?

¿Vamos a ver qué es?

Los ojos se ampliaron en gesto de maravilla a la vista. Mariposa, mariposa susurraron. Mariposa, mariposa corearon. Mariposa, mariposa carcajearon. ¿Raúl?, cuestionaron y Raúl con movimientos orgánicos de aumento y transformación regresó a su forma habitual. Pelearon por el próximo turno. Cedieron ante Pedro. Con cosquillas en el cuerpo por la expectativa, con empalagosas miradas como quienes atisban el suspenso en el aire y con la risa a punto de estallar, cantaron:

Un animalito anda por ahí.

¿Será un perro o será una culebra?

¿Vamos a ver qué es?

Sin demasiado disimulo, entre sobresaltos y carcajadas de susto, con entusiasmo en la voces corearon: culebra, culebra. Luego de disfrutar el zigzagueante movimiento reptil dijeron, Pedro, y Pedro con movimientos ondulantes y de transmutación regresó a su forma habitual.

Lucía repartió los turnos al tin marín de do pingüés, cúcara mácara títere fue: Paola, Adiel, Luis, Lucía, Héctor, Mía, José Miguel, Armando, Gabriel, Amilcar. Cuando a Lucía se le ocurrió dar como alternativas elefante y gongolí y Gabriel decidió ser elefante, supieron que no podrían continuar. Gritaron su nombre de inmediato. Ahora tendrían que explicar aquellas marcas de huellas de elefante en el patio. Amilcar se quedó con el deseo de ser un ornitorrinco, un coquí, una piraña o lo que fuera.

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Un brindis…

Por: Rita Isabel

Un brindis previo a las palabras

Cinco años después, este escrito pasa de zafiro a oro. Hoy en el cincuenta aniversario de boda de dos pares de nuestras Manos que conspiran; hago público este escrito como un gesto de festejo por sus bodas de palabras. Sí, celebración de las bodas de palabras, pues como dijo Neruda: Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras. Bodas de oro… en América hispana y en Libros Pasajeros son bodas de palabras. ¡Salud!

…

Una vieja solterona y entrometida; un campesino gordo, pequeño, glotón e imprudente; un hidalgo enloquecido de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro… Tres personajes, tres descripciones… Podría describir a este trío de una manera diferente: una anciana blanca, sonrosada, de maneras agradables y sagaz mirada azulina; un hombre astuto, bromista, confiado, bondadoso y leal; un caballero andante amante de los libros, idealista, que busca el bien y la justicia. ¿Para qué y por qué describir a estos tres personajes? Porque…

A la sombra de la sagacidad de Jane Marple, de la astucia de Sancho Panza y de la búsqueda de la justicia de Don Quijote se han cobijado –por cincuenta años– Doña M y Don C. Cinco décadas iluminados por una mentalidad práctica, idealista, acompañada por un amplio conocimiento de la naturaleza humana.

Por más de veinte años, Don Quijote y Sancho Panza adornaron la sala de la familia C. V. en La Mesa Alta de Caguas –hasta que el mediano de sus hijos, decidió que aquellas detalladas figuras de cerámica se marcharían de la casa junto a él. Desde que tengo memoria la colección de libros de Agatha Christie fue parte de mi hogar y crecía, año tras año, con cada visita que hacía la familia a Thekes en Plaza Las Américas. Mas la colección se completó gracias a la complicidad de la querida M, (sobrina por vínculos de tiempo y espacio en común), que trajo desde España las novelas que faltaban; pues, con la llegada de Borders a Plaza, (el pez grande se comió al pequeño) Thekes desapareció por siempre, y con ella la posibilidad de recorrer sus estrechos pasillos para conseguir –en el lugar más recóndito de la librería– las novelas de Agatha de la Selección Biblioteca de Oro.

Como ven, el ingenioso caballero, el bonachón escudero y la solterona curiosa eran parte del imaginario familiar de los C. V.; su presencia era tangible en los libreros, la decoración y aun más palpable en su cotidiano; el Don Quijote de la Mancha de Plátano con el que se topaban cada verano, en la Feria de artesanía de Barranquitas, le servía de brújula patriótica. En muchas ocasiones emprendieron andanzas quijotescas, para apoyar las diferentes marchas que convocaba la conciencia puertorriqueña –como la del idioma y la de Vieques– o peregrinaban hacia el Cerro Maravilla (hoy de los Mártires) los 25 de julio o a Lares a conmemorar el Grito del 23 de septiembre de 1868.

