¿Por qué escribo? 2

Por: Rita Isabel

       Dejémonos de tanto cuento y tirémonos de pecho en lo hecho. Dicen que al buen entendedor no se le dice demasiado; por lo que agarremos la verdad y no le soltemos el rabo: ¿por qué escribo(como escribo)?

          Escribo porque leo, pero sobre ese punto me expresaré más adelante. Según Juan Ramón Jiménez, cualquier punto es un punto de partida, así que la pregunta por qué escribo como lo hago será el punto desde donde partiré para desarrollar este divagar. Admito que, tengo la mancha de plátano como tatuaje en mis letras; así que cuando redacto, calculo cálidamente[1] cada palabra, calibro lúdicamente cada frase y como cada cosa tiene su sitio y hay un sitio para cada cosa –sin querer queriendo–[2] en mis escritos podrán probar un ñaqui, y mucho más que un ñaqui, del español puertorriqueño.

          Escribo desde la cuerda floja como aprendiz consecuente y humilde de su lengua vernácula, que calza letras y que siempre anda con el sombrero de lectora y no con el de escritora, aunque escriba. (Porque, como dice mi hermana, el que uno cante no es sinónimo de que uno sea cantante o cantora, de igual manera con el arte y oficio de escribir.) Narro con un chin de embeleco y un fracatán de absurdos aparentes. No obstante, en esa cuestión de lo absurdo me amparo en el refrán: hay cosas que parecen ser, no siendo, y otras que siendo, parecen no ser, y otras, que se están viendo y no se pueden creer. Intentaré dejar a un lado el absurdo en este divagar en letras para concentrarme en que no escondo que mis escritos son como el coquí: de dedos libres y de cantar que se extiende más allá de nuestras guardarrayas caribeñas. En eso emulo al autor de Platero y yo, ya mencionado anteriormente; él dice, andaluz universal; por mi parte, afirmo, boricua universal. Además me he tomado muy en serio la exhortación del poeta peruano José Santos Chocano: Cuanto más es uno de su raza y de su tierra, más universal se puede llegar a ser, que en los poetas como en los árboles las frondosidades más amplias corresponden a las raíces más profundas. ¡Puertorriqueños: amad a Puerto Rico! Y para acentuar aun más esta idea cito nuevamente a Juan Ramón Jiménez: Universal, pero universal diferenciado. Si no, no.

          Parto de la premisa, quizás equivocada, que mi identidad puertorriqueña(antillana, caribeña, latinoamericana, americana, hispanoamericana), mi idiosincrasia isleña de monte adentro es lo que me hará universal diferenciada. Y para los que se preguntan ¿si tengo lectores que no son puertorriqueños y me entienden? Como semblanzas o seis relatos pasajeros, mi libro transeúnte, ha pasado, de mano en mano, por países de América y Europa y sé, sin lugar a dudas, que lectores dominicanos, panameños, argentinos, españoles han disfrutado su lectura (en otros países ha pasado de lector en lector, pero no tengo la certeza de que lo hayan disfrutado por eso no los menciono). Por otro lado, este blog es ejemplo de que sí me leen y creo que me entienden; por lo menos sé que me han visitado de manera recurrente: desde España, Argentina, México, Brasil, Uruguay, Colombia, Chile, Perú. Recalco que esos son los países recurrentes y constantes, el mapa es más amplio.

          Sin embargo, aunque suene un poco contradictorio, escribo en español, así sin apellidos; porque el español, que es la sangre de mi espíritu –y con eso parafraseé un poco a Unamuno para no citarlo– es una lengua diversa en la unidad, aunada en la variedad, en lo heterogénea y hasta en lo contrastante. Una lengua que no es inerte, un idioma activo, inclusivo y no exclusivo de áreas geográficas o neutralidades. El español en el que escribo está vivo y coleando con fuerza, acepta los puertorriqueñismos, así como los han incluido en el Diccionario de la Real Academia Española. Creo que con lo antes expresado, y como lo expresé, comienzo a responder a la pregunta ¿por qué escribo como lo hago? Escribo como lo hago porque me recreo al hacerlo. ¿Cómo lo hago? Quizás sin complejos nacionales, tal vez sin obsesiones internacionales y posiblemente sin problemas de identidad; a lo mejor, quién sabe.

