Ramonita: Novena entrega

Por: Rita Isabel

De paraje en paraje, quiso el destino regresar a Monín, ya madre, al barrio que la vio nacer. Su vida ya se narraba junto a la de Carlos Luis, Carlin, Don Carlos, Collazo. Monte en ventolera, la familia Apalabrada y Letraherida completó su tríptico de retoños. Acá donde comienza el día se amanecía con aroma a café y gusto por el trabajo. La tocaya del santo sin nacer y mártir sin morir, antes de empezar las faenas mañaneras abría puertas y ventanas, de par en par, mientras decía: ¡Qué entre la Gracia de Dios!

Como la palabra es poder, ante momentos muy particulares, como madre que narra el prólogo de la historia de sus retoños, se le escuchaba pronunciar las palabras que cerraban el asunto: allá tú con tu consciencia. En aquella inmensidad, tocando casi el infinito celeste y con la consciencia despierta la familia Apalabrada y Letraherida vivió (y vive) las palabras de Lao-Tsé:sin traspasar puertas, conocieron el mundo todo; sin mirar afuera de la ventana, navegaron en el camino del cielo. Comprendieron que con un libro abierto sin moverse se conoce; sin mirar se observa; sin hacer, se crea”.

Entonces Monín, Ramona, Ramonita guió a María Elena, Carlos Antonio y Rita Isabel a trazar sus nombres como aquella maestra en primer grado le enseñó a trazar el propio: Ramonita.

Elenita, la que salía en busca de una estrella vacuna con la de una historia de Flores, fue la primera en nombrar a Monín, Ramonita, Ramona Letraherida como mami. Carlitos, el que siempre hizo lo que quiso y sabía llevar sombrero como su abuelo, reafirmó ese nuevo título y Ri, la que hablaba con las cabritas, selló aquella nueva manera de llamar a la que nació un 3 de diciembre en el hogar de Antonia, la de la Historia de Flores, y Antero, el que sabía cuándo y cómo usar sombrero.

Como madre Letraherida narró a sus retoños los cuentos de “La gallinita colorada”, la de “Las tres cabritas”, “El patito feo” y muchos más. Con Elenita, disfrutaba las historias de Los tres cerditos, Cenicienta, Blanca Nieves, Mary Poppins y otros relatos narrados y cantados en las versiones de Walt Disney. Era un álbum de colección con discos de pasta que aún se conservan. A Carlitos lo enamoró de la lectura con “Orongo el muchachito de la isla de Pascua” que leyó infinidad de veces. Mientras que a Ri la atrapó con, “La vendedora de fósforos” que tuvo que leerle mil veces y un poco más antes de que la benjamina pudiera leer por sí misma.

El hogar era un espacio repleto de libros y cada rincón narraba una consciencia de identidad, conservación, anécdota y legado.

Monín Apalabrada fue madre activa que junto a otras se unió para lograr que las letrinas de la escuelita rural a la que asistían sus retoños estuvieran siempre limpias y más adelante se trasformaran en baños. Luego fue líder comunitaria y catequista. Muchos niños escucharon de la voz de Monín la hermosa historia de la Natividad, la Epifanía y la Pascua de Resurrección. Su profesión la ejerció desde el espacio doméstico, familiar y comunitario. Es una gran educadora y su disciplina, la economía doméstica o ecología del hogar, la vive desde el quehacer cotidiano.

La familia de Carlos Luis Apalabrado y Ramonita Letraherida fue parte de la narrativa de su época, testigos activos de rescatar la memoria colectiva puertorriqueña, peregrinando los 23 de septiembre a Lares y los 25 de julio al Cerro Maravilla. Marcharon y se manifestaron por el idioma, la liberación de los presos políticos y por la paz en Vieques. Como entusiastas de la cultura de nuestra patria, participaban todos los años de la Feria de Artesanías en Barranquitas y los paseos domingueros se alternaban entre parajes costeros, lugares con valor histórico y visitar las plazas de los pueblos. Siempre en el camino se escuchaba música clásica o la charla sobre personajes históricos, curiosidades culturales o situaciones sociales de nuestra isla. También debates de cuál era la ruta por seguir, que siempre ganaba Monín ya que, además de tener un glosario vivo en su memoria, tiene un excelente sentido de orientación y una inteligencia espacial envidiable. El tiempo pasa, la palabra perdura y este festejo continuará…   