Por otro lado, la sabiduría popular con la que Sancho le contestaba a Quijote se parecía en demasía a la forma en que educaban a los retoños C. V. Panza decía: Donde una puerta se cierra otra se abre, no con quien naces, sino con quien paces, de noche todos los gatos son pardos, ándeme yo caliente, ríase la gente, cuando a Roma fueres, haz como vieres. En el hogar de los C. V. se podía escuchar: a buen entendedor pocas palabras bastan, a dios rogando y con el mazo dando, camarón que se duerme se lo lleva la corriente, capital de Perú… Lima limazo, el que madruga Dios lo ayuda, y uno que otro que ahora se me escapa por los recónditos senderos que se bifurcan en la punta de la lengua –más bien se quedan jugueteando en la desmemoria de la punta de mis dedos.

Ahora, después de más de seiscientas palabras, mencionaré que no nos debe extrañar que estos tres personajes estén tan insertados en la historia de la familia C. V.; pues doña M es una lectora ávida, fascinada con las intrigas de la señora Christie, y don C, aunque prefiere leer el género del ensayo, es ferviente admirador de la novela que marcó un momento clave de la historia literaria: El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

La solterona sonrosada y doña M comparten varios puntos en común; son mujeres que dominan el espacio doméstico y desde ese espacio cotidiano –desde ese micro mundo– su suspicacia e inteligencia se expanden para ver más allá de lo aparentemente evidente de la esencia humana. Una teje, la otra cose y ambas son observadoras de su entorno; y entre la fragilidad y lo cotidiano disfrazan una Némesis que ve la realidad tal y cómo es. Sin faltar a la verdad, en cuestiones de naturaleza humana, Doña M suele tener la razón como la tía de Raymond West.

Don C tiene mucho de Sancho y un poco de Don Quijote o, viceversa, muchísimo del hidalgo enloquecido y un chin del escudero bonachón. Es realista y práctico, como el Panza de Cervantes; sin embargo, las ideas y las gestas cotidianas de don C son quijotescas; por ello, una conversación con don C es una conversación a tres voces: la de Sancho, la del Quijote y la de don C.

Doña M también comparte semejanzas con el enloquecido amante de los libros y su acompañante de refranes sin fin. Ella es una mujer práctica como el gordito de cervantino y es amiga de los libros como Alonso Quijano. Antes que se hablara sobre la importancia de reutilizar y reciclar, doña M daba cátedra de ello en su hogar: usaba los frascos de cristal de jugo Welch’s para enfriar el agua para las minúsculas manos de la más pequeña de su prole; transformaba una insípida caja de cartón en una hermosa caja de juguetes al forrarla y si esto les parece poco, transformó su vestido de novia, en el traje que su primogénita y su bejamina usarían en sus quinceañeros. En cuestiones prácticas, le daba una bolsa de semillitas de girasol a la mayor para que hiciera las paces con sus amigas. Respecto a ser una ávida lectora, sólo tienen que preguntar de un tema y verán como podrá comentar sobre el mismo. Además son pocas las palabras de las que desconoce su significado, como toda buena lectora.

Don C comparte el arte detectivesco de Jane Marple; no porque se lo proponga, al contrario, sin querer queriendo se rasca la cabeza, indaga y ata cabos sueltos. Quizás algunos piensen que es despistado, que me equivoco al afirmar que comparte con la solterona de ojos celestes sus dotes detectives. Probablemente aludirán a sus equivocaciones con los nombres para refutar mis ideas, pero confundir los nombres de sus seres amados es una cuestión genética y sus despistes no son despistes son producto de su manera particular de ver la vida. Esa capacidad de atar cabos es por la cual es casi imposible darle sorpresas… No obstante, ese sin querer queriendo es calculado, el sin no es tan sin.

Tanto en el caso de la Srta. Marple y doña M, como en el de Sancho y don C la descripción física no los hermana; son hermanos en genio, pero nada que ver en figura. Sólo comparten un rasgo físico con el caballero de la triste figura, pero únicamente con el Quijote de la Mancha de Plátano, supongo que ya saben cuál es.

Con esa huella digital platanera como estandarte y a la sombra de las palabras de Cervantes y Christie, han convivido durante medio siglo don C y doña M. Ya no me queda más que añadir (no por falta de contenido sino por falta de tiempo) que en un lugar de Caguas, de cuyo nombre si quiero acordarme, La Mesa Alta, el conocido barrio de La Estrella, crecieron –bajo la mirada de Jane Marple, al son de los refranes de Sancho y en gestas quijotescas– E, C y R, fruto del amor cultivado por 18, 250 días del matrimonio de don C y doña M. De más está decir que hoy, ese fruto se ha multiplicado y esparcido más allá de los confines de nuestra Estrella.

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