[1] Esto viene del fríamente calculado del Chapulín Colorado, evidencia que mis letras no solo están tatuadas con la mancha de plátano.

[2] Esa es del Chavo del Ocho.

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Mangó con acento en la o

A todos los que bajaban al mediodía a jugar a la sombra del mangó

Mangó con acento en la o

Por: Rita Isabel

Los árboles guardan historias, por eso es bueno abrazarlos para averiguar si, por casualidad, las cuentan. A este lo abrazamos y esto nos contó…

Primero, como semilla, germinó, sintió la savia fluir y con el tiempo se arraigó en aquella tierra fértil a orillas de un camino vecinal. Creció tan rápido como todo árbol de su especie. Los pasos de muchos caminantes lo acompañaron mientras ensanchaba su tronco, sus raíces profundizaban y se ramificaba. Pasos viajeros se detuvieron ante su belleza y frescura. A la sombra del mangó se guarecían del sol candente los caminantes. Aquel era un oasis en el sendero.

Cuando el momento oportuno llegó los caminantes saborearon los frutos que las ramas del árbol les ofrecían o el suelo les guardaba. Algunos se agachaban a coger los frutos, otros alargaban sus brazos y los más atrevidos se trepaban por el tronco y las ramas más resistentes. El árbol sentía el roce, el calor, la fricción, la distancia de aquellos cuerpos que buscaban sombra, fruto y diversión. Sentía el revolotear de las aves en su fronda, del viento rozando sus hojas, de los insectos zumbando al ras de su corteza, de los lagartijos reptando por sus ramas y un sinfín de sensaciones diversas. El árbol veía como se deleitaban con sus frutos pulposos, aromáticos, sabrosos.

Y la luna completó sus ciclos infinidad de veces, mientras los anillos del árbol se multiplicaban. Hasta el árbol llegaban un sinnúmero de rumores como que en aquella isla un poeta, Luis Llorens Torres, había escrito: San Juan sabe a coco, Humacao a corazón, Ponce a níspero y quenepa, Mayagüez sabe a mangó; o que en otros lugares su nombre no llevaba acento en la o. También le llegó el rumor de que aquel camino vecinal ya no sería más un sendero. Ningún rumor lo perturbaba, él disfrutaba de la vida en sus ramas, de la savia en su ser, de la compañía de los viajeros cuando disfrutaban de su sombra o de sus pulposos y aromáticos frutos.

Pero nada es para siempre y aquel último rumor cambió el transcurrir de sus días. El camino vecinal pasó a ser simplemente una senda dentro de una finca. Al ser solamente una vereda en la finca las visitas humanas disminuyeron. Al principio el árbol no se dio cuenta del cambio, pero poco a poco empezó a extrañar a los viajeros. En el suelo se formaba una alfombra podrida con sus frutos; mordisqueados tal vez por una rata o picoteados por algún pájaro.

Y la luna continuó con su inflar y desinflar un sinfín de veces más. Otro rumor llegó hasta el árbol, aquella finca sería dividida. Esta vez sí se preocupó, con toda razón. Presintió lo que vendría, el olvido total de aquel paraje. Descubrió lo que era el dolor de la soledad impuesta y se asqueó de la alfombra putrefacta de sus frutos en el que fue un camino. Decidió que no volvería a dar frutos hasta que no pasara por allí un caminante. De nada sirvieron las suplicas de las aves, ni que las ratas imploraran y que los lagartijos pidieran por favor que no se olvidara de ellos y de los insectos. El árbol no quiso responder al reclamo de sus compañeros. De vez en cuando y de cuando en vez aparecía un furtivo viajero; pero no se guarecía en su sombra. Así que pasaron más ciclos de luna y no hubo más flores y frutos.

Mas ya dijimos que nada es para siempre. Una mañana sintió en su tronco una mano callosa, curtida de trabajo y esfuerzo. Días después otras manos más jóvenes se treparon por su tronco. Sin embargo, el árbol estaba dormido por olvidar su propósito al decidir no dar frutos por sentirse solo. Y sintió sin sentir, e ignoró lo que supuestamente no percibió; era ausencia en negación. Pero aquellas manos eran insistentemente amorosas y se multiplicaban a su alrededor.