Ramonita: Octava entrega

Por: Rita Isabel

A la pequeña Monín no se le negó la crudeza de los cuentos de un Juan Bobo que llega hasta al fratricidio con su lógica juanesca. En los atardeceres en casa de mamá y papá, sus abuelos maternos, mamá narraba historias de esas que la oralidad salva y trasmite de generación en generación. Entre cuento y cuento aprendió rimas y canciones breves con la abuela que como ella era tocaya del santo sin nacer y mártir sin morir. De escuchar a leer, la fascinación por la palabra con ritmo y cadencia enfrentó a Ramonita con la pregunta:

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

Pero antes que los versos y la prosa de Bécquer flotasen ante sus ojos, en la época que aprendió a trazar las letras para su nombre: la ere, la a, la eme, la o, la ene, la i, la te y la a, conoció las palabras de Rubén Darío. A viva voz y a voz en cuello declamaba:

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar;

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.

Recitaba hasta la última palabra disfrutando la rima y el ritmo de la historia en la que una princesita que, gracias al buen Jesús, luce, con la estrella, verso, perla, pluma y flor.

La pequeña Monín también aprendió, con el gusto de las palabras que narran con cadencia, aquel poema de Gustavo Adolfo Bécquer que cierra con los versos:

Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche

llevan al caminante a perecer;

yo me siento arrastrado por tus ojos,

pero adónde me arrastran no lo sé.

Letraherida cultivó rosas blancas con José Martí y de sus manos florecieron ramos de rosas como “El dulce milagro” de Juana Ibarbourou. Quiso jugar con la niña negra de Cane, conoció las penas de amor de la niña de Guatemala, también las desdichas del seminarista de los ojos negros y estuvo al tanto del desenlace de la leyenda del cedrón. Con José Gautier Benítez cantó a Puerto Rico, con Luis Llorens Torres se despidió de Collores y caminó por la encendida calle antillana con Palés Matos. Quienes conocen la intensidad de su mirada no dudarían en recitar las palabras de José P. H. Hernández para afirmar que:

Si Dios un día
cegara toda fuente de luz,
el universo se alumbraría
con esos ojos que tienes tú.
Pero si -lleno de agrios enojos
por tal blasfemia- tus lindos ojos
Dios te arrancase,
para que el mundo con la alborada
de tu pupila no se alumbrase;
aunque quisiera, Dios no podría
tender la Noche sobre la Nada…
¡Porque aún el mundo se alumbraría
con el recuerdo de tu mirada!

Mas si se le pregunta a Ramonita qué poema ronda sus ideas con la preferencia de lo que resuena en las entrañas se escucharía como respuesta un canto de rebeldía:

¡Ah, desgraciado, si el dolor te abate,
si el cansancio tus miembros entumece!
Haz como el árbol seco: reverdece
y como el germen enterrado: late.

Resurge, alienta, grita, anda, combate,
vibra, ondula, retruena, resplandece…
Haz como el río con la lluvia: ¡crece!
Y como el mar contra la roca: ¡bate!

De la tormenta al iracundo empuje,
no has de balar, como el cordero triste,
sino rugir, como la fiera ruge.

¡Levántate! ¡revuélvete! ¡resiste!
Haz como el toro acorralado: ¡muge!
O como el toro que no muge: ¡¡¡embiste!!!

Porque la poesía-herramienta que palpita en la nieta de Ramona, es arma cargada de futuro expansivo, es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos; pero, sobre todo, en su historia, son gritos en el cielo y en la tierra son actos, lo más necesario.

Apolo, la historia interminable

Por: Rita Isabel

En estos meses de vacaciones saqué tiempo para ver las tres temporadas de Stranger Things. Sí, lo sé, ando un poco a destiempo, pero a veces me doy el lujo de ser atemporal. En fin, que me encantó la serie y aunque la primera temporada fue mi favorita, con la tercera sí que me disfruté el viaje en el tiempo. No, no es una reseña de la serie lo que haré. Solo que doy vueltas antes de entrar en materia como hacen los perros antes de acostarse. Trato de morderme la cola como serpiente emplumada.

Cuando en el momento clave de la tercera temporada, en el instante de mayor tensión dramática y acción desesperada, mi personaje favorito canta a dúo la canción tema «Never Ending Story» sonreí con más de tres décadas menos, fue un viaje en el tiempo. La travesía la hice cabalgando en Fújur, (Falkor o Falcor como en la película “The Neverending Story” 1984 que me hizo conocer la historia de la novela de Michael Ende, aunque él no estuviera conforme con esa adaptación al cine de su libro, pero ese, es otro tema y cuando leí la novela entendí al autor).