No pasaban por allí, iban a él. Bajaban al mediodía a jugar Tira y tápate y a probar su habilidad subiendo sus ramas. Una vez lo adornaron con tierra y pétalos de flores de jengibre y hasta una de ellos se pintó con barro y se trepó en sus ramas intentando mimetizarse con él. A su sombra narraron cuentos, cantaron y jugaron; una y otra vez le abrazaban. En sus ramas ideaban proyectos y lo sentían hogar. Y año tras año se tomaban fotos con el árbol. No buscaban algo en él, como su sombra o sus frutos, lo buscaban a él.

Aquel calor y aquel contacto de corteza y piel lo fue despertando. Recordó que la savia estaba en él, que tenía propósito, significado y vida. Buscó en su corteza, en su tronco, en sus raíces, en sus ramas, en sus hojas y en sus anillos. Floreció, pero los frutos no se dieron porque no recordaba cómo eran. En la temporada siguiente hizo un esfuerzo mayor, floreció y dio un pequeño fruto. Todos lo celebraron y todos lo felicitaron. Sin embargo, desistió porque con aquello no lograba alimentarlos.

Unos cuantos ciclos de luna se sucedieron. Cuando por fin celebraba la realidad de su existencia y no lo que hubiera querido ofrecer, recordó la textura lisa de la cáscara de su fruto; lo pulposo y aromático que era; el peso de sus pepas. Esa temporada sí dio frutos y recordó que nada es para siempre excepto la esencia del ser, que no hay compañía más fiel que la propia y amistad más sublime que la que no nos acompaña todo el tiempo, pero siempre está presente y permanece.

¿Qué es el arte?

A Gadiel y a los jóvenes del lugar que permanece en ti

¿Qué es el arte?

Por: Rita Isabel

          Las risas comenzaron a manifestarse como ejecutadas en pianísimo, como una llovizna suave y poco intensa, pero constante, de no más de doce decibeles. En ese consecuente e invariable fluir, las risas aumentaron su intensidad de manera disonante hasta ser cadenciosas carcajadas incontenibles que variaban de cincuenta a ochenta decibeles. Y sobre todas aquellas cascadas de carcajadas se escuchaba, con mayor acento melódico, la risa del maestro de arte.

***

          La clase comenzó como era la rutina, con una lluvia de ideas y una enumeración creativa del trabajo de ese día. El tema era libre; dar rienda suelta a la imaginación. El medio era la cerámica y las técnicas las estudiadas previamente.

          El corillo de doce chicos que escuchaban la clase con la atención habitual se sumergió en sus búsquedas personales a través del medio. Podría decirse que el silencio era sepulcral, sin embargo, se faltaría a la verdad con esa expresión; pues el salón era una glorieta al aire libre que estaba enclavada en una finca en el campo. Se escuchaba la percusión de los pájaros carpinteros en el tronco seco del pino, el rumor del viento entre las hojas de los árboles de yagrumo, flamboyán, malagueta, el pitirre al cantar su nombre, un ladrido de un perro en la lejanía, el piar de unos pollitos y más lejos la presencia de autos en las carreteras vecinas. Más cerca, mucho más cerca, se escuchaba la respiración acompasada y armónica de doce jóvenes en trabajo concentrado; además de un leve sonido de dedos en el barro.

          En el momento oportuno, justo antes que la desconcentración se convirtiera en un murmullo de distracciones como preludio a un parloteo estridente, el maestro rasgó el silencio al formular una pregunta. Esa era su técnica usual para no perder el interés de los muchachos. Los chicos escucharon que preguntó: ¿qué es el arte?

          A todos les gustaba filosofar con el maestro y no desaprovechaban ninguna oportunidad para impresionarlo con sus respuestas. Les gustaba tener debates de ocurrencias geniales con él y ver quién lograba la mejor contestación. Las preguntas del maestro eran la oportunidad idónea para escucharse hablar y escucharlo filosofar. El bombardeo de posibles respuestas tomó el control de la clase. Solo algunas fueron merecedoras de ser recordadas. El primero en hablar fue Bernardo.

          –El arte es la mayor expresión revolucionaria y liberadora en pensamiento y acción. Es la independencia del ser, la creatividad en todo su esplendor, el arte es ser –dijo con un gesto de travesura en la mirada como quién le habla a un igual.

          –Suena bonito, pero me parece que el arte es ciencia recreativa y destreza en la técnica –expresó Coral con la confianza de quien piensa estar en lo correcto.

          Mas ambos recibieron del maestro un movimiento de la cabeza inconfundible; era un no mudo. Eduardo aprovechó la sorpresa de Bernardo y el desconcierto de Coral, ante la negativa del maestro, para soltar con su habitual camaradería su contestación.

          –Es imaginación materializada, una tendencia humana.

          –No –repitió el maestro.

          –¿Entonces, qué es? –dijo Pepe ya cansado de escuchar el arte es esto, el arte es aquello.

          –Dime tú, ¿tú qué crees? –le dijo el maestro a Pepe con una sonrisa.

          –Será la búsqueda de la belleza –respondió sin mucha esperanza de estar en lo correcto.

          –Te faltó que es la capacidad de reproducir la realidad transformándola en una manifestación estética. –dijo Eduardo que había sacado su celular para «googulear» en busca de la respuesta.

          –No, eso no es y guarda el celular, no hagas trampa –dijo con firmeza el maestro.

          Mientras, sin que se percataran, Amanda buscó en el diccionario para ir a la segura y dijo: el arte es la capacidad y facilidad para hacer algo, es la manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado.

          Pero el maestro también dijo que aquello no era. Cada joven cantó una respuesta, para lograr decir exactamente lo que el maestro quería escuchar. Gonzalo, con picardía, fue el último en decir: el arte es arte. Con su chiste obtuvo la misma reacción del maestro: un no.

          Cada uno esperaba que el maestro diera la dichosa respuesta correcta; porque evidentemente no se trataba de la mejor contestación, solo aceptaría la correcta, según su criterio, porque mira que se habían lucido lanzando respuestas. Sin mucha ceremonia y con su acostumbrado tono sereno, el maestro dijo: helarte es congelarte, quedarte totalmente frío.

          Todos se quedaron en silencio hasta que Bernardo dijo: ¿Qué es el arte?, ¡qué es helarte! Todos sonrieron y esas sonrisas fueron el preludio a una risita suave que fue en gradación de pianissimo, piano, mezzopiano, mezzoforte, forte hasta llegar a fortissimo, para luego bajar y subir, subir y bajar desde diez decibeles a setenta, sin patrón definido. Y entre todas esa risitas, risotadas, risas, carcajadas se escuchaba con mayor acento melódico la risa hilarante del maestro.

Libros fósforos: a la una

A la una…

Desde el verano de 2014 tenemos en pausa nuestra segunda gestión cultural de Libros pasajeros:  Libros fósforos, libros que encienden. A un año de iniciar el proceso deseamos reactivar el quehacer creativo. Comenzamos hoy el conteo con el escrito ¿Rómo enarder nu frillo?, pues para recibir a los Libros fósforos, libros que encienden hay que conocer el arte de enarder nu frillo.

¿Rómo enarder nu frillo?

Por: Rita Isabel

          Enarder nu frillo es nu acto simple, pero ñiene su ruco; sobre doto si es tu primera vez. Para comenzar, debes asegurarte que chuentas con lo necesario: nu riaja con frillos. Nu vez firiques que chuentas con lo esencial, coges la riaja repleta de frillos y la abres lizando con suavidad la parte central que es como nu gaeta. Eliges nu frillo, lo tomas y pasas a cerrar la riaja, para ello inviertes el proceso de lizamiento. Nu vez la riaja está cerrada, si eres derecho coges la riaja con la deda izquierda y con la derecha el frillo, si eres izquierdo a la inversa y si eres ambidiestro tienes la fentaja de elegir con ruál deda sujetar el frillo y con ruál la riaja.

          Llegó el momento rumbre, el insanse revio al esplompo. Frotas la lucidez del frillo contra nu de las iras de enardido con nu solo y presto luvimiento de lizamiento hacia afuera. Por ese riego, esa rasgura percibirás nu sino chispeante, nu festello y finalmente ñendrás entre tus manitos nu frillo enardido. Lo que hagas después, es rosa uya. Quizás enarder nu macha, arender nu oruega, frillar nu palep, comenzar nu impendio o simplemente frutar de la malla mientras ruda. Uego, será rumo.

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¿Por qué escribo? 1: Una pelotita de pimpón

Una pelotita de pimpón rosada (¿o verde?)

¿Por qué escribo?