Fújur y cito a wikipedia: “es un dragón blanco de la suerte, que son de los animales más raros de Fantasia, donde los dragones de la suerte no se parecen en nada a los dragones corrientes. Ellos son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada, y a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Su cuerpo es largo y flexible, con escamas color madreperla. Sus ojos son de color rubí. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces lo hacen en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos.” Lo sé, no es una fuente fidedigna, pero hoy no es necesaria una fuente veraz.

En diciembre de 2019 llegaron a nuestras vidas dos cachorros perrunos, todo parecía indicar que eran hermanos, una hembra y un macho… abandonados en el barrio. Sin querer queriendo decidieron que la loma donde vive nuestra familia era el lugar idóneo para habitar. Mi sobrina los bautizó como Venus y Apolo e intentamos buscar una familia que los acogiera porque éramos muchos y

Nadie pudo adoptarlos porque ellos no querían, ambos nos habían adoptado a nosotros. La cachorrita no sobrevivió al periodo en el que aún no aceptábamos que ya les pertenecíamos. Cuando la echamos de menos la buscamos hasta el agotamiento en el que te das por vencido… fue en ese vencernos que una danza de docenas de moscas me llevó hasta su cadáver en la finca, debajo de los achiotes y cerca del almendro. Lloré a Venus como se llora a un pajarito que choca con una ventana o puerta de cristal y por más que intentas darle aliento muere en tus manos.

Decidí, sin descuidar a mi Sombra, proteger a Apolo para que no le pasara lo mismo. Creo que él supo de mi propósito. Como mencioné, llegaron a principios de diciembre de 2019 y no fue hasta mediados de febrero de 2020 que logré que me permitiera acariciarlo. Él sí nos acariciaba con pequeños mordiscos o con el hocico, pero era arisco, amable, pero arisco y excesivamente juguetón con tendencias cleptomaniacas. De más está decir que no toda mi familia estaba contenta con la llegada de Apolo a nuestra loma del viento.

A medida que fue creciendo noté que tenía algo especial, un noséqué extraño. No me refiero a su pelaje totalmente blanco, ni a sus ojos diferentes. Apolo era especial, pero la impresión de extrañeza o rareza que me infundía no la pude descifrar inmediatamente.

En una ocasión que se envenenó me buscó para que lo ayudara. Mi sobrina y yo lo llevamos al veterinario. Cuidarlo no fue fácil, ya era cuesta arriba convivir con Sombra para velar por Apolo. Pero se recuperó y me dejó claro que era un espíritu independiente, una criatura que necesitaba del aire libre y que si lo bañaba pasarían semanas antes de que me perdonara. Por un tiempo intentó liberar a todos las personas perrunas que estaban confinadas en nuestros respectivos hogares: a Cameo, a Sombra, a Piru. Solo logró la emancipación de Piru. Sombra se convirtió en su amigo en las puestas de sol y cuando estaba de visita en casa de mis padres. Cameo era un amigo al que visitaba de vez en cuando y de cuando en vez.

Esa fue la etapa más difícil, su tendencia cleptómana dio paso a su instinto cazador. Primero fueron las gallinas y gallos del barrio, luego me trajo pajaritos, hasta un pitirre. Le pedí a Sombra que le explicara en lenguaje perruno el respeto a la vida y el peligro de ser víctima de la venganza de los vecinos por comerse a sus gallinas, establecí firmemente que no podía traer los cadáveres a mi patio… casi me desmayo el día que lo sorprendí jugando con ratitas recién nacidas que extrajo del nido de ratas… Pero el día que lo vi al acecho de un guaraguo fue cuando comencé a sospechar. Decidí hablarle de la diosa de las aves y de lo que era capaz si se enteraba de lo que hacía y pretendía. Pero Apolo era un ser de la suerte por lo que hasta la diosa de las aves le perdonó sus instintos.

Piru era su cómplice y compañero de aventuras cuando se escapaban a la curva de los muertos, Sombra no lo fue porque no se lo permití. Varias veces, en sus juegos al atardecer, cuando Sombra lo perseguía parecían veloces nubecillas de verano, relámpagos lentos en cámara rápida. En esos breves instantes eran dichosos y en su dicha me hicieron bailar como trompo y caer como guanábana en varias ocasiones.

Sonrío al recordar cuando llegaba hasta el portón y esperaba a que le abriera, él podía llegar a la casa por el risco sin necesidad de esperar en el portón por mí. También recuerdo con especial ternura, porque Apolo nos enternecía de muchas maneras, cómo cuando mi papá el 31 de enero de 2021 quedó encamado, Apolo se escabulló para llegar hasta su lado e intentar animarlo a que se levantara y caminara. En los meses de recuperación de mi papá Apolo llegaba todos los días hasta su cama para animarlo y cuando no podía estar dentro de la casa se asomaba por las ventanas. Creo que sus ánimos fueron de gran ayuda. Desde esa temporada mami le permitió entrar a la casa y tenían un pacto…

Desde el principio tuve la certeza de lo que era y tímidamente acepté su naturaleza. Por nacer en el Caribe antillano no tenía un tamaño colosal, tampoco sus ojos eran color rubí, pero sí eran diferentes entre sí y poco usuales en comparación con los ojos de otras criaturas de su especie. Aunque su pelaje, a la vista, escondía las escamas color madreperla, cuando lo acariciabas eran evidentes al tacto. En broma lo dije en voz alta varias veces y todos lo tomaron por eso, una broma.

Apolo era un dragón, un dragón blanco de la suerte. Su estadía en nuestras vidas nos llenó de buen tiempo y alegría, nos hizo compañía en el periodo pandémico. Ayer su cuerpo, que no necesitaba alas para volar, fue impactado por un auto cuando regresaba de sus correrías con Piru a la curva de los muertos. Fue un accidente. Murió tan cerca y tan lejos de nosotros. Esta mañana al buscarlo, unos vecinos nos hablaron del accidente, quien lo impactó se lo llevó. Lloré, lloro, como se llora perder a un dragón blanco de la suerte, los animales más raros de Fantasia, donde los dragones de la suerte no se parecen en nada a los dragones comunes.

In sécula seculórum

Por: Rita Isabel

La abuela con el nombre de flor inestimable y los apellidos floreados llegaba al siglo que pensaba que ya había alcanzado. Recordé cuando, un año antes, me dijo con certeza en contentura: Envejecer, todos queremos envejecer, todos queremos llegar al siglo. Es lo mejor… A todos les gusta llegar a los últimos años… No estoy segura si uno quiere envejecer, pero ¿quién contradice una certeza en contentura? Como canto de coquí habitando mi oído sentía que palpitaba en mi mente lo que se avecinaba. ¿Cómo no festejar? ¿Cómo celebrar? Fue en mayo que supe que no podría ignorar más aquel coquí, coquí, que más bien cantaba qué, qué.

Una plática en la que se tejieron y destejieron ideas doy la clave de aquel feliz cumpleaños. Un festejo secular, una celebración epistolar… Un siglo, cien años, aunque, recalco, ella expresaba que ya los tenía, cien y un chin más, la familia sabía que llegaba a la centena en este año impar. La invitación fue simple. Enviarle postales. Cuando propuse el festejo sin fiestón la acogida fue tibia ni fría ni caliente. Aceptar un festejo de papel, en vez de abrazo y junte fue un acto de amor, pues aún se estaba a la sombra de la pandemia.

Sería un verano en conteo regresivo hasta el día de su cumpleaños, días para festejar su existencia. ¡Muchos felices no cumpleaños hasta el día de su feliz año nuevo personal! Lo que no imaginé, no imaginamos, fue el cariz que aquello tomaría. No creerán lo que sucedió como nadie puede creer que alguna semana pueda tener tres jueves.

El día once del sexto mes llegaron las primeras dos cartas. Como Hermes de la contentura y sin saber a qué me enfrentaría, pero cumpliendo lo acordado de entregar una diaria para no sobrecargarla de emociones, le llevé la primera carta. Abuela extrañada con la llegada de correspondencia, pero con el placer que le da recibirla tomó en sus manos el sobre. Con movimiento delicados, en pulso en extravío y con un poco de esfuerzo logró abrirlo. Con dificultad fue sacando la tarjeta. Al atisbar los primeros trazos de los adornos expresó que aquello parecía que sería hermoso, como testigo le di la razón. No sé cómo ocurrió y luego del suceso dudé el resto del día de lo que percibí y al día siguiente estaba convencida de que aquello fue producto de la imaginación. Con movimientos gráciles abuela abrió la tarjeta y como ante un “Jack in the box” brincamos de asombro. Una sensación de vértigo delicioso que nos transportó a un jardín de aromas rosados a la sombra de un árbol florecido en rosa intenso. Duró un breve instante, pero ¡qué instante! El rostro de abuela estaba sonrosado y sus ojos sonreían. La tarjeta “pop-up” que envió mi primo era un hermoso árbol frondoso rosado con una alfombra de hojas en el suelo, en el que se veían, curiosamente, el rastro de dos pares de pisadas. Pensé, ¿serían las nuestras?