Por: Rita Isabel

No puedo asegurar que sea rosada; de seguro era verde. No obstante, me parece que, una pelotita de pimpón rosada o verde, abre un mayor espectro de interpretaciones. No sé cuándo escuché por primera vez este chiste; olvidé mencionar que me refiero a un chiste. Tampoco recuerdo quién me lo contó, pero junto a la representación jocosa «¿De quién puede apagar la vela?» era mi favorito. Sin embargo, de los dos, el de la pelotita de pimpón se impuso por la impresión final de lúdica interrogante. Cuando pienso sobre por qué escribo saltan varias imágenes que sirven de respuestas, una de ellas es esa: ese chiste y yo. El resto de imágenes serán el pretexto para continuar escribiendo, un día de estos, sobre por qué escribo.

«Una pelotita de pimpón verde» me remonta a recordar a la pequeña Ritabel que lo escuchó por primera vez y que quedó ávida por saber por qué. Luego rememoro, y veo a la minúscula Ritabel contándolo cada vez que tenía la oportunidad de un oyente dispuesto a escuchar. La recuerdo en el acto de prolongar el interminable chiste, aun más de lo que es, con, en o por el deseo de crear suspenso para observar la reacción, la expectativa de quien la escuchaba. Pero no solo la Ritabel pequeñísima y en crecimiento contó este chiste, también de joven y no tan joven, Ritabel lo narró.

Creo que cuando escribo sigo contando el chiste de la pelotita de pimpón. Sigo buscando provocar, crear expectativa, jugar con las palabras, urdir con el cómo digo lo que digo, generar un signo de interrogante, múltiples cuestionamientos, diversas interpretaciones y una incomodidad atrayente en quien me lee. Aquí va una versión escrita un poco distinta a la que escuché y conté cuando mis años podían contabilizarse con los dedos de las manos; hoy ni sumando los dedos de los pies, a los de las manos, me alcanza para contar mi edad. Esta vez lo narraré como homenaje a la impresión indeleble que puede dejar lo que se narra, aunque sea una anécdota jocosa de una pelotita de pimpón rosada, ¿o verde?

*****

No conocía el significado de la palabra hermano, mucho menos la de primo o tío; eran palabras huecas. Era el retoño de la quinta generación de hijos únicos, casados con hijas únicas; por eso, sus lazos de sangre tenían poca ramificación. Sin embargo, a edad que madrugó en entendimiento, comprendía, sin saberlo, lo que era ser consentido. A imagen y semejanza de niños de revista, de modelos de hermosa perfección, fue criado a puro mimo. En su sexto cumpleaños, con estreno de mella y a un paso de los por qué, luego de dejar a un lado los qué que vinieron después de los no, fue el eje de un festejo pomposo, y olvidable para él, con un compartir en las redes sociales más que con los invitados. Antes de las pompas y el jolgorio, real para el virtual, papá quiso complacerlo y preguntó:

–A ver Fulanito, ¿qué quieres para tu cumpleaños? Papá y mamá te lo regalarán –afirmó con voz que parecía alimentada con el helio de los globos inflados, pero con efecto a la inversa: grave.

–Una pelotita de pimpón verde –contestó de inmediato Fulanito con toda la seguridad que da la certeza de que no hay nada más importante que lo que se quiere.

La sonrisa con la que mamá lo alentaba a hablar se congeló en una mueca de escándalo silenciado. Papá, que hasta el momento hacía un esfuerzo por evitar pensar que lo niños de seis años eran exceso de mocos y escasez de dientes, se hundió en el asombro como si le pesara aquella petición simplona con la que su hijo dejaba pasar una gran oportunidad.

–No, te regalaré una bicicleta azul y un DS –contestó con un poco de impaciencia, dureza y orgullo.

No se dijo más. Cada nuevo año, consolas, juegos de video, computadoras, bicicletas, aviones a control remoto y mil artefactos novedosos a precio de primicia, llegaron a las manos de Fulanito. Mas, careció de cenas de tres, conversaciones absurdas, contemplar el cielo, visitar a los abuelos en el asilo, la puntualidad a sus eventos escolares, los abrazos y los consejos; pero lo que le faltó no lo extrañó, pues nunca lo tuvo. Los regalos y las ausencias se sucedieron hasta llegar a la fiesta de los 12 años de edad. Papá estaba loco con su pre-adolescente, que como muchos, se adentraba en los eso no es justo, porque tú siempre y tú nunca. Dispuesto a parecer un padre amigo, y como era la costumbre entre sus conocidos, celebraron con un triduo de no cumpleaños por el cumpleaños: primer día de festejo fue una salida al cine, la segunda una acampada y el tercero ir a la bolera. Previo a la tercera celebración y en el colmo de proyectar el amigazo que era, el padre preguntó a su hijo:

–Fulanito, ¿qué quieres que te regale por tu cumpleaños? No escatimaré en el precio –preguntó y afirmó papá con la mirada preocupada de mamá como fondo, que presentía la respuesta de su perfecto hijo modelo, a lo deportista que se convierte en imagen rentable.