Convencida de que la imaginación jugó con mis sentidos y evitando corroborar con abuela para no meterle ideas extrañas en la cabeza, a la mañana siguiente llevé la otra carta. El ritual de abrir fue similar, la sensación de “Jack in the box” se sustituyó por un cosquilleo previo al vértigo y la sala se llenó de reinitas, bienteveos, san pedritos, carpinteros, picaflores y otras aves que ahora no recuerdo. La risa de abuela nos regresó a la luz de la mañana que iluminaba la sala ya serena sin los pájaros. Me preguntó, ¿los viste? Asentí con la cabeza. Ella no dejaba de reír. La dejé leyendo las palabras de la amiga de la familia que le escribió. Lo sé, es muy difícil de creer.

Igual que la primera vez, al día siguiente, ya lo había descartado como cierto, pensé en alucinaciones compartidas o en un fenómeno casual de sinestesia a la dos. Hasta que llegó la tercera carta…

 Previo al vértigo sentimos estática y las manecillas del reloj comenzaron a andar en dirección contraria, escuchamos las campanadas del reloj de cuerda con carillón que ya no anda. Luego vimos a mis tías adolescentes charlar entre los tomos de La llave del saber, la UTEHA y El tesoro de la juventud. Fue un instante, como en las ocasiones anteriores, y abuela pronunció una bendición que nos regresó a la mesita donde suele tomar de manera puntual su desayuno y las meriendas junto a sus pastillas. Las manecillas del reloj regresaron a su dirección habitual y ya no teníamos la compañía adolescente.

Carta que llegaba nos transportaba o poblaba la casa de abuela de lo deseado para la vieja centenaria. Parajes llenos de flores, su jardín en flor, un paisaje musical, frente al sagrario en la capilla o a la sombra de un flamboyán amarillo encendido… Repito cada intención o alegría en las cartas se materializaba en una experiencia alucinante o de sinestesia compartida. Cuando la casa se llenó de rosas, el aroma del rosal perduro por varias semanas.

El día de su cumpleaños, en la mañana, la casa se llenó de asombroso festejo a cuentagotas. Los que la visitamos por filtración vimos que, cuando posaba su mirada en algún objeto, se proyectaba en esa dirección recuerdos de su vida. La vimos niña, joven, mujer adulta, la acompañamos de camino a la escuela o en sus caminatas a llevar la comunión a los enfermos, sentimos sus caricias y percibimos el amparo de sus ruegos. Ese decimoctavo día del séptimo mes en el año dos mil veintiuno los que la visitamos contemplamos la vida de abuela a través de su mirada y los que la recordaron desde la distancia jurarían que durante todo el día tuvieron como banda sonora la canción:

Que lindo está el firmamento

las aves cantando dulces melodías

y anuncian con alegría

que ha llegado el día de tu cumpleaños.

Nosotros te felicitamos

y alegres venimos a cantarte aquí.

Rogando al Todopoderoso que pases

un día, próspero y feliz.

En este día glorioso,

lleno de recuerdos gratos

tus amigos te desean,

felicidad en tu santo.

Y al cielo todos pedimos

llenos de sinceridad…

¡Que pases un feliz año

de dicha y prosperidad!

En fin, que el festejo del año nuevo personal de abuela, además de un sucesivo feliz no cumpleaños epistolar por su año-siglo nuevo personal, fue color sinceridad, olor a firmamento, de caricias de dicha y prosperidad, de sabor alegría y con tempo de in sécula seculórum.

Ramonita: Séptima entrega

Por: Rita Isabel

Pleamares de la vida o Después del funeral, la memoria carece de precisión, pero regresa a su ritmo con ton y son a la historia de Ramonita Letraherida. La luna subió y bajó mareas, una y otra vez, en su ciclo de guiños en creciente y en menguante. Monín ya tiene más de 25 años, pero aún no llega a los treinta. Ya el azar y el libro de Historia y filosofía de la educación aunó su andar por la vida con un Letraherido. Llegó a su historia un don Quijote de la mancha de plátano, práctico como Sancho y lector de Krishnamurti. Coincidieron en un curso en una sección que por equivocación matricularon a Ramonita. Un día, él le pidió el libro de la clase prestado porque no había podido leer en la biblioteca la lección de ese día. Después de muchos cafés declinados y aventones rechazados, luego de una presentación formal a la salida del taller de costura, compartieron una amistad entre lecturas, cine y horas santas. Vivían muy cerca, sus hermanas eran amigas y entre historias decidieron escribir una propia.

Después del funeral o Pleamares de la vida, el recuerdo no logra dar con el título preciso. De visita en la casa familiar Letraherida se topó con un libro de Agatha Christie que una de sus hermanas, Delia, había dejado olvidado en la casa paterna luego de su viaje y estadía por Europa. Un libro que había viajado y que llevó a Ramonita a comenzar una travesía de letras inquietantes.

Se adentró en La cada torcida, viajó en el Oriental Express, fue testigo de cómo El espejo se rajó de parte a parte, sintió el Peligro inminente, escuchó al Testigo mudo, puso Las cartas sobre la mesa, descubrió que Matar es fácil. En fin, leyó desde los Primeros casos de Poirot hasta Telón, desde Srta. Marple y trece problemas hasta Un crimen dormido. Durante años, décadas, buscó los ejemplares de las obras de Christie de la Selección Biblioteca de Oro y los coleccionó. La mayoría los halló en la esquina más recóndita de la extinta librería Thekes y los últimos llegaron desde España, como en 1999, de las manos de una sobrina también letraherida.

Su relación con la escritora de la “suprema habilidad narrativa para llevar al lector por el camino del engaño” la llevó a ser la abuela de Trece puntos de araña. En infinidad de ocasiones logró superar a la reina de los golpes de efecto descubriendo al responsable del acto criminal antes de ser develado por la Srta. Jane Marple, Hércules Poirot, Tommy y Tuppence Beresford, Parker Pyne o el Enigmático Mr. Quin. Mas en un sinfín de ocasiones se quitó el sombrero ante la maestría de los diálogos de Christie, la plasticidad de sus descripciones y cómo lograba enredarla en sus historias.

Entre Poirot y Marple elegirá a Jane. Entre todos los títulos escogerá a Némesis. ¿Por qué Jane Marple? Porque pasa desapercibida pero siempre da en el clavo, porque es una figura femenina inteligente, astuta, humilde y conocedora de la naturaleza humana.

«Creo estar viéndome tal como soy», consideró para sí, miss Marple. «Existen muchas mujeres como yo, con cualidades muy semejantes [curiosa, carácter inquisitivo, le gustaba hacer preguntas, hacer averiguaciones]. Desde luego, soy un tipo ordinario. Lo cual constituye un camuflaje excelente. Yo, a veces, se cómo es la gente. Y lo sé porque unas personas me recuerdan a otras que he conocido con anterioridad. En consecuencia, me quedo impuesta de sus faltas y de sus virtudes, por igual. Sé, por tanto, de qué clase de seres se trata, Sí, eso es…»

¿Por qué Némesis? Fue de sus primeras lecturas de Agahta y eso la hace especial, pero sobre todo porque al toparse con ese título no sabía lo que significaba esa palabra y Letraherida además de devorar historia captura palabras para el glosario que habita en su memoria. ¡Cómo era posible que no hubiese leído esa palabra antes! Título, historia y detective la cautivaron.

Némesis en la mitología, diosa de la venganza y de la justicia distribuida. Para los griegos era la personificación del sentimiento del derecho, según el cual repartía la suerte y la desgracia, considerándosela vengadora de toda maldad y castigadora del orgullo y del amor ultrajado. También se le consideraba enemiga de la felicidad.

¿Por qué Agatha Christie? Porque admira las descripciones, cómo retrata el entorno, pero también la sociedad, los prejuicios, porque siempre le ha gustado el reto intelectual, los enigmas, las adivinanzas y cada historia de Christie es un gran acertijo.

Después del funeral o Pleamares de la vida, Ramonita no recuerda con cuál comenzó a leer a Christie, pero conocer las letras de la autora de Muerte en las nubes ha sido un continuo Misterio en el Caribe, un Destino desconocido, una Trayectoria Boomerang…