–Una pelotita de pimpón verde –respondió Fulanito con la certeza de quien ha anhelado por mucho tiempo algo que se le niega consecuentemente.

Mamá intervino con un movimiento que solo ella sabía que aplacaría el gesto iracundo de papá. No hubo respuesta, ni reacción evidente del padre que se resignó a escuchar estupideces. Al día siguiente el papá le trajo un kayak como regalo. Conciertos, viajes, pasadías, todoterreno y el más reciente aparatito tecnológico se sucedieron por meses que se agrupaban en años, junto a las distancias que se abren en las generaciones cuando el adulto se alimenta de la tensión social y la apatía colectiva, y el menor interpreta el rol, de rebelde sin causa, impuesto para su edad. Llegó el limbo de la mayoría de edad para Fulanito y con ella los privilegios ambiguos y las prohibiciones absurdas ante las responsabilidades mortales que la acompañan. El padre ni en breve pereza, con la danza del humo de los tabacos que fumaban juntos y la amarga espuma de la bebida refrescante que compartían como marco, osó a preguntar con tono de cómplice, de compinche, de camarada.

–¿Qué quieres que te regale? Pide lo que quieras que te lo voy a dar.

–Una pelotita de pimpón verde –respondió Fulanito con voz grave y segura.

–Tú y tu broma, creo que un nuevo auto es lo que va. –dijo el padre ignorando el deseo de su hijo y dando por chiste lo serio.

Estudios graduados y subgraduados se sucedieron junto a la caída de hojas en un Vancouver con cuatro estaciones enmarcadas como cuadros de pintores impresionistas. Lo chic entre sus amistades era enviar a sus hijos modelos a universidades de renombre fuera del país; en su momento el destino para presumir era Canadá. Ya de regreso a su isla caribeña, con novia internacional de ojos como luna menguante, el padre emocionado ante la noticia de la boda pregunta a su hijo.

–¿Qué quieres de regalo de boda?

–Una pelotita de pimpón verde –dijo sin dudar Fulanito.

Un silencio de desavenencia impregnó el rostro del padre. Una incomprensión en mutis erizó la piel de Fulanito, que no tiene ya nada de diminutivo. El careo en ausencia presente fue inútil y culminó en distanciamiento. La luna de miel fue el regalo, el destino de melaza, por supuesto, uno ambicionado por la claque circundante. El regreso no estaba previsto con tanta prontitud. El retorno fue un traslado a un destino que no era el final; ya no llegarían los recién casados a su Vancouver. Los padres tuvieron que ir a buscarlo a un hospital en un país de carnavales. Encontraron a su hijo maltrecho, delirante luego de un accidente de esos que no se cuentan. La esposa de ojos como luna menguante ya no estaba. En un momento lúcido de Fulano, el padre en un arrebato de querer llenar ausencia con regalos, como era su costumbre, expresó:

– Pide lo que quieras, te lo daré.

–Una pelotita de pimpón verde –exhaló el joven que estrenaba viudez precoz sin desasir la mirada de los ojos de su padre en petición desafiante.

–Pero… está bien, tendrás tu pelotita de pimpón verde. Pero necesito saber… tu madre y yo necesitamos saber, para qué, por qué quieres una pelotita de pimpón verde –dijo con lentitud, como si las palabras le tatuaran la lengua con tinta de suero espeso. Ya no miraba a su hijo, observaba el peso en lágrimas que se derramaba por los ojos de su esposa.

–Quiero una pelotita de pimpón verde para… porque… – Fulano no pudo decir más, aunque su mirada era como de quien agradece, por fin, ser escuchado. En ese instante fue ausencia. El aire apestaba a conversación malograda por ser a destiempo.